Consuelo
No se lo crean, mientras recortaba una especie de hígado que, según mi esposo, es más puntiagudo y no tan redondo, estaba pensando en cómo la gente normal tiene sexo cuando tiene bebés. Qué tanto puede o quiere esperar Vidal, porque yo quiero echarme y meterme en la cama, pero no quiero perder esta relación. Sin embargo, tampoco me siento lista. Tengo una pancita residual, mi abdomen se siente blando, mis pechos están pesados y mis pezones están agrietados.
—Consuelo, te quiero, pero no puedes jugar con mi tarea —anuncia Anastasia.
—Anastasia, estamos preocupados, Consuelo y yo. Creo que este sistema no te funciona. Fran y yo hablamos, y creemos que lo mejor es que vuelvas a la escuela.
—¿Me estás castigando por una sola tarea?
—No, solo creo que es un sistema muy solitario para ti. A ti, que te gusta el chisme, conversar con tus amigas, interrumpir con tu sabiduría la clase.
—Lo sé, lo sé. La vida es mejor cuando puedo ir a clase, pero me quedan cinco años buenos de ballet. Ya después todo va a ser la escuela de medicina, y después mi primer matrimonio —su papá y yo la miramos—, mi primer divorcio —Vidal rueda los ojos y yo intento contener la risa—, y luego recuperarme, mi segundo matrimonio... Uy, en lo personal, espero tener hijos con el tercero y último, como para desgastarme menos.
—¿Tres divorcios son muchos, Anastasia?
—Son tres matrimonios, dos divorcios. Mira a mamá y papá.
—Sí, pero no necesariamente tienes que divorciarte —comenta Xavier—. Podría ser el primero y último.
—Eso no te lo crees ni tú.
—La tarea es de ciencias, no de fracasos amorosos —comenta su padre—. Anastasia, la vida es mucho más compleja. Uno tiene que desear lo bueno.
—Sí, mira, Consuelo —veo a Natalia con la ceja levantada—. El año pasado casi se casa con un hombre, acabó en la cama con su hermano y se casó con tu papá. Todo en menos de un año.
—Mi abuela Antonia te describiría como “calzón flojo”, pero yo soy una feminista —comenta Anastasia—. Vive tu libertad s****l.
—Sexo libre y seguro —proclama Natalia.
—No es no —continúa Xavier.
—Ugh, yo tengo una —Vidal me da una mirada de advertencia—. Voy a dejarlos con la duda. Dentro de veinte años pueden preguntarme.
—¿Qué pasa si te divorcias?
—Anastasia, mi mamá y tu papá van a durar para siempre. Déjalos en paz —responde Alice.
—Sí, nena, tienes razón.
—Sí, y cuando yo me case, irán a cuidar a mis bebés.
—Alice, no sé cómo decirte esto, pero Vidal arruina bebés y Consuelo no se ve muy fluida en la maternidad —comenta Xavier, y le jalo el pelo.
—Mañana vas directo a raparte —respondo, y todos se ríen.
Los chicos terminan de ayudar con sus propios órganos, y Anastasia termina de pegarlos con la supervisión de mi esposo. Yo voy a la habitación para vigilar que los niños estén bien de temperatura y durmiendo, y de verdad que quiero, pero no sé si puedo, así que llamo a Simonetta y, de milagro, contesta.
Me siento entre mis vestidos escondida, y mi prima y mejor amiga contesta de buen humor. Me dice de entrada que sus hijos recién se han dormido, como si obedecer fuera su hobby.
—Hello —responde.
—Hola.
—Entonces… ¿quieres sexo? —me pregunta.
—¿Cómo sabes?
—Sé cuántos días tienen tus hijos y te conozco a ti. Solo quiero decir que deberías estar pensando en salvarlos del infierno y planeando su bautizo en lugar de pensar en follar.
—Sí, sí, el sexo es malo, por eso tienes dos hijos de cuatro meses de diferencia —me burlo.
—Vale, ¿qué necesitas saber?
—No sé… ¿cómo sé si estoy lista?
—Sabes que no siempre estoy de humor, ni lista, pero es una cuestión de tiempo, comodidad para ti, tu cuerpo, los bebés, Vidal… o sea… tómalo con calma. Él tal vez ni quiera.
Vidal, de alguna forma, había entrado en la habitación sin que lo escuchara. Entró al clóset y se hincó a mi lado, muy divertido.
—¿No es raro?
Un poco incómodo, pero todo bien. Poco a poco. Yo no tuve un embarazo normal, pero sí un parto natural y repentino.
—Vidal está viéndome.
—¿Dónde estás escondida? —pregunta Simonetta.
—En el clóset.
—El sexo de papás siempre es en el clóset o el baño. 100% recomendado.
—Bye, Simmy.
—¡Bye!
Mi esposo se sienta a mi lado en el suelo y me pregunta si estoy bien, si necesita preocuparse. Niegro con la cabeza, y él me da un beso y un abrazo.
—Consuelo, no tenemos que hacer nada que no quieras.
—Nunca pensé escuchar esa frase.
—Nunca pensé decirla a los cuarenta —los dos nos reímos—. Acabamos de tener dos bebés, cielo.
—Lo sé, pero también tenemos muchos otros hijos, trabajos, y estamos recién casados. Deberíamos pasar todo el tiempo del mundo desnudos y follando.
—Perdimos una hija por un día, internamos a un hijo, acabamos de poner a Anastasia a hacer su tarea con ayuda de sus hermanos, e Índigo se hizo popó, pero iba a fingir que no me di cuenta —comenta divertido—. Mi amor, somos papás. Solo follar como monos no es lo primero en nuestra lista.
—Yo te amo —le doy un beso en los labios—, pero la gente se divorcia por falta de intimidad.
—Vale, ve a ducharte. Yo cambio a los niños y verás.
—Vienes de trabajar.
—Ve a ducharte, y verás —responde, y sonrío.
Obedezco. Tomo una ducha larga, me lavo el pelo, me lo seco con el secador, me pongo un montón de crema y una pijama más o menos agradable. Cuando salgo a la habitación, hay velas aromáticas, con un ligero olor dulce. Las luces están tenues, los niños están durmiendo en un rincón un poco más lejos de la cama. Su padre se ha bañado y ha puesto una película que sabe que me gusta. Me meto en la cama junto a él y me acuesto a su lado. Le doy un par de besos en la mejilla, y Vidal me acerca un bowl con palomitas.
—Te amo muchísimo.
—Yo también. Y no le hagas caso a Anastasia, tiene ocho años y necesita ir a terapia porque la tenemos traumada.
—Definitivamente está traumada la niña.
—Al menos Alice va a tener bebés y estamos invitados a cuidarlos.
—Sí, estamos ganando con una, nos faltan ocho —bromeo, y él ríe