Consuelo y Vidal estaban batallando con el primer día de clases porque su marido se había vuelto loco y había enviado a dos de sus hijos a un casi internado, a su hija menor a un colegio para cerebritos, a Alex a su colegio especial para niños nerdos y a Mariana y Natalia al colegio en el que estaban originalmente. Anastasia tenía un tutor en casa por este año para enfocarse más en el ballet.
Quieres estar en el primer día de todos tus hijos, pero se vuelve una locura, así que Consuelo había llevado a las chicas, Vidal a sus hijos. Tessa y Xavier vieron el colegio, los uniformes, la gente y se preguntaron qué tan serios eran sus crímenes, solo no se atrevieron a hacer la pregunta en voz alta.
—Espero que les vaya muy bien este año —comentó Vidal—. Son los mejores.
—Te amo, papi, pero aquí da miedo.
—Te va a ir fenomenal —insistió.
Francesca les tocó la ventana del auto y los saludó.
—Hola, mamá, estos dos tienen miedo —comenta Anastasia y ella le da un beso en la frente.
—Esto es para ti.
—Ella literalmente ya sale menos de casa.
—No deja de ser mi hija —se queja Francesca—. Estas son sus meriendas, les saqué los cupones o tarjeta de mierda de este lugar. Si es muy horrible, me llaman y los internamos en un psiquiátrico —comenta la mujer divertida.
—¿Tú estás disfrutando esto?
—Por supuesto, ¿se acuerdan cuando soñaban vivir con su papá porque él es súper divertido y libre?
—Sí... —comenta Tessa mientras se baja.
Francesca le acomoda el pelo a Xavier, el cual le recuerda que están en público y que le da vergüenza tener papás como a todos los adolescentes. Ella ocupa el asiento de copiloto, su exesposo da un sorbo al café y su hija revisa su regalo.
—Son plumones, stickers y una merienda. ¿Sabes que como en casa?
—Sí, mi amor, pero todos tus hermanos recibieron hoy una merienda, no iba a dejar de darte —le informa.
—Mira, van asustados, pero juntos.
—Sí, eres un éxito de papá, seguro ya está funcionando.
—Sí. ¿Cómo está Alexis? —pregunta Francesca.
—Bien, lo he dejado de primero, pasamos por Anastasia y ahora estos dos.
—¿Y las chicas y Consuelo?
—Fueron a dejar a Alice, quien está molesta con el cambio, pero Consuelo es mucho más estricta que yo, entonces nadie quiere meterse con ella.
—Alice sabe que es por su bien, no como esa que viene ahí intentando escaparse.
Vidal y Francesca ven a Tessa salir corriendo y a uno de los profesores detenerla para preguntarle qué está haciendo exactamente. Sus padres comparten una mirada y ella le roba un sorbo de café.
—Yo creo que tú los inscribiste aquí, ¿no?
—Sí, pero dejé el número de Consuelo.
—Brillante.
—Sí...
—Consuelo va a tener a los bebés muy pronto, no debería estarse llevando malos momentos —comenta Anastasia y Vidal asiente.
—Voy a ser valiente y cambiar el número al de tu madre.
Tessa finalmente logró acercarse al auto y les pidió que le alcanzaran su bolsa con los libros y cuadernos. Vidal se bajó del auto y fue al maletero, vio el bolso que su hija llevaba y el que necesitaba. Le dio un abrazo y un beso; ella lo abrazó de vuelta.
—Yo no soy una mala persona.
—No, mi amor, y esto no es un súper castigo. Quiero que estés bien, quiero que te cuiden, te eduquen y te ayuden un poco a madurar.
Tessa escuchó la primera campanada anunciando que los estudiantes debían estar en el interior. Le dio un beso a su papá y caminó de vuelta al colegio. Sus papás la observaron en silencio mientras Anastasia se acercaba a los dos y les decía:
—Cómo crecen.
—Sí...
—Sí, ¿recuerdas a Anastasia?
—Oh, era comestible, unos cachetitos, y solo quería estar conmigo, abrazada, toda linda.
—Quiero otro bebé —comenta Francesca.
—Yo voy a tener dos, puedes ayudar. Consuelo y yo estaremos agradecidos por dormir juntos mientras tú cuidas a los bebés.
—Te voy a amar toda la vida, siempre incluyéndome en tus planes, guapo —le da un beso a Anastasia y otro a Vidal—. Hay gente que trabaja para vivir.
Consuelo había dejado con éxito a Alice, a quien le gustaba el colegio y la emocionaba un poco que fuese más difícil que su escuela anterior, pero definitivamente iba a extrañar tener a Anastasia de compañera y mejor amiga. Esa combinación era todo lo que ilusionaba a Alice para ir a la escuela. De todas formas, se despidió de su mamá y sus hermanas fingiendo que no estaba asustada en absoluto. Su mamá la acompañó a la puerta y le recordó que era valiente, inteligente y que la escuela son unas cuantas horas.
—Tengo un poquito de miedo.
—Sabes, el primer día que tus hermanas y tú vinieron a casa, yo tuve muchísimo miedo.
—¿Cómo?
—Sí, no estaba lista para tener tres hijas de pronto, y tú parecías muy asustada, y Natalia tan enojada, y Mariana, por su lado, era una mezcla de ambas. Entonces tuve que ser valiente por las cuatro. A veces la vida es así... y termina resultando en cosas maravillosas, como hoy que puedo venir aquí y verte ir a tu primer día en la escuela, muñeca.
Alice le dio un beso y un abrazo a su mamá, otro beso más, y se despidió finalmente. Consuelo y las chicas esperaron unos minutos para verla caminar por la escuela. Ella les hizo una señal cuando encontró su aula y las tres la saludaron a lo lejos.
Consuelo condujo al colegio a sus dos hijas mayores, quienes iban demasiado calladas. Natalia miraba por la ventana y Mariana parecía estar a punto de un ataque de ansiedad. Consuelo abrió la ventana y señaló varias cosas para distraer la mente de su hija mayor. Aun así, cuando llegaron al colegio, pareció no ser suficiente. Mariana estaba hiperventilando y sudando frío.
Consuelo se sentó a su lado en el asiento trasero y le pidió que respirara lento mientras le acariciaba la espalda para tratar de tranquilizarla. Su hermana les dio un confite y Consuelo continuó dándole palabras de reafirmación.
—Mi cielo, esto es la escuela, no va a pasarte nada. Y si pasa algo, Vidal y yo vendremos de inmediato. Nos tienes a nosotros, no vamos a dejarte sola con ningún problema, por pequeño o grande que sea —le aseguró.
Mariana acabó vomitando y llorando desmedidamente. Consuelo insistió en que Natalia fuera a clase sin su hermana. La menor se despidió, agobiada, y su madre llevó a Mariana al médico para que le dieran algo para tranquilizarla. Consuelo se quedó en la sala de espera mientras la atendían. Poco después, Vidal entró en la sala y la miró preocupado.
—¿Qué pasó, nena?
—Se puso mal, estaba llorando asustada, vomitó… fue horrible. Ya no sé qué hacer. ¿La medicamos? ¿Cambiamos de psicólogo? ¿Qué hago?
—Va a estar bien. Encontraremos soluciones, pero lo más importante es que ella se sienta segura.
—Lo sé —respondió Consuelo, y su esposo la abrazó.
Después de que Mariana mejorara y pudieran llevarla a casa, Vidal y su esposa prepararon una sorpresa de bienvenida para sus hijos. Consuelo iría por los gemelos, y él pasaría por Alice y Natalia.
Cuando llegó al colegio por sus hijastras, vio a Alice correr agobiada hacia él.
—¿Qué pasó, mi cielo? ¿Te hicieron algo?
—Aww, fue horrible. No hice ningún amigo hoy —dijo, y su papá le dio un abrazo.
—Verás que pronto harás amigos.
—No quiero volver aquí nunca, Vidal —se quejó Alice.
Él la abrazó y la llevó al auto de la mano, porque tampoco podía ser la "bebé" que se iba cargada.
Natalia estaba fuera del colegio, algo solitaria también. Cuando su papá la recogió, ella puso el bolso en la cajuela y lo saludó con un gesto seco. Alice le preguntó por su día.
—Aburrido… Aparentemente, no conozco a nadie. Mis amigos son mis hermanos…
—¿Dónde está Mariana? —preguntó Alice.
—No se sentía bien hoy.
—Yo no me siento bien para mañana —comentó Alice, y Vidal se rió.
Mientras tanto, Consuelo vio a sus hijos salir del colegio. Xavier parecía tener un amigo, lo cual era algo bastante nuevo. Tessa, por su parte, tenía un nuevo grupo de amigas, y todas parecían normales y buenas. Sonrió y los saludó discretamente desde el auto.
—¿Cómo estuvo su día?
—Normal —respondieron los dos, y Consuelo les tiró confeti.
Xavier se rió.
—Te toca limpiarlo, guapa.
—Ya no me puedo agachar tanto —bromeó, y los tres rieron más.
—Estuvo bien el cole —comentó Tessa—. Tiene un taller de cocina y creo que me voy a unir, y también al de repostería, si no chocan. Ah, y Xav hoy tocó el piano precioso. Todo fue muy guay.
—¿Tocaste? —preguntó Consuelo.
—Sí.
—Su papá va a sentir que tenía razón.
—Intentaremos mañana que nos expulsen —bromeó Tessa, y Consuelo le lanzó una mirada amenazante.
Se aparcó en el carpool y Alex subió al auto, algo serio y molesto.
—Hola, Alex. ¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Consuelo.
—Una absoluta mierda —respondió, y sus hermanos lo miraron sorprendidos por su lenguaje—. Me han sacado del club de debate. Aparentemente, no puedo estar en el de robótica tampoco. Es una estupidez.
—¿No los prematriculaste? —preguntó Consuelo, sorprendida.
—Soy parte de ambos equipos.
—Hasta yo sé que no hay que ser tan confiado —comentó Xavier.
—¿Quieres que venga mañana y me le cague a alguien? —preguntó Consuelo.
—Sí —asintió Alex.
—Bien, sacaré una cita.
—Tú tienes una reputación, Alex, y ella está loca. Como un 89% loca. Entonces… mejor dile a papá.
—Papá está loco, solo finge —se quejó Consuelo.
Los tres siguieron conspirando sobre quién hacía más locuras, si Consuelo o su padre.
Cuando llegaron a casa, lo hicieron casi al mismo tiempo. Consuelo los apuró para acomodarse y sacar una foto familiar.
—¿Qué es esto, Consuelo?
—En la mañana todos iban mal de tiempo, pero tendré esta foto del primer día de clases, sí o sí.
—Mamá, no hice amigos —se quejó Alice.
—Yo tampoco —comentó Anastasia—. A mí me gusta ser tu única amiga.
—Tú tienes más amigas.
—Anastasia, qué f*****g egoísta eres, de verdad.
—Sí, no seas tan perra —agregó Alice.
—Ey, ey, nos hablamos bonito, sin insultos de esa gama —se quejó Vidal—. No seas egoísta, nena.
—Sonrían —insistió Consuelo, y todos obedecieron.
Vidal revisó la foto y los volvió locos con los acomodos. Luego le hizo una seña a Consuelo para que los dejara ahí, peleando estupideces, mientras los grababa.
—Papá,—le llama Xavier — ¿qué tan difícil es tomar una foto?
—Déjame que yo te ayudo —comentó Consuelo y se fue a su lado para tomar la foto con él.
—Se están pasando, de verdad.
—Aww, van a crecer e irse.
—Sí, no van a vivir en esta casa toda la vida —se quejó Vidal, y sus hijos lo abuchearon.
Consuelo metió la mano por la ventana de su auto y le tiró confeti.
—Boo —sus hijos se rieron, y Vidal también.
Él la miró con cariño, le dio un beso y luego los invitó a ver su sorpresa de bienvenida.