Para Vidal, lo que estaba pasando con su hijo era como un golpe en la cabeza. A principios de ese mismo año, había tenido que pelear la custodia contra Bella, su exesposa, la mujer a quien sentía que le estaba arrebatando un pedazo de su vida. Su expareja era adicta a las drogas, pero si de algo estaba seguro era que amaba desmedidamente a su hijo. Sin embargo, a pesar de ese amor, no se desintoxicaba ni seguía adelante, no aceptaba que tenía que renunciar a los vicios. Después de años de historia compartida, con apoyo de un abogado, había decidido quitarle por completo la custodia. No le parecía justo ni sano para su hijo vivir responsabilizándose de su madre.
Habían pasado ocho meses durísimos. Primero, Bella no le dejaba ver al niño tras enterarse de la demanda de custodia; luego, Alex vivió tres meses en casa cuna. Finalmente, Vidal logró obtener la custodia completa, pero entonces sus exsuegros, quienes inicialmente estaban de acuerdo con que él se hiciera cargo de su nieto, comenzaron a pelear desde derechos de visita hasta tiempo compartido.
Para Vidal, era tan claro como que su hijo había pasado por demasiada tormenta y desorden para tener que seguir lidiando con la inestabilidad de sus padres, mucho menos con idas y venidas constantes con sus abuelos.
Anastacia, por su parte, disfrutaba pasar tiempo con sus hermanos y su padre, pero estaba enojadísima con los abuelos de Alex.
—¿Por qué no te adoptaron ellos cuando tu mamá estaba metiéndose cositas por la nariz? —dijo Anastacia, molesta.
—Anastacia, de verdad, no ayudes —susurró Tessa, mientras las hijas de Consuelo asentían, evitando comentar.
—Es la decisión de Alex —intervino Xavier para restarle importancia.
—No es la decisión de Alex, es mi decisión —respondió Vidal con firmeza—. Tus abuelos comparten tiempo contigo porque tú quieres verlos, pero si están interesados en algún cambio en la custodia, pueden informarles a los cuatro que el tiempo para hacerse cargo ya pasó. Ahora se juega bajo mis reglas, y si tienen dudas, que me contacten a mí o a mi abogado. Que les quede claro a todos: están bajo mi tutela, no bajo la tutela del espíritu santo o lo que sea que se les ocurra a los demás.
Vidal se puso de pie y se marchó. Consuelo se quedó sentada con sus hijos, observándolos en silencio.
—Lo que su papá trata de decir es que ustedes tienen un lugar en nuestra familia. Estamos esforzándonos por cuidarles, brindarles amor y educación. Esa es una conversación que definitivamente les corresponde a los adultos. Alex, tú no nos estorbas. Cada uno de ustedes tiene un lugar en esta familia.
—Mi papá está siendo súper apasionado con la custodia de Alex y de tus hijas, pero no tanto con la nuestra —comentó Tessa resentida.
—Tus papás tienen un acuerdo, Tessa —respondió Consuelo—. Mientras ella se estabiliza y a ustedes se les pasa el enojo, van a vivir el cien por ciento con nosotros. En cuanto las cosas mejoren, regresarán al acuerdo anterior.
—Yo la verdad necesito descansar, porque tengo un día pesado por venir —respondió Anastacia, disculpándose antes de subir.
—Yo tengo que estudiar.
—Yo lavo estos platos.
—Gracias por el postre.
—Sí, gracias, chicos —dijo Xavier, saliendo detrás de su hermano.
Alex intentó encerrarse en su mundo, pero Xavier intervino antes de que pudiera cerrar la puerta.
—Alex, estoy tratando de hablar contigo.
—¿Desde cuándo te importa lo que me pasa?
—Me importa porque papá ha invertido un año en que estés bien.
—Si me mudo con mis abuelos, esto podría impactar en el tratamiento de mi mamá.
—Bella tiene una enfermedad que no va a cambiar si vives con tus abuelos o no. Eso solo cambiará tu vida y la cantidad de responsabilidad que tendrás que asumir.
—Tú nunca te has responsabilizado por nada, así que déjame en paz y sal de mi habitación.
—Vale, es tu problema.
Más tarde, Consuelo estaba acostada con sus tres hijas. Natalia inventaba su peinado para el día siguiente; de las tres, no había ninguna que no fuera extra coqueta. Marian resolvía un ejercicio en el escritorio, mientras Alice leía a su lado.
—Mamá.
—¿Sí, mi amor?
—¿Por qué Alex no quiere ser parte de esta familia?
—Porque sus hermanos son diabólicos —bromeó Natalia—. Una vez compartí habitación con un niño que intentó matarse porque sus hermanos adoptivos eran horribles. Puede que eso pase aquí.
—Natalia, no digas tantas locuras —respondió Consuelo—. Creo que Alex extraña a su mamá, incluso si no sabe cómo decirlo.
De pronto, la respiración agitada de Marian llamó la atención. Su madre la vio temblar, se levantó de un salto y fue hacia ella. Le acarició la espalda y le pidió que respirara. Marian comenzó a llorar. Sus hermanas buscaron agua y maneras de calmarla, pero la joven estaba hecha un manojo de nervios.
Consuelo pidió a Natalia que fuera discretamente por Vidal. Un minuto más tarde, él llegó y ayudó a su hijastra a recostarse en el suelo.
—Marian, necesito que busques tres objetos, solo tres diferentes, mientras respiras en esta bolsa, ¿vale? —le dijo Vidal con calma—. Ahora toca el suelo y la alfombra. Nota la diferencia de temperatura.
Poco a poco, logró calmarla.
—Mi corazón se sentía horrible y me quedé sin aire —dijo Marian, asustada.
—Eso se llama ansiedad, Mariana, y llevas manifestándola un tiempo.
—¿Qué te estresó? —preguntó su madre, pero Marian negó con la cabeza.
—Es solo... el trabajo. Está demasiado difícil.
—Voy a preparar dos chocolates calientes y lo resolvemos juntos. Luego descansas. Si hace falta, tu mamá o yo hablaremos con tu profesor.
—Gracias, lamento haberlos asustado.
—No pasa nada, cariño. ¿Quieres descansar o aceptas la ayuda de Vidal?
—Creo que prefiero terminar eso y luego dormir un poco.
—Vale, yo prepararé el chocolate.