Xavier estaba acostado a los pies de su papá, Mariana en el lado de Consuelo, Natalia con su hermana y las otras tres rodeando a Vidal, como garrapatas. Consuelo los vio a todos acostados, con cobijas, pañuelos y el aire acondicionado encendido, y se arrastró encima de todos sus hijos hasta llegar a su esposo. Lo abrazó con todo su cuerpo y lo llenó de besos. Los niños se quejaron por la besuqueadera.
—Estamos tristes, pero Alex no está muerto, y a mí me encanta guerrear con la gente profesionalmente. Mañana voy a guerrear con los abogados, a hacer berrinche en la corte y a despertar a quien sea necesario.
—Bella usaba drogas en su casa. Primero fumaba, luego la m*******a y después la coca. Sus papás nunca le pusieron un freno.
—Mi amor, es trágico, pero ellos también están doliendo, y nos toca entenderlos un poquito. Tu hermano está sufriendo muchísimo y está súper avergonzado, aunque no lo sepa decir. Así que nosotros vamos a ir a tomar sol, a estar al lado de la piscina en pijama, a tomar vitamina D, porque, si no, voy a tener un s******o colectivo y eso me preocupa —les advirtió, y todos la miraron.
—Su mamá tiene toda la razón —respondió Vidal—. Necesitamos estar fuertes para cuando Alex regrese. Ya dormimos seis horas, la piscina tiene termorregulación, y si no, Xavier puede hacerse pipí y calentarnos.
Las chicas se rieron, y Anastasia le dio un empujoncito a Consuelo.
—Dama, yo estaba abrazando a mi padre.
—Qué celosa eres.
—Lo soy —aseguró, y su madrastra se rió.
—Uff, yo soy de compartir, te lo presto.
Su marido se rió y se abrazó con sus hijas. Consuelo las vio divertidas y fue en busca de su vestido de baño. Se arregló, buscó los trajes de baño de los bebés, puso a Xavier a inflar los flotadores, preparó la piscina falsa para los bebés y la llenaron con pelotas. Vidal y su esposa se quedaron dentro con ellos. Las chicas bajaron a preparar unas botanas y otras cosas para disfrutar en la piscina. Pasaron la tarde allí, viendo con sorpresa a sus hermanos metidos en el agua.
—Es la primera vez que no llora en una tina.
—No le gusta el agua. Esta es la tina más seca en la que ha participado. ¿Le conseguimos clases de natación? ¿Crees que llegue a las Olimpiadas?
Vidal y Consuelo sonrieron mientras los niños jugaban en el agua. Iman intentaba con todas sus fuerzas comer algo, pero su mamá lo ignoraba. Su papá lo llenaba de besos y su mujer lo abrazaba.
—Te amo, eres el mejor papá del mundo. Yo gané porque te elegí, pero ellos tienen el universo solo por la fortuna de verte toda su vida.
—Te amo más, Consu.
Xavier propuso pizza y unas pastas frescas. Su madrastra lo miró como si él supiera cocinar algo de eso. Su papá aclaró que esa era la clave: él prepararía la masa mientras Xavier encendía el fuego y su papá haría el resto.
—Vale, cadena de cocina. Xavier, el fuego. Tessa, masas. Mariana, esa salsa de tomate espectacular. Las pequeñas, queso, pepperoni y jamón. Natalia, algo rico de beber.
—Creo que Natalia es la favorita de Consuelo.
—No, creo que cocina bien feo —comentó Alice a su hermana mientras salían de la piscina.
Consuelo les recordó que estaban trabajando en equipo y desde el amor.
—Nats, ven a hacer masas con nosotros.
Consuelo se quedó dándoles de comer a los bebés, luego los bañó y los puso a dormir justo antes de que comenzaran a salir las pizzas. Todos estaban emocionados por probar las diferentes combinaciones, pero quedó una silla vacía, y a cada uno de ellos les pesó.
—Somos una familia. Vamos a tener altos y bajos. Lo que no es posible es dejarnos ir, sea un hermano, un papá, el perro o el gato. Vamos a pelear juntos cada batalla.
—Mamá, sí, pero no sabemos nada de mi hermano. ¿Qué tal si se pone mal?
—Vamos a orar y a pensar positivo hasta que podamos estar seguros de que tu hermano se está poniendo mejor —propuso Consuelo.
Vidal acarició la espalda de Alice, le dio un beso en la mejilla y la animó a probar pizza con alcaparras y jamón serrano. La niña sonrió al probarlo.
—Está espectacular.
—Lo es cierto.
—¿Qué le echaste a esta salsa? Es de tomate, pero cremosa. Está muy buena.
—La base es como de salsa de vodka. Lo leí en internet. Y esta otra sí es de tomate natural, de mi abuela —respondió Mariana.
Una semana de abogados, refutaciones y peleas, una semana enloquecedora, pero al menos habían logrado tener visitación. Alex seguía yendo a la escuela, se veía cansado e irritable. Sus profesores reportaban que estaba mal, que no era él mismo. Su papá lo veía un poco más delgado, con las uñas gastadas por la ansiedad.
—Te traje algunas cosas que sé que te gustan. Tus hermanas mandaron dibujos y cartas. Los mayores mandan saludos y abrazos —comentó Vidal—. Consuelo te extraña también, y los bebés quieren saber por qué no te huelen ni te oyen. Parecen estar buscando a alguien, y sé que es a ti.
—Papá, estoy cansado.
—Esta no es la forma adecuada de desintoxicarse, Alex. Puedes recibir ayuda, terapia con gente capacitada.
—La encerraron tantas veces que terminó muerta.
—Tu mamá me contó cómo se sintió la primera vez que te moviste, y lo resumió en que estaba viva. Fueron los seis meses más limpios de su vida, más sanos. Dice que no paró de bailar, de ejercitarse y de comer. Con lo picky que era, dice que comió manzanas, peras sin alcohol y que esa es su manera favorita de comer frutas. Se probó todos los arroces que le apetecieron, y su desayuno favorito era un sándwich. De merienda comía mantequilla de maní, y de cena tomaba una crema de vegetales.
Se encogió de hombros.
—Durante los últimos días, todos han volteado a recordarte lo buen hijo que has sido, pero muy pocos te hemos dicho lo mucho que ella te amó.
—Me dejó por las drogas —respondió con amargura.
—Cuando te mueras, le diré a la gente lo mismo: que me dejaste por las drogas.
Vidal le dio un beso en la frente a su hijo y se fue.
Parecía que no le importaba, que no tenía ganas de seguir peleando por él, pero todo lo contrario. De camino a casa, iba gritando a sus abogados que no le importaba nada que no fuera poner a su hijo en un lugar seguro.
En casa, sus hijos parecían preocupados por lo que escuchaban aquí y allá. Wallace y Nadine estaban esperándolo para intentar ayudar, pero no podía hacer a sus amigos responsables, mucho menos con una situación tan seria.
—Cuentan totalmente con nuestro apoyo —les recordó Simonetta a Consuelo y Vidal.
—Lo sabemos.
Vidal no podía dormir. No dejaba de imaginarse lo peor. A las tres de la mañana, se encontró con Xavier cambiándose el sensor de glucosa.
—¿Te sientes bien?
Xavier negó con la cabeza.
—Estoy descontrolado. Saqué cita por internet con el endocrino. Tal vez mamá me pueda llevar mañana.
—Te voy a llevar yo.
—Estás ocupado.
—Nunca estoy ocupado para ti, hijo.
—Lo sé. Es solo que lo de Alex está denso, papá. Podría... no sé, morirse.
—No va a morirse.
—Vale.
—Puede que Consuelo me mate mañana, pero ¿te apetece dormir un ratito conmigo? —Xavier se ríe y le advierte que es un niño con cédula y licencia. Los dos suben a la habitación de Xavier y se acuestan.
Consuelo despierta con Alice y Anastasia metidas en su cama, hechas un puñito. Les da un abrazo y un beso a ambas y se queda quietita al lado de sus hijas. Vidal entra en la habitación y su esposa sonríe. Él se acuesta a su lado y le da besos.
—Xavi está enfermo, ya le escribí a Fran. ¿Qué hacen estas impostoras aquí?
—Te vimos entrar al cuarto de Xavier y vinimos a acompañar a Consuelo —comenta Anastasia entre dormida y despierta. Abraza a Alice y esta última las cobija un poco más. Los dos se ríen y Consuelo escucha a Iman quejarse en su cuna. Su esposo la llena de besos antes de ir a consolar a su hijo. Su mujer se gira y lo observa un par de segundos.
La forma en la que lo agarra, le acaricia el pelo, la espalda y lo llena de besos. Lo acuna contra su pecho y observa a su hermana durmiendo tranquila en su cuna.
—Alex va a estar bien.
—Lo vi muy mal, Consuelo. Estoy asustado. Los chicos dicen lo mismo, sus profesores… Necesito que Beatriz y Aless me den la razón en esta. No quiero la custodia si él no quiere vivir conmigo. Quiero que lo atiendan, quiero que esté sano y feliz —responde.
Consuelo asiente. Su marido se acuesta en la cama con su hijo en el pecho todavía, y su hermana se queja. Su mamá va por ella. Es que si no está cerca de Iman, el mundo se le desmorona un poco a Índigo.
Vidal rodea a su esposa con un brazo y ella le besa en la frente, prometiéndole que encontrarán una solución.