Vidal estaba conversando con su abogado sobre la situación de Consuelo y sus hijas. Si Mariana desaparecía, no les iban a quitar a Natalia, pero la custodia de Alice, que estaba dada como temporal, podía ser revocada de inmediato. Sus hermanos habían sido pasados por el interrogatorio minucioso de Francesca y Ramón.
—Ay, no es justo, seguro me van a pasar a vivir con gente de bajos recursos.
—Tranquila, mi mamá es un desorden, pero la convenceré de que te adopte —responde Anastasia— y luego te vienes a vivir acá.
—Yo solo me porté un poco mal, casi siempre me porto súper bien.
—Sí, ¿qué hiciste para quedar con la pinta que traías?
—No puedo contarte porque está mamá y Vidal me está prestando toda su atención.
De una forma u otra, Marita se había dado cuenta. Estaba en casa de su hermano jugando póker cuando escuchó a Simonetta preguntarle a su papá si todavía tenía ese amigo que encontraba gente hasta en cementerios clandestinos. Entonces comenzaron a hacerse preguntas y terminaron los dos ahí.
—¿Cómo estás, Consuelo? —pregunta su madre en lugar de juzgarla y le da un abrazo.
Marita intenta convencer a su nieta mayor de no ser cómplice. Le recuerda con amor y paciencia las consecuencias, todo lo que puede ocurrir con ella y su hermana pequeña, pero Natalia de verdad no entiende qué le pasa a su hermana. No tenía crisis de pánico desde que no vivían cerca de su papá.
—Bueno, lo único que recuerdo es que después de que nos fuimos de la casa de nuestros papás... bueno... no sé... como que le daban esos ataques, y se ponía muy nerviosa siempre, y luego nos mudamos y mejoró un poco. No sé si ayude en algo.
—¿Crees que esté en contacto con alguien de su pasado? —pregunta Vidal.
—No sé qué está pasando, solo sé que no está bien.
Todos nos dividimos. Mis hermanas fueron a paradas de buses, Simonetta y yo a estaciones de tren. Mi cuñado rastreó el celular de Mariana, sus papás hablaron con la trabajadora social pese a no creer que era lo mejor para Mariana.
Esta les explicó que, de una forma u otra, tenía que reportar la desaparición de Mariana a la policía y eso tendría repercusiones para sus tres hijas. Consuelo intentó asegurar que estaría más pendiente de ella, de sus necesidades, aumentaría los días de terapia. La mujer le aseguró que no se trataba de ella como mamá, sino de Mariana y su percepción del mundo. Era una niña que había huido de padres abusivos a una edad joven con una hermana menor a cargo y su principal instinto es huir.
—Consuelo, estoy de tu lado. Soy la encargada de Mariana y Natalia hace años, y sé lo difícil que son. Para mí fue una sorpresa que se encariñaran contigo y estoy segura de que ambas quieren dar su mejor versión, pero es su naturaleza: se escapan, se sabotean.
—¿Qué podemos hacer para asegurar la custodia de Alice? ¿Para que esto no le afecte? —pregunta Vidal.
—Ustedes son papás de cuatro niños más, acaban de tener dos bebés. Creo que son buenos papás, pero tienen que cumplir con el plazo establecido y después formalizar la adopción. Mejores candidatos no hay, pero toda su situación será evaluada. Por ejemplo, Augusto adoptó a su hijastro; eso está a favor de ustedes. Tiene la custodia de todos sus hijos.
Después de horas de incertidumbre, alguien dio con ella. Consuelo y Vidal recorrieron una buena distancia para ir por su hija. Sus hermanos se rehusaban a pegar el ojo hasta saber que estaba en casa.
—Mariana —llamó Consuelo, y ella giró la cabeza para ver a la mujer que la llamaba. Vidal estaba a su lado, sosteniéndole la mano—. ¿Qué haces aquí?
—No, la pregunta es qué haces tú aquí, mi cielo, tan lejos de casa, sola. —Responde Consuelo y se acerca a ella, suelta la mano de Vidal y se sienta al lado de su hija. Le da un abrazo y Mariana llora desconsolada.
—No puedo estar en casa, van a matarme —responde asustada—, y no les pueden hacer daño a ustedes, no pueden lastimar a mis hermanos —responde. Su mamá la abraza con más fuerza y le pide que le explique, le recuerda que si no habla no puede saber. Mariana solo puede llorar descontroladamente y Vidal se queda en cuclillas a su lado, le toma de la mano.
—Mariana, somos tus papás, sentimos que íbamos a morir sin saber dónde estabas. ¿Qué necesitas?, ¿cómo te ayudamos? Porque tienes a tus hermanos sin comer, sin dormir, demasiado preocupados. Somos tus papás, somos tu familia, mi cielo, no vamos a irnos sin ti, así que cuéntanos, ¿qué está pasando?
Mariana no logra decir una palabra. Llora, atormentada por su realidad, por su dolor y sumida en el miedo. De todas maneras, Consuelo y Vidal la llevan de regreso a casa. Sus hijos siguen despiertos y salen de casa cuando ven el auto aparcar frente a la entrada. Son las tres de la mañana y ninguno ha podido ir a dormir. Natalia se cruza de brazos cuando ve a su hermana, y Tessa le acaricia la espalda.
—Está bien, eso es lo importante.
—No puedo creer que te hayas marchado sin mí —le reclama—. ¡Me abandonaste!
—No siempre voy a poder llevarte a donde voy.
Natalia regresa enojada al interior de la casa. Los demás no dicen nada, solo la observan entrar al lado de Consuelo. Xavier carga a Alice y toma la mano de Anastasia.
—Ya es hora de dormir.
—¿Podemos dormir contigo? —Él las ve a ambas y las dos sonríen antes de que él asienta.
Tessa sube detrás de Xavier con Alex y este escucha a su hermano decir:
—Todos me llamaron cruel cuando pregunté de dónde venía, pero es peligroso.
—Es peligroso sentir tanto miedo que lo único que parezca razonable sea huir. Mariana y Natalia necesitan hermanos, no una sesión de racionalización contigo, así que, por favor, ahórrate esos comentarios.
—Definitivamente no es el momento, Alex —asegura Tessa.
—¿Chicas, quieren dormir conmigo? Estoy un poco nerviosa.
—Vamos a dormir en la habitación de Xavier. —Este la mira.
—¿Puedo unírmeles?
—Vale, dormiré en el sofá.
—Cabemos los cuatro —insiste su hermana, y Xavier asiente antes de meterse en la cama con las cuatro. Tessa le abraza como si fuese su peluche personal, y Anastasia enreda sus dedos en su cabello. Xavier escucha un ronquido y eleva la cabeza para ver a Alice incrédulo.
Los adultos en el primer piso intentan entender un poco lo que pasó y Consuelo y Vidal no tienen casi respuestas. La mujer subió a asegurarse de que todos sus hijos estuviesen en pijama en sus camas. Observó a Xavier invadido por sus hermanas, les pasó una cobija a cada uno encima y les dio un beso en la frente. Luego fue a ver a Natalia, quien estaba llorando asustada. Su mamá la reconfortó y le aseguró que no se trataba de ella esta vez, se trataba de Mariana combatiendo sus propios monstruos.
—Mi amor, tu hermana te necesita —le recuerda Consuelo y le limpia las lágrimas. Las dos se ponen en pie y van a la habitación de Mariana, quien está sentada sobre su cama, en la oscuridad. Consuelo toma asiento a su lado y Natalia del otro. Las dos la abrazan y se quedan en silencio, esperando a que Mariana se sienta lista para decir algo.