Todos los días son una locura. Vidal se despierta un poco más temprano para llevar a Anastasia a su clase de ballet. Su hija parece tener todo bajo control: está lista para convertirse en una maniática del orden. Tiene sus batidos en el congelador, solo los mete en la licuadora, se los lleva, deja el pan en la tostadora y, al día siguiente, va comiéndose su tostada mientras le ofrece la mitad a su papá.
Vidal la observa más callada esta mañana, así que la acompaña hasta la puerta.
Anastasia se despide con un "Te amo, bye" y sale corriendo. Él la mira entrar y espera unos minutos en el auto por si se arrepiente, aunque nunca ha pasado. Luego va por el pan y por todo lo que los demás quisieran tener en un desayuno completo. Prepara algunas cosas para adelantar y después comienza a tocar puerta por puerta con un jugo de naranja recién exprimido. Las hijas de Consuelo se sorprenden todas las mañanas porque él ya le ha tomado el ritmo a ganarle al despertador. Con Vidal, tenían un despertador humano... con comida.
—Gracias —le dice Alice—. ¿Stace ya se fue?
—Sí, está en ballet.
—Voy a ducharme primero —anuncia Alice.
Vidal sonríe antes de recordarle el jugo de naranja. Ella lo toma como si fuera un shot y su mamá la observa divertida antes de bajar las escaleras. Consuelo prepara huevos, panqueques y avena, que ha notado le gusta a Tessa. Su hijastra baja en pijama, se queda oliendo el café y luego mira a su madrastra con una sonrisa.
—Buenos días, Tessa.
—Buenos días.
—Hoy hay avena.
—Qué rico, la voy a servir para comer en el auto.
—Papá, ¿puedes arreglar lo de la ducha? Está saliendo fría en un baño y caliente en el otro.
—¿Tú ves a papá como alguien que sabe arreglar una ducha? —pregunta Tessa a su hermano, y los dos ríen.
—Llama al señor —pide Alex, y Vidal asiente.
—¿Algo más, majestades?
—Hoy no necesito ir al colegio.
—Ya, todos tenemos ese feeling —responde Xavier, despeinándole el cabello. Ella lo mira en silencio y luego se va a su habitación.
Los chicos desayunan y, después, Consuelo y Vidal los llevan al colegio porque no caben todos en un solo auto. Ese día, Natalia se sienta de copiloto con su mamá, apaga la música y pregunta:
—¿Qué tan seria estás con este Vidal?
—Seria, seria. Estamos por tener dos hijos, tenemos una casa juntos y estamos criando a siete humanos. ¿Qué más compromiso quieres?
—Creo que deberías casarte, como mínimo.
—Amo las bodas. Mi papá tenía una hacienda, y todo el mundo siempre quería casarse allí. Me daban canastas y flores, y yo era súper feliz casando gente.
Consuelo ve a su hija menor.
—Alice, ¿por qué recuerdas tantas cosas de tu papá y no quieres contarme cuando te pregunto?
—Porque después sientes que no soy feliz contigo, y eso no es verdad. Pero te diré algo: si te casas, vas a reactivar un nivel de felicidad en mí.
—Fiestas, bodas... parrandas... lista de cosas que le gustan a mi hijita.
—Añade brilli brilli a tu lista. Oye, mamá, ¿esta Navidad vamos a tener una fiesta o qué hacemos?
—Hablaré con Vidal al respecto.
—Intenta que sea divertido.
—Le daré tus puntos de referencia.
—Se portan muy bien. Las amo mucho. Y voy a hablar con Vidal sobre Tessa.
Vidal y Consuelo se encuentran en casa, toman una taza de café juntos y hablan sobre los niños.
—Necesitamos controlarlos.
—Hablé con Tessa hoy, antes de que bajara del auto. Me prometió que se disculparía y que estaría más pendiente de no ser tan borde. Lo siento de verdad.
—Las niñas quieren que nos separemos.
—¿Han dicho eso?
—Quieren saber qué tan en serio vamos.
—A mí me gustaría ir más en serio.
—Yo creo que tenemos suficiente.
—Yo quiero casarme.
—Vidal, ya estuve casada.
—Estuviste casada un mes, y yo he estado casado dos veces. La tercera es la vencida, o la segunda, ¿qué importa?
—Vidal, tenemos menos de un año juntos, y estoy segura de que, si no fuera por el par de colados que llevo dentro, estaríamos llevándolo un poco más despacio. Yo necesito ir un poco más despacio, y tus hijos, así como los míos, necesitan creer que no estamos tan en serio.
—Mis hijos necesitan saber que no vas a irte a la primera, que te vas a quedar. Yo necesito saber que estás totalmente comprometida con la relación, con mis hijos, con nuestros hijos.
Consuelo lo besa en los labios y se quita la tira del vestido.
—Es la primera vez en cuarenta y ocho horas que no estamos rodeados de gente. Vamos a besarnos, a volvernos locos, y retomaremos esta tediosa conversación más tarde, cuando puedan interrumpirnos.
Consuelo domina el sexo como persuasión en sus batallas. Su novio no tenía otra opción más que decir que sí, porque los dedos de Consuelo estaban haciendo maravillas sobre su pantalón.
Esa tarde, los dos fueron a la galería de los Vidal. Él tenía que revisar unos contratos y hacer algunos pagos. Su novia estaba en licencia de maternidad —o lo más parecido—, así que, para ella, esto era el equivalente a andar muerta en vida. Consuelo ha trabajado desde los cuatro años, aunque sea pasando papeles; estar en su casa le resultaba un castigo.
Por su lado, Vidal nunca había querido quedar a cargo de los negocios de su familia. El nombre de su padre estaba en tantas compañías de arte, en tantas piezas, que le parecía una locura. Él había hecho todo lo posible para no ser igual que su padre y, aun así, ahí estaba, repitiendo todos sus errores. La gente creía que no se daba cuenta, pero, de una forma u otra, era tan desafortunado en el amor como su padre.
—¿Vidal? —lo llama Consuelo.
—Sí.
—¿Necesitas ayuda?
—Necesito mandar esto a la mierda.
—Vale... entonces, ¿quieres que yo trabaje mientras tú tienes tu ataque de pánico, o quieres quemarlo todo?
—La segunda, pero estoy bien con que tú te veas con el artista y te lo eches al bolsillo.
—¿Y cuánto vas a pagarme?
—Respuesta tipo Alice: ¿No te basta con mi presencia? —los dos se ríen—. Diez por ciento de las ganancias si logras que firme.
Vidal le extiende el folio con la información del artista, sin contemplar que Consuelo ha ganado el premio a la mujer más persuasiva del mundo unas diez veces en su vida. Ella sonríe y negocia a su favor.
—Veinte.
—Dale, eres mi mujer, puedes sacar lo que quieras.
—Cincuenta.
—Necesito fingir que llevo pantalones y huevos en algún lugar —responde divertido y se inclina hacia adelante, tomando la mano de Consuelo.
—Me apetece veinticinco.
—Vale.
—Siempre vas a decirme que sí. —Vidal asiente y la toma de la barbilla para plantarle un beso.
—Si lo haces bien, la oficina y el puesto son tuyos.
—Hago bien todo lo que me propongo.
—Proponte quedarte —le dice, y ella rodea el escritorio para sentarse en su regazo.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué crees que me estoy yendo, Vidal? Estoy aquí. No voy a renunciar así de fácil. Estoy feliz aquí, te amo y quiero, con todo mi corazón, que esto funcione. Así que, de vez en cuando, voy a aguantar berrinches de tus hijos, peticiones locas de las mías y voy a soportar estar tan mareada por las mañanas que tenga que esperar medio día para ser yo misma... al menos hasta que nazcan estos dos. Pase lo que pase.
—No quiero hacer esto —responde él—. Odio este trabajo. Quiero obligar a mi mamá a quedarse, quiero que mi hermano sea menos testarudo y que quiera ser la cabeza de esto. Lo odio, odio todo lo que me hace compararme con mi padre.