Consuelo
El lenguaje del amor de Vidal definitivamente son los detalles, las sorpresas, el tiempo... Y, leyendo en lugar de preguntarle a la gente, decidí leer a un psicólogo que mencionaba la importancia de mantener la intimidad en el matrimonio. Eso significó que me levanté para ir a caminar con este hombre, aunque sentía que lo interrumpía. Fui un rato y me devolví con los bebés. Planeé una cita para los dos en un restaurante bastante romántico, sexy y caro. Nos vestimos, perfumamos, probamos el menú y fue maravilloso. Estábamos solo nosotros, sin niños interrumpiendo, papás merodeando, exes y hermanos entrando y saliendo. Lo necesitábamos.
Y de repente, no sé si fue la comida y su potencial afrodisíaco, la conversación poco relacionada con la realidad o el estar riéndonos de estupideces del pasado, que no pude evitar mirarlo un par de segundos y tomarle la cara. Le di un beso en los labios a mi esposo, él se rió y me acarició la espalda.
—Estás divina, es un vestido espectacular —me aseguró mientras besaba mi hombro. Busqué sus labios de vuelta y le pregunté si no estaba de humor para escaparse conmigo toda la noche. Vidal sonrió, elevó la mano, pidió la cuenta al mesero, y yo me reí.
—Considero que toda la vida he sido a lo grande, y limitarme a unas cuantas horas de placer con mi marido me parecía un pecado cuando empecé a planearlo. Pero me encantó no tener que planear y solo vivir, solo disfrutar de los detalles, del tiempo que se estaba tomando Vidal, a pesar de estar tan hambriento como yo. Mi piel estaba completamente erizada, mi cuerpo listo, y mi mente desconectada por placer. Eso es lo que vale la pena... y saber llegar antes de que los críos que tenemos de hijos despertaran.
Entramos a casa, en medio de besos, a las cuatro de la mañana, y nos encontramos en la sala a nuestros hijos acostados en un puño, abrazados los unos a los otros. Hay un momento de silencio total. Suelto a Vidal, y él mira a todos nuestros hijos. Abre la boca para preguntar por qué están ahí acostados, y nuestros hijos resuenan por la casa: los seis suspiran y nos miran, enojados.
—¿Lo siento? —digo, y mi esposo niega con la cabeza. Yo me quedo en silencio mirando a mis hijos mientras Vidal me toma de la mano y hacemos una caminata de la vergüenza. Ya saben, la que uno hace cuando tiene roomates y se le pasó la hora. Bueno, estos son nuestros hijos, y nos ven con cierto odio. Yo sigo a su padre, y vamos a encargarnos del par de escandalosos en el segundo piso.
—Tus hijos bebés creen que los abandonaron.
—Alice convenció a Anastasia de que morimos en un accidente trágico y terrible. Estuvieron planeando nuestro funeral y realizaron una división de bienes. Creo que Marina ganó la casa a punta de piedra, papel o tijera —comenta su padre, divertido—. Después, los bebés siguieron en desacuerdo con nuestra salida, así que lloraron tanto que sus hermanos decidieron quedarse en el primer piso para no escucharlos... y poder reprocharnos, por supuesto.
Esta es la cogida más pública que he tenido en años, ¡pero valió la pena, eh!
—Entonces, ¿mi hija cree que va a ser huérfana? —pregunta Francesca por la mañana, en su atuendo de ejercicios—. Cuando quieran un tiempo de mamá y papá, no duden en dejármelos —se encoge de hombros—. Pueden mandar a las chicas, mi casa es grande. O sea, hay espacio para otros hijos y los míos. Soy buenísima preparando pizza sin gluten y que quede crujiente —asiento, y ella sonríe.
—El sexo posparto es tan raro como tú dejes que sea. Al final, es como montar en bicicleta: siempre sabes hacerlo, solo depende del tiempo.
—¿Cómo, del tiempo?
—Me sentí fofa... o sea, como gelatinosa, o como si algo se moviera ahí...
—Tengo una amiga ginecóloga, le voy a pedir una cita. Y si ella dice que todo está bien, entonces te haré unas sesiones de tensado vaginal. Pero... ¿no recibiste mi regalo para el posparto?
—No quiero masturbarme.
—Wow, buenos días —dice Tessa, mientras irrumpe.
—Buenos días —respondemos su madre y yo. Francesca le besa la frente y le pregunta por qué va al entreno de su hermana si tardará unas cuatro horas. Ella se ríe y asegura que su hermana le ha pedido que la grabe toda la clase para ver en qué está fallando.
—Qué mona. ¿Quieres que vayamos las tres a comernos algo después?
—¿Tú a dónde vas?
—Tengo... tengo mi clase de pilates —responde, avergonzada.
—Eres horrible.
—Si me engordo, no vendo. Literal vivimos de mi imagen y de la delgadez natural de tu padre. Pero finjo que es una manga gástrica.
—¿Y qué le dices de mí? —pregunta Tessa—. ¿Que no soy su hija, que me meto dos dedos después de cenar para no engordar, que usé laxantes por un año, que prefiero caminar que trotar porque las r************* dicen que el running engorda más?
Tessa nos deja solas. Francesca toma una bocanada de aire y un jugo que probablemente trae para quemar más calorías. Xavier se acerca para saludar a su mamá. Esta le pregunta por su glicemia, le da un beso y un abrazo. Francesca apoya su cabeza contra el pecho de su hijo y Anastasia baja corriendo para ir a su entreno. Le da un abrazo a su mamá y la apura antes de lanzarme un beso.
—Tessa María, vámonos —grita para llamar a su hermana. Esta le asegura que llegará un poquito después.
Yo les digo que voy a dejarla, y Anastasia se va hablando de la contaminación. Creo que puedo soportarla contando contracciones, puedo vivir con la idea de que mi hijastra crea que va a ser médico y tener tres divorcios (solo para superar a sus papás), pero no estoy preparada para su versión ambientalista.
Tessa y yo, por otro lado, no hablamos hasta que llegamos al parqueo del gimnasio al que va Anastasia. Ella me da una mirada cuando insisto en no abrirle el auto y le tomo de la mano.
—¿Has visto a Simonetta? Súper sexy y guapísima. Ya Ramón, todo fit y sexy. Yo no estuve sexy hasta que entendí que es un feeling... y cuando me operé las tetas. Pero no le cuentes a tu papá, cree que son naturales —Tessa se ríe—. Cariño, tu belleza y tu salud dependen de ti, creo que ya lo sabes. Lo que necesitas tener claro es que sentarte a culpar a tu mamá, odiarla tanto y estarle reprochando, no va a hacerte buena... ni a ella. Francesca siente muchísimo miedo, está triste todo el tiempo y se hace la fuerte. Trata de aferrarse a lo único que cree que tiene: su belleza. Mi amor, necesitas dejar de castigarla, porque cada vez que le infringes dolor, te lastimas a ti misma —Tessa se limpia las lágrimas. Yo me inclino para besarla y abrazarla. Ella se queda en silencio y después de un rato, llorando. Las dos bajamos del auto.
Yo voy a ver a mi otra princesa, la más mandona de la familia. Está nerviosa. Hay una instructora que no había visto. Su madre le da un beso en la frente y se sienta en la gradería. Xavier le aplaude y yo sonrío. Vidal llega con los bebés a mitad de la clase, trae a Alice y Leonor, quienes sonríen hacia su amiga y toman asiento muy serias. Mi esposo me da un beso en los labios y me pregunta si estoy cansada de maternar a nuestros hijos.
—No, pero... ellos siempre te aman a ti —veo el coche, y mientras todos corren a tomar agua, Anastasia se acerca y dice:
—Familia, amigas, necesito que se vayan y se quede Tessa. Tú grábame. No pueden estar aquí con dos bebés llorones. ¿Qué quieren, que la maestra Masha me eche de aquí y a ustedes? Por favor, bye.
—Qué pesada, Anastasia.
—Tal vez cuando regrese no quiera ser muy tu amiga, pero siempre seré tu hermana, así que... bye.
—Yo no me resiento, creo que está pidiendo espacio y ser prodesional.
—Qué maderez leonor, ojalá todos fuéramos así.—respodne Anastiasia mirando aalie con los ojos entre cerrados, le lanzo un ebso mientra snos vamso y tomo el brazo de su padre, Xavier viene escoltado pro Alice y Leonor, quienes le advierten que tiene una novia y que no puede sonreíle a otras mujeres.
—Le sonrío a Leonor cada que viene a casa.
—Soy tu amiga por asosciaicón—responde Leonor. — y me llevas muchos años, eres casi un señor. Sería ilegal
Vidal trata de no reírse, pero se le nota la diversión.
—Lo importante es que tienes una novia—se queja su hermana.
—Ya, pero solo saludé Alice.
—No saludes tanto —responde mi hija mi esposo yo reimos.