Aquí estoy

1580 Words
Mariana empieza recordando el día que se fue de su casa, el día que decidió que no era seguro, que no solo las trataban mal, sino que podían morirse. Su papá había apostado el salario de su mamá como si eso no tuviese un valor, como si no hubiese niñas en la casa, y la mujer las había llevado a pedir dinero en la calle, vender postales o lo que hiciera falta. Había visto a su madre prostituirse para poder darles de comer, y esa misma noche vio cómo su papá le daba una golpiza enorme. Yacía en el suelo, adolorida, casi inconsciente, y ella tomó el dinero que su mamá guardaba para la renta, el que había hecho para la comida de ese día, y tomó la mano de su hermanita. Natalia la vio asustada antes de salir juntas a la calle y enfrentarse con la realidad. No era fácil vivir solas. No importaba cuánto dinero tuvieran, no podían pelear contra los riesgos, así que volvió, dejó todo donde estaba y le prometió a su hermana que algún día se iría lejos, pero antes necesitaban ahorrar. Natalia y Mariana habían trabajado en todo lo posible, que si un mandado a un vecino o una venta de tortillas con su mamá, un billete o dos que desaparecían… Y finalmente llegó la siguiente vez en la que su padre no solo le hizo daño a su mamá, sino que a ella también, y antes de que su hermanita empezara a vivir el mismo infortunio, su hermana la llevó lejos, fuera de la ciudad. Los primeros días fueron difíciles, pero conforme pasaba el tiempo, Mariana entendía por qué la calle era un lugar peligroso, y eventualmente la gente notó que había dos niñas solas en la calle y se intentaron aprovechar de ellas. Que una caricia furtiva entre el vaivén de la gente, que una mirada maliciosa acompañada de carreras exhaustivas y de un susto tras otro, de escapadas de un hogar al otro, de promesas, claves para poder reencontrarse... Consuelo sentía la desesperación y el dolor en el que sus hijas vivieron, teniendo que reunirse a escondidas hasta encontrar a dónde ir. Y finalmente, cayeron en las manos del hombre que las explotó para obtener dinero. Básicamente, un chulo no las prostituía, pero las ponía en la calle a vender lo que se le ocurriera y las usaba para pasar dinero de uno de sus negocios ilegales a otro. Más de una vez temieron por su vida, era simplemente horrible. —Te conocí a ti, y me comprabas ese montón de cosas. Entonces me ponían en el mismo lugar y mi vida tomó un poco más de forma, de estabilidad. —Mariana, ¿qué fue lo que hiciste? —Sabes cómo a Blanco le dábamos las ventas y él nos daba un porcentaje para comer y vivir. —¿Sí? —Bueno, después de que nos vinimos aquí, puede que haya dado un poco de información a la trabajadora social sobre dónde estaban los otros niños —comenta asustada y estruja la mano de su madre, quien la siente caliente y sudorosa. A Mariana le da miedo terminar de decir lo que hizo, pero su hermana y su madre no dejaron de animarla y asegurarle que estarían ahí y la apoyarían. —Bueno, la policía lo detuvo unos meses, pero ya salió y quiere que le pague mi porcentaje, el tuyo y, todas las semanas, quiere más dinero. La verdad, no puedo dárselo ni volver con la policía porque amenazó con matarlos a todos y dejarme solo viva a mí. Consuelo la abraza y le promete que no es cierto, que no va a matarlos a todos y que ella está bien. Mariana llora entre los brazos de su mamá y Natalia le toma la mano. Consuelo les asegura que va a resolverlo todo, que ella y Vidal van a hacerse cargo y no van a parar hasta que Mariana esté tranquila de vuelta. Los bebés no dejan de llorar de fondo, y Consuelo espera a que sus hijas estén más tranquilas, pero Vidal no soporta más el llanto. Después de asomarse un poco, le pasa a Índigo. Su hija se pega al pecho, y Vidal le da un biberón con leche materna a su hermano, quien no es tan refinado y parece no notar la diferencia. Los dos bebés están en silencio cuando Consuelo pregunta: —¿Puedo terminar de hacer esto en mi cuarto y nos dormimos todas tranquilas? Mañana Vidal y yo trabajaremos durísimo para protegerte de cualquier monstruo. Por favor, no te vayas. No se vayan. Acá están seguras. Yo sé que nunca han tenido papás, pero Vidal y yo somos sus papás y haremos todo lo necesario para protegerlas. Vidal les da un beso y un abrazo a cada una de las niñas. Luego cierra la puerta y va a la habitación con su esposa y sus hijos. Los bebés parecen haber extrañado a su madre y, mientras terminan de alimentarse, Consuelo le cuenta a su esposo todo lo que han pasado sus hijas y todo lo que ha estado sufriendo en silencio su hija mayor. Vidal acomoda a sus hijos en su moisés, luego se acuesta al lado de su esposa y reflexiona al respecto. Le pide que le repita todo con lujo de detalle. Vidal ve el sol salir detrás de Consuelo, quien finalmente se había quedado dormida, y piensa que él haría lo mismo: correr. Si fuese un adolescente a quien la vida le hubiese atormentado una y otra vez, querría salir corriendo. Está por quedarse dormido cuando piensa lo mismo que sus hijas, quienes están empacando solo lo necesario y debatiendo si era bueno o malo llevarse a Alice. —Es nuestra hermana. —Lo sé, pero estará mejor con Consuelo. —No quiero abandonarla, Mariana. No quiero irme y no quiero que te vayas. Solo… es como cuando nos iban a adoptar y tú me pedías que tuviéramos fe. Yo te pido lo mismo. Vidal abre la puerta de la habitación y las dos lo miran asustadas, en pánico. Él ve las bolsas y la ropa que llevan puesta; ambas llevan pantalones, abrigo y tenis. Él las mira decepcionado antes de acercarse y tomar asiento sobre la cama. —Consuelo las ama demasiado. Cuando despierte y no estén, va a sentir que fracasó en la vida. Lo primero que me dijo en una de nuestras citas es que ser su mamá le había devuelto la alegría. Consuelo no va a saber sobrellevarlo. Es muy probable que nos quiten a Alice, quien los siguientes meses estará terriblemente dolida y luego será tomada por el sistema. Y creo que mis hijos tampoco están listos. La verdad, han perdido madrastras, padrastros… pero perder una hermana, dos hermanas, creo que va a ser el acabose. Es como si entendieran que ellos pueden irse de la peor manera. —Vidal suspira—. Yo tampoco estoy listo. Para mí, los hijos son sagrados. No quiero que se vayan. No quiero dormir todas las noches pensando que pasan frío, que están asustadas, que algún hombre podría hacerles daño. Yo no puedo borrar los últimos quince años de sus vidas, ni los últimos diecisiete, pero definitivamente quiero que tengan los mejores años de sus vidas. Quiero sentarme en su graduación y gritar sus nombres mientras aplaudimos y planeamos una fiesta enorme el fin de semana antes de que vayan a la universidad. Quiero entregarlas en su boda a alguien decente, responsable, trabajador y que las ame tanto como yo amo a su madre. Quiero que sus hijos me llamen abuelo. No voy a rendirme. Pueden salir corriendo, pero yo voy a estar justo ahí detrás. No me importa si tengo que conducir tres horas o tres días, si tengo que ir y venir todos los días con tal de que regresen a casa. A Natalia le quedaba más que claro lo que decía Vidal. Estaba llena de lágrimas y mocos, y le encantaba la idea de tener un papá que la rescatara. Creía que el verdadero príncipe azul de las hijas era exactamente su padre, y en su vida, esa sensación de rescate y amor incondicional había sido inexistente. Consuelo era una mamá espectacular, pero tener un papá como Vidal era como ganar en las maquinitas de la suerte. —Vidal, si nos quedamos, van a matarlos. Esta gente es seria. —No van a matarlos. Yo voy a conseguir un intermediario, voy a pagar la deuda y voy a hacer que le recuerden que no debe amenazar a mis hijas. Yo haré lo que haga falta para que estén bien. ¿Les queda claro? —No somos tus hijas. —Si eso te ayuda a dormir en la noche, felicidades. Eres mi hija por asociación. Hoy mismo convenzo a tu mamá de iniciar el papeleo —responde Vidal, y Natalia sonríe. —Yo no quiero irme, Mariana, pero no quiero que te vayas tampoco. Así que, solo esta vez, dejemos que los adultos sean adultos. —Bien. —¿Prometes que no vas a irte? —pregunta, y su hermana asiente. —Prometo quedarme. Vidal les abraza a ambas y luego las lleva a la cama para que puedan dormir, finalmente toma una cobija del armario y se acuesta en el sofá de la habitación de sus hijas, las dos le preguntan qué está haciendo, y él se encoge de hombros. —Solo por si planean irse.
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