Consuelo estaba en la sala de espera con sus hijos. Xavier estaba sentado frente a ella, abrazando a Tessa, mientras ella abrazaba a Alice y a Anastasia. Ella les hizo una seña; Xavier se negó con la cabeza. Consuelo se cambió de asiento con sus chicas y las abrazó también. Tessa le tomó la mano y Xavier apoyó su frente contra el hombro de su madrastra. Consuelo y los niños se quedaron en el hospital hasta que escucharon que su hermano estaba estable.
Vidal fue el primero en ir a verle. Le tomó de la mano y se quedó en silencio en espera de que Alex hablara primero. Su hijo sabía que estaban en problemas. Su papá le vio llorar durante unos minutos y le limpió la cara con unas servilletas. Se acostó a su lado, le dio un abrazo y un beso, lo acunó entre sus brazos y le acarició la espalda.
—Alexis, convulsionaste porque se te fue la mano con el Adderall. Encontré tu stash. Hay perros policías revisando el perímetro de la casa. Mandé a alguien a tu escuela para revisar tus cosas. Estoy haciendo todo lo posible por no internarte e intentar desintoxicarte en casa, que no quede en tu registro, pero el juez de familia al que tu abuela ha llamado parece odiarme, así que mi abogado ha recomendado desintoxicarte en una clínica, recibir seis meses de escuela en casa dentro del centro y esperar porque sea lo mejor.
—No es como si estuviese haciendo c***k.
—Estás haciendo anfetaminas. ¿Cómo es mejor eso? ¿Cómo es mejor que tengas drogas escondidas por toda la casa, por el patio, la tubería, Alexander, el baño donde se bañan tus hermanitas y el locker del colegio? ¿Está eso bien? ¿De dónde putas sacaste opioides? ¿A quién le compras? ¿Quién te vende? O sea, hijito, te adoro, pero no sería responsable por ti si no te busco la mejor ayuda, y parece que fallé en ver las señales. No voy a seguirte fallando, mi amor, te voy a internar.
—No puedo ir ahí.
Héctor entra en la habitación.
—Papá, necesitan escucharme.
—Vidal y yo estamos de acuerdo en pelear tu custodia juntos. Yo tendré fines de semana, y en cuanto a la decisión de mandarte a rehabilitarte, estoy 100% de acuerdo. Te amo, tu papá te ama, y no vamos a perderte ni a dejar de pelear por ti. Pero tú no vas a acabar como Bella. Voy a ir a todas las visitas porque te amo, voy a poner los pies en el suelo porque te amo, pero tú tienes que regresarnos un poco a cambio —pide Héctor.
—No quiero.
—Anastasia no va a soportar perderte, yo no lo voy a soportar, ni Consuelo. Nadie está listo, Alex, por favor escúchanos.
—No voy a internarme, no soy un adicto. Me tomé algo para ir a la escuela.
—Estás tomando algo que nadie te recetó y de lo cual dependes. Eres un adicto.
—Tú eres adicto al café.
Vidal rodó los ojos. Había estado casado con su madre, estaba escuchando a su hijo y le daban ganas de llorar, porque hasta que no intentó hacerle sentir mal por algo no entendió que su hijo estaba verdaderamente enfermo. Héctor lo frenó de escaparse y las enfermeras les ayudaron a atarle. Vidal salió de la habitación y se quedó junto a la pared llorando. Se cubrió el rostro, pero sus compañeros, sus hijos, su suegra, su madre y su esposa podían verle romperse en pedazos. Consuelo soltó a sus hijos con cuidado y fue a abrazar a su esposo.
Vidal estaba llorando en silencio entre sus brazos, mientras ella intentaba absorber un poco del miedo y el dolor que sentía su marido, pero era imposible. Nadie podía llevarse ese dolor a ninguna parte.
Consuelo y sus hijos habían pasado de planear un cumpleaños a escuchar a trabajadores sociales, psiquiatras, al psicólogo de su hermano, un funeral y una batalla de custodia.
Todos estaban sentados tratando de desayunar cuando Alex bajó. Se veía cansado, como quien no había logrado conciliar el sueño. Estaba sudando.
—Buenos días, Al —le saluda Anastasia—. ¿Quieres sentarte con nosotras? —le pregunta, y él niega con la cabeza.
—Necesito salir.
—En un rato voy a llevar a tus hermanos al colegio, y te llevo a darte una vuelta.
—No estoy enfermo, necesito volver a mi rutina —responde.
—Caminemos juntos por la propiedad —propone Xavier—, mientras los demás se alistan.
—Quiero irme de aquí ya —grita.
Sus hermanos pequeños lloran. Sus hermanos se toman de la mano y las demás le miran tranquilas. Se quedan en silencio, rogando porque las cosas cambien. Los berrinches, el insomnio, la depresión los estaban sumergiendo a todos. La angustia llenaba la casa, y era insoportable.
Esa misma mañana, Beatriz y su esposo Alessandro aparcaron enfrente de la casa, seguidos por la policía y su abogado. Alex salió a recibirlos y fue corriendo a abrazarlos. Beatriz parecía haber ganado la guerra. Estaba por llevarse a su hijo, sin importar el dolor que estaba causando, sin importar el daño que le estaban haciendo a Alex.
Vidal firmó el documento, le dio un beso a Alex y un abrazo.
—Yo voy a ser tu papá toda la vida, pero el día que me casé con tu mamá, le pedí su bendición a tu abuelo. Le prometí cuidarte a ti, cuidar de ella y anteponerlos sobre cualquier cosa. Esa promesa sigue en pie. El día que me llames, sin importar la hora, voy a ir por ti. Mientras, seguiré peleando por tu bienestar —Vidal abraza a su hijo con todas sus fuerzas.
Beatriz da un par de aplausos.
—Es momento de irnos —anuncia la mujer.
—Alex, ¿quieres llevarte algo?
—No.
—¿Despedirte?
—Tampoco.
Alex escuchó a Alice llamarle, pero no se volteó. La escuchó llorar mientras le pedía que por favor no se fuera, pero no se giró a mirarle.
Su madre la abrazó, se sentó con ella en el suelo mientras la pequeña lloraba y rogaba a gritos.
—Vidal, no dejes que se lo lleven —grita asustada.
Su papá entra de nuevo a la casa y le promete que no va a dejar de pelear su custodia, pero tiene que seguir las órdenes del juez. Vidal abraza a Alice, y ella le abraza de vuelta.
—¿Qué tal si hoy nos ponemos la pijama y nos acostamos todos juntos? Estamos tristes. Todo el día, hasta que se nos pase mañana —propone su padre.
Consuelo y sus hijos asienten, porque todos están cansados, hartos, dolidos.