Consuelo es la persona más rica que conozco, no en términos de dinero, sino en su forma de ser. Mi amiga disfruta del privilegio y el lujo con sabiduría, pero su esposo, sus hijos y ella habían estado sufriendo. Por eso, decidió tomarse la mañana para llamar a todos sus contactos, cobrar favores desesperadamente y exigirles a los mejores que resolvieran sus problemas.
Consuelo había notado la actitud de Imán e Índigo. Él come porque come, pero para que su hermano le deje algo de leche, Índigo llora hasta desconcentrarlo. Pues eso hizo Consuelo en la corte: quebró a su marido con una foto de sus hijos, todos juntos, sonriendo detrás de sus hermanos recién nacidos y sus padres, Consuelo y Vidal, observando a los más pequeños, mientras los demás sonreían. Era la foto del día después del nacimiento de los menores.
—¿Quiénes son ellos, Dr. Vidal?
—Mis hijos.
—¿Qué celebraban? —preguntó el abogado.
—El nacimiento de sus hermanos menores.
—¿Cómo fue el parto? ¿Puede contarnos?
—No es relevante —intervino el abogado contrario, y el juez le dio la razón.
—Fue un parto en casa, con todos nuestros hijos y familia. Mi hija Anastasia cortó el cordón y mis hijos mayores tomaron fotos grandiosas. Fue un muy buen día —respondió Vidal—. Extraordinario, creo que nos consolidamos como familia.
Luego, al estrado subió su exsuegra, una mujer inundada de dolor por la pérdida reciente de su hija. Contaba con el apoyo de un psicólogo y del médico de familia, pero no con los profesores de Alex ni con el testimonio de corazón de Consuelo.
—Consuelo, felicidades, ha sido usted recientemente madre, ¿cierto?
—Sí.
—¿Es la primera vez que es madre?
—No, mi esposo y yo teníamos siete hijos ya; solo aumentamos el número y multiplicamos el amor.
—Cuando el doctor Vidal y usted comenzaron su relación, ¿cómo abordaron el tema de los hijos, sobre todo los hijastros y sus hijas adoptivas? —preguntó el abogado de la defensa.
—No, no. Yo tengo tres hijas y no las considero adoptivas, las considero mías. Y tengo cuatro hijastros por ley, quienes viven con mi esposo y conmigo, entre ellos Alex.
—Entonces, ¿usted y su esposo permitieron que su hijo, menor de edad, consumiera sustancias ilícitas?
—No somos malos padres. Tenemos cinco adolescentes en casa con todo tipo de necesidades y problemas.
—Su hija decidió irse unos meses atrás.
—Mi hija, quien padece un cuadro ansioso y depresivo, decidió que estaría mejor lejos de su hogar porque nunca ha tenido uno. Vidal, mi esposo, hizo guardia, se sentó y le explicó qué es una familia, qué significa tener un papá y una mamá. Y eso somos para todos nuestros hijos. Vamos a ir a donde sea por ellos. Y hoy, en lugar de estar amamantando a mi hijo o celebrando mi primer mes con un vestido monísimo que le compré a mi hija, estoy aquí, rogándoles que por favor le den lo que necesita mi hija: un médico, un psicólogo y una desintoxicación adecuada, un abordaje real para que no acabe como Bella. Bella querría que su hijo estuviera bien, por eso le dio la custodia a Vidal, por eso fue a buscar ayuda, porque te amaba, Alexis. Así que, si no quieres volver a casa, tus hermanos, tu papá y yo vamos a sentir tu ausencia por el resto de nuestras vidas. En nuestra casa hay una silla vacía y es doloroso, pero sanaremos porque estarás bien, estarás cuidado y libre. Si te mueres, si te vas y la silla sigue vacía, eso nos va a romper a todos.
Alex vio a Consuelo llorando y limpiándose las lágrimas, pero esta vez no pudo simplemente mirar desde la distancia. Su pecho se apretó con una sensación desconocida, un peso de culpa, miedo y amor entrelazados. Durante tanto tiempo había evitado ese tipo de emociones, convenciéndose de que era más fácil mantenerse indiferente, pero ahora, al ver su dolor tan evidente, sintió que algo dentro de él cedía. Sin pensarlo demasiado, se puso en pie y caminó hacia ella, ignorando el murmullo de voces que lo rodeaban. No le importaban las miradas de sus abuelos ni los comentarios del juez, solo quería hacer lo único que su instinto le pedía: abrazarla. Cuando finalmente la alcanzó, sintió sus brazos rodeándolo con una calidez inquebrantable, como si en ese instante todo su caos interno pudiera encontrar un refugio. Sus lágrimas brotaron sin permiso, y en su mente se repetía el miedo de estar fallándose a sí mismo. Se puso en pie y caminó hacia ella sin importar lo que estaban diciendo sus abuelos, sus abogados y el juez. Simplemente fue hacia ella y la abrazó. Consuelo le dio un beso y un abrazo con todas sus fuerzas.
—Alex, eres inteligente, acepta la ayuda.
—No quiero ser ella, pero no sé cómo no usar.
—Mi amor, encontraremos ayuda —le respondió, y los dos lloraron juntos y abrazados. El juez parecía tener una decisión final.
—La custodia definitiva de Alexander Vidal se queda con su padre y su madre, Consuelo y Augusto Vidal.
Augusto asintió y se quebró en llanto.
—Por orden judicial, Alexander debe realizar terapia psiquiátrica por un mínimo de dos años y de inmediato debe iniciar un programa de desintoxicación con médicos y psicólogos.
Vidal asintió y sus abogados celebraron, mientras Beatriz y Alessandro le reclamaban a los suyos.
Vidal le pidió a su hijo que se despidiera de sus abuelos. Luego lo llevó al hospital, donde tenía una habitación normal, nada como los centros en los que había estado internada su madre. Le sacaron sangre, dio una muestra de orina y fue obediente en su primera sesión de terapia. Después de la sesión, los dos fueron a comer.
—Papá, ¿adónde me vas a mandar?
—La tía de Arturo tiene un centro que no parece un centro y hay un espacio para adolescentes, pero, como sabemos que no te gusta en absoluto, hemos pensado que te quedes en su casa. Estarás siete días sin salir para desintoxicarte. La semana después de eso empezaremos con visitas y luego irás un par de días a la escuela. Aceptaron validarte tus notas del próximo trimestre como si fueran estas porque es un caso atípico, así que te toca estudiar muchísimo.
—Vale.
Una mujer mayor, delgada, pequeña y con el cabello más corto y blanco que nunca se asomó por la puerta y vio a Alexander. Un poco divertida, dijo:
—Soy Emma Pieth, vine por Alexander —comentó y se acercó a saludarlo—.Me presento soy psicóloga, mamá de tres y esposa de un abogado. Vamos a vivir juntos un par de meses. Necesitas saber dos cosas, detesto el desorden, mi casa es 90% blanca y me encanta limpia, mi marido es un señor que practica golf en el jardín. Perdí una batalla legal contra un abogado con 108 mil años de experiencia, y ahora tenemos un perro —bromeó, y él sonrió.—Bromea y él sonríe. —La verdad, Alex, esto me saca de mi jubilación. No tenemos adolescentes hace como 20 años en mi casa, porque mis hijos y mi esposo están viejos, yo no —murmura. —Pero tu salud es muy importante, y tu papá me ha pedido un favor que estaré feliz de hacer por ustedes. —responde y se sienta a su lado. —Tendremos terapia todos los días. El entrenador personal viene todos los viernes a valorar tu progreso, hay que ejercitarse, el chef cocina lo que yo digo, lo que yo ordeno y punto, el descanso es no negociable, así como hacer terapia efectiva. Por cada día que te atrases, te quedas tres días más de retraso. Firmas tú el contrato, no tu papá, te dejamos leer —Emma le acaricia la espalda y busca su mirada—Alexander, yo tengo un acuerdo contigo, pero cuando termines de leer el contrato y pongas tu nombre o tu firma, espero que estés seguro de cumplir comprometerte contigo.