Capitulo 8

960 Words
El vestido blanco revoloteaba a su alrededor, al igual que su cabello se amontonaba en su cara tapando sus ojos. Un golpe seco y duro siente su espalda. Había caído sobre un árbol. Su cuerpo se relaja y un suspiro de alivio sale de sus labios. Le dolía su brazo, lo sujetó y una ráfaga de dolor se apodera de ella, no había sangre. Pero dolía. Miró hacia abajo y la oscuridad nubló sus ojos, ella se movió un poco sobre el árbol sin preveer que la rama se quebraría. Su cuerpo se resbaló, liberandose de la protección del árbol. Cerró sus ojos esperando chocar contra la dureza de las piedras, sin embargo, se sorprendió cuando su cuerpo se humedece y se hunde lentamente en el agua. Su vestido era ligero casi como un camisón, no llevaba corsé ni telas pesadas lo que le facilitó llegar hasta la orilla para acostarse sobre la humeda arena, dando grandes bocanadas de aire. Su pecho sube y baja con frenesí, aún sorprendida de estar viva o al menos sin lesiones graves. Lo que le preocupaba ahora era el estado de su brazo. Desde la oscuridad de aquel agujero su mirada llena de ilusión se nubla del miedo. Finalmente cuando su visión se adaptó al lugar, a lo lejos pudo ver una luz pálida así que siguió caminando encontrando la salida de aquella ¿Gruta? No sabía que era eso. El lugar se veía solitario, aunque parecía ser una vía comercial por las marcas en el suelo. Aún en sus pensamientos Franchesca vio venir una caravana de mercaderes y ansiosa esperó que los hombres se acercaron a ella. —¿Podrían llevarme a la ciudad de oro? —Sacó de su cabello una horquilla—. Les pagaré con esto. Los hombres reciben el adorno de oro y la ayudan a subirse en el carruaje que llevan. —Señorita, hemos llegado —uno de los hombres la despierta cuando ya han pasado las puertas de ciudad de oro. —Gracias. Franchesca avanza a través de las calles con tranquilidad, sin embargo, la gente que pasaba por las calles se abría alrededor de unos hombres mientras estos montaban sus caballos. Franchesca los reconoce de inmediato y presa del miedo se esconde, desde su escondite los observa. Los hombres colocan dibujos de ella por todas las calles, tenía la intención de acercarse un poco más cuando una mujer la arrastra por los callejones con desesperación. Franchesca mira asombrada a su joven doncella, su mirada es un cúmulo de emociones. —Alteza, no se exponga. El principe emitió un decreto en el que recompensa a quien la atrape. Está muy enfurecido con usted. —Vamos, debo volver al palacio, nadie reclamará ese oro. Debo decirle que el general intentó asesinarme. —Intenta caminar pero Dayana se interpone—. Princesa, no debe volver. Le tendieron una trampa y ahora es considerada una traidora, si la encuentran seguro la van a torturar hasta la muerte. Debe irse. —¿Qué? —Princesa, vámonos—la toma de la mano saliendo del callejón, sin embargo, frente a ellas está su enemigo. —Al fin la encontramos, Alteza —el hombre se burla al mencionar su título —Entreguese o nos vemos obligados a hacerle daño —habla el otro oficial. —Nunca—grita con todas sus fuerzas y empieza a correr junto con Dayana por las calles llenas de gente, ganando así distancia. Al ver que las pierden de vista preparan sus flechas. Dayana mira hacía atrás viendo que los hombres apuntan a la princesa, sin pensar empuja a Franchesca tomando así su lugar recibiendo en cuestión de segundos el proyectil. La sangre brota por montón manchando su vestido. —Dayana —Franchesca grita al verla en el suelo con una flecha atravesando su pecho. Se acerca con lágrimas en sus ojos, víctima de la desesperación. —Princesa, váyase. Debe vivir—dice con dificultad. —No, no te dejaré aquí —dice entre lágrimas. Los hombres preparan otra flecha mientras sonríen victoriosos. El sonido de la flecha corta el aire y se aproxima a Franchesca, Dayana con sus últimas fuerzas cae sobre la princesa protegiéndola otra vez, la flecha toca su corazón. Sus ojos quedan clavados en los de Franchesca —Váyase —dice antes de caer muerta sobre los brazos de Franchesca. Franchesca reacciona y corre a través de las callejuelas perdiéndose de la vista de los hombres. La noche cayó y sintiéndose segura sale de su escondite. Empieza a caminar por las solitarias calles de la ciudad, ahí fue capaz de entender su situación, ahora todos son ajenos a ella. No puede confiar en nadie eso lo tiene claro. Sus pasos se arrastran uno tras otro mientras el borde de su vestido se empapa de lodo, tropieza cayendo en un charco, allí tirada las lágrimas empiezan a salir sin control, la amargura y el odio tocan la hasta despreocupada vida de Franchesca. Se arrastra a través del lodo pero si se termina de ensuciar será menos reconocible así que se ensucia el rostro, el cabello y sus brazos. Los gritos de alegría llaman la atención de Franchesca y con curiosidad busca el lugar de donde hay tanto alboroto. La edificación era hermosa no tenía el mismo estilo que otras casa, parecía más bien un palacio árabe. Maravillada por los colores, los azulejos y la música que se escucha dentro se acerca, a través de los espejos podía ver los hermosos y elaborados bailes que las mujeres hacían. Abriendo las puertas doradas del lugar ingresa consiguiendo que todas las miradas estuvieran sobre ella, vio las prendas y las facciones de las hermosas mujeres. Todas eran extranjeras. La Madama de las cortesanas dirigió sus ojos café a ella y con agigantados pasos se acerca. —¿Que haces aquí? Estas no son horas de pedir. —No soy una mendiga. —Entonces ¿Qué quieres? —Ser una de ellas
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