Valentina llegó a la clínica con un brillo especial en los ojos y una sonrisa radiante que iluminaba su rostro. El día sábado había sido simplemente perfecto, pasando tiempo con el doctor Thomás y con su pequeña hija Aylín. La jornada había estado llena de risas, complicidad y momentos emotivos que habían tocado su corazón de una manera inesperada. Él la había hecho sentir cómoda y lo mejor de todo, hizo sentir cómoda a su hija.
Mientras saludaba a algunas personas en su camino hacia su puesto de trabajo, Valentina no podía dejar de recordar los buenos momentos que vivieron el sábado y lo bien que le habían sentado a su pequeña. La complicidad entre los tres había sido instantánea, como si fueran una familia verdadera. Por un momento, hasta llegó a creer que todo era real y pensó en Dereck, en lo diferente que hubiese sido su vida si el hombre fuese un poco como el doctor Thomás.
Al llegar a su puesto de trabajo, Valentina se instaló con una sensación de alegría y plenitud que no podía describir. El día se presentaba prometedor y nada parecía poder arruinar su felicidad, hasta que recibió una noticia inesperada: Gustav, el subdirector de la clínica, había tirado licencia por unos días.
La noticia llenó de emoción a Valentina, quien no podía evitar sentirse aliviada al saber que Gustav no estaría en la clínica. La presencia del subdirector solía generar un ambiente de tensión y estrés en el lugar, y su ausencia significaba que el ambiente laboral sería mucho más tranquilo y agradable.
Se acercaba final de mes, por lo que estuvo prácticamente colmada de trabajo, ni siquiera tuvo tiempo de ir a almorzar con el doctor Thomás, ya que le tocó acompañar al doctor Stuart a hacer la ronda en el ala de pediatría.
El doctor Stuart, era un hombre alto, de rasgos duros y con un sentido del humor bastante ácido. Rondaba por los cincuenta años, aunque él siempre se restaba edad. A Valentina, no le desagradaba el hombre en sí, pero no era demasiado placentero trabajar a su lado. Era demasiado altanero y jamás aceptaba una opinión diferente a la suya.
Durante el tiempo que llevaba trabajando en el hospital, jamás tuvo un problema con el hombre. Ella se limitaba a hacer su trabajo y respondía afirmativamente a todo lo que el hombre decía. Pero esta vez, no pudo, no pudo guardar silencio cuando se estaba cometiendo un error tan garrafal como ese.
Era una tarde soleada en el hospital, el doctor Stuart recorriendo los pasillos con paso firme, acompañado por una enfermera de cabello rubio y ojos azules, y Valentina, una joven de cabello oscuro y ojos verdes que asistía al doctor en todas sus consultas, al menos, así era cada final de mes.
Al entrar en cada sala, el doctor Stuart revisaba los expedientes de los pacientes, tomaba la presión arterial, auscultaba el corazón y los pulmones, mientras Valentina tomaba nota de cada detalle. La enfermera preparaba los exámenes y los entregaba al doctor para su revisión.
En una de las habitaciones, se encontraba una pequeña niña de unos ocho años, pálida y con una expresión de preocupación en su rostro. La enfermera le entregó al doctor los resultados de los exámenes, y sin prestar mucha atención, el doctor dio la orden de ingresarla a pabellón para una cirugía de emergencia.
Valentina observaba la escena con preocupación, sintiendo la angustia de la pequeña paciente y deseando poder hacer algo más por ella. Sin embargo, sabía que el doctor Stuart era un profesional capacitado y confiaba en su juicio. Aunque cuando el hombre dejó el expediente sobre la mesa, Valentina pudo apreciar que esos exámenes presentaban problemas.
Ella no era doctora ni nada por el estilo, pero su jefe la mando a varios cursos de capacitación donde se le enseñaba lo básico, por lo que sabía perfectamente interpretar el resultado de un exámen. El recuento de leucocitos de la paciente era demasiado elevado, lo que claramente señalaba que había una infección en el cuerpo de la niña.
—Doctor Stuart, no quisiera discrepar con usted, pero si se fija en los exámenes se dará cuenta que los leucocitos en sangre de la paciente son demasiado elevados. Es posible que exista una infección... ¿Cree que sea adecuado que ingrese a pabellón? —Valentina frotaba sus manos, los nervios la estaban devorando, pero no podía guardar silencio frente a algo así.
—¿Es usted doctora, señorita Hoffman? ¿O acostarse con el futuro director del hospital le entrega esta especie de derecho? ¡Usted no puede venir y decirme que hacer! —Las palabras mordaces del médico provocan en Valentina una especie de rabia que no logra contener.
—Lo que pasa entre el doctor Thomás y yo no es asunto de nadie, esto no se trata de si es mi prometido o no, se trata de que se está cometiendo un error que podría afectar la vida de una niña. —Mira fijamente al hombre, aunque sus piernas tiemblan ligeramente.
—Es demasiado estúpida e insolente señorita Hoffman. —Voltea a ver a la enfermera —emite la orden para que ingresen a la paciente a pabellón.
—Si, doctor —es la escueta respuesta de la enfermera.
—Pero doctor, no hago esto.por insolvencia... Tan solo observe estos resultados —toma el expediente y se los acerca al doctor. —Es solo por seguridad del paciente.
—No se meta en mi trabajo y límitese a hacer el suyo. —Le arrebató el expediente de las manos. —Ahora vuelva a su área, ya no necesito su asistencia.
—Si, doctor... —Valentina abandonó la sala.
Valentina no podía quedarse de brazos cruzados, no cuando la vida de una pequeña corría peligro. No ponía en duda que el doctor Stuart era un hombre capacitado, con años de experiencia a cuestas, sin embargo, demasiado necio para asumir su error. No podía permitir que se cometiera una negligencia de esa índole solo por necedad.
Se acercó a la enfermera que recepcionada los exámenes por hacer, Valentina esbozó una sonrisa nerviosa y saludó a la mujer.
—Hola Charlotte, vengo de parte del doctor Stuart. —Recargó sus codos en el mostrador.
—Hola Valentina, felicidades por tu noviazgo. Te las traías bien guardadas, mira que el doctor Schumacher es todo un bombón. —La mujer de mediana edad ríe.
—Quisimos mantenerlo en privado por algún tiempo, pero nos conocemos desde hace bastante. —Le dedica a la mujer una risita cómplice. —Por cierto, el doctor Stuart quiere que a la paciente de la cama 7 de la sala 3C se le hagan unos exámenes.
—Pero ayer le realizamos todos los exámenes. —La mujer comienza a teclear en su ordenador.
—Si, pero el recuento de leucocitos salió demasiado elevado. —Explicó Valentina con simpleza.
—Comprendo, pobre niña...
—Es necesario realizar un conteo sanguíneo completo, una fórmula leucocitaría y un frotis de sangre. —Dijo Valentina, sintiendo un nudo en el estómago. —Es urgente, no pueden pasar de hoy.
—Esta bien, ahora mismo mando esto a laboratorio. Por la tarde, antes de que el turno del doctor Stuart termine tendrá los resultados.
—Muchas gracias, Charlotte.
Valentina, tenía claro que se estaba metiendo en un tremendo lío, ¿pero como ignorar que la vida de una niña corría peligro? Ella era madre y si algo así le pasaba a su pequeña Aylín moriría de pena, de solo pensar en la familia de la paciente se le encogía el corazón de angustia. Las consecuencias que su desición trajera las enfrentaría con la frente en alto. Estaba pasando a llevar la autoridad de un doctor, pero lo hacía por el bienestar de alguien más.