Razumov, que seguía en el primer escalón, se acercó un poco al gran hombre. —Ha sido usted muy condescendiente. Sé muy bien que lo ha hecho para engañarme. Debe hacerme la justicia que yo no he intentado favorecer. Me he visto impelido, forzado o, mejor dicho, enviado, digamos que enviado a usted para una tarea que sólo yo puedo realizar. Tal vez le parezca una ilusión o una ingenuidad, una ilusión ridícula que ni siquiera le merece una sonrisa. Es ridículo que le hable de este modo, pero confío en que algún día recordará estas palabras. Pero ya basta. ¡Estoy aquí, y me he confesado ante usted! Aunque debo añadir una cosa más: jamás consentiré en ser tan sólo un instrumento ciego. Tal vez estuviera Razumov preparado para recibir alguna clase de reconocimiento, pero no lo estaba para que

