Acompañándote

2213 Words
Capítulo 1 Enzzo Dos años después —¡No me importa lo que tengas que hacer!— grité con fuerza a la mujer que tenía frente a mí.—¡Pero consigue esos papeles al menos que quieras ser despedida! —S-sí señor... —¡Largo! Verónica salió deprisa de mi oficina como si hubiera visto un fantasma, tenía los hombros tensos y parecía que en cualquier momento iba a llorar. Me levanté furioso de mi asiento dejando bruscamente unos papeles que estaba leyendo entes de que ella entrara. La muy descuidada había perdido unos planos que con tanto esfuerzo mi equipo y yo habíamos terminado para presentarlos en una hora. Me paseé por toda mi oficina desajustando el nudo de mi corbata para quitármela y dejarla en el perchero dónde estaba mi saco. Sentía que me iba a dar un infarto si esos papeles no aparecían. Eso planos eran muy importantes, eran de un restaurante que pertenecía a una cadena de ellos por todo el país, el dueño nos había contactado interesado por nuestros últimos proyectos exitosos que había sido un museo y una universidad. Literalmente sus restaurantes eran como una plaga por todo el país, en cada estado y ciudad tenía uno y ahora quería tener uno aquí en Chicago. Muy pronto se iba a esparcir por Canadá y México y después a Europa siguiendo un orden. El tiempo pasó, me acerqué a las cortinas metálicas que se mantenían cerradas desde que Rebecca dejó de ser mi asistente y abrí un poco para después gruñir en protesta cuando no miré a Verónica en su lugar. Más le valía estar buscando bien. Después de una hora tratando de bajar mi enojo tomé mis cosas del perchero y me las coloqué de mala gana sintiendo el pecho caliente por el enojo. Salí de ahí en dirección a la sala de juntas con quince minutos de anticipación para organizar todo. Mi equipo, el cuál ya estaba más que acostumbrado a mí forma de trabajo, ya estaba ahí preparando todo, pero faltaba algo importante: los planos. —¿Por qué estas tan tenso?— preguntó Aarón a mi lado. —La inútil de Verónica perdió los planos— respiré con fuerza, tratando de no salirme de control. —No puede ser— se sorprendió y de inmediato se tensó igual que yo.—¿Qué vamos hacer? La junta estaba destinada a ser un fracaso, pero antes de que fuera la una de la tarde Verónica entró con el semblante más relajado y con los planos en mano relajándome a mí de paso. —Aquí están— los dejó frente a mí orgullosa de haberlo encontrado y con una sonrisa en los labios. —¿Sonríes porque los perdiste o porque no te voy a despedir?— pregunté serio. Se inmediato su sonrisa desapareció y se mostró apenada. Quité mi vista de ella y revisé que todo estuviera bien. —Me avisaron desde recepción que el señor Williams ha llegado— informó, y en eso tocaron la puerta. James Williams entró a la sala de juntas acompañado de su asistente personal y una mujer encargada de recepción que lo conduciría hasta aquí. Intercambiamos saludos por unos minutos y cuanto la hora de la reunión llegó todos tomamos asiento para presentar la propuesta que teníamos. Entre Aarón y dos compañeros más proyectaron la presentación digital mostrando los planos, desde la construcción por dentro, tanto de nuestra área como en la de diseño de interiores como también el paisajismo. El dueño estaba interesado en que parte del restaurante fuera al aire libre y así se se hizo. Extendí los planos en la mesa y les señalé todo con lupa para que quedara claro, al final decidió aceptar y cerramos el trato. —Mandaré a mi abogado con el suyo, señor Harper— estrechó mi mano. —Le haré saber cuándo el contrato esté listo para firmar. —Me parece bien... otra cosa— lo acompañé hasta el elevador.—Me gustaría tener una buena empresa publicitaria, ya sabe, que se encargue de mostrarle al mundo lo que haremos. —Lo sé. Y sé a quién decirle sobre eso, no se preocupe que hablaremos en la firma del contrato. —Perfecto— entró al elevador.—Qué tenga un buen día. —Igualmente. Regresé a mi oficina y no dudé en contactar a Robert Villanueva para hablarle sobre el proyecto, dijo que estaría interesado y le informé que podría hablar con el dueño en la firma del contrato para que hablaran y tomaran acuerdos. El resto de la tarde me quedé encerrado en mi oficia y cuándo se dieron las siete me fui de ahí a la misma dirección de siempre: el hospital. Todos los días sin falta iba a ver a Rebecca, por las mañanas y por la noche estaba con ella. Ya habían pasado dos años del accidente y ella todavía no despertaba, pero estaba mejor porque los médicos reportaron evolución y nos dieron más esperanzas de que ella volviera. Mentiría si digo que he estado bien, estos últimos años han sido una pesadilla total y cada día que pasa debo levantarme, ponerme el escudo y enfrentarme a la cruda realidad. Yo sigo viviendo en mi penthouse, sólo en compañía de las cosas de Rebecca, mi trabajo ha aumentado últimamente y la mayoría del tiempo estoy trabajando para no permitirme los malos pensamientos y la negatividad que me ataca sin piedad. Y es que j***r, son dos malditos años y ella no despierta, siento que en cualquier momento voy a volverme loco. Cuándo llego al hospital me acerco a Madison que está en el pasillo. —¿Despertó?— pregunto cuándo llego a su lado. —No— negó, pero en lugar de hacerlo con tristeza, sus ojos brillaron con ilusión.—Pero se movió. —¿De verdad?— mi asombro y alegría desbordaron en esa pregunta.— Va mejorando entonces. —Dijo el médico que sólo era cuestión de esperar, que había una muy alta probabilidad de que despertara pronto. Mi pecho se infló de felicidad al oírla. Sólo debía esperar un poco más para poder ver su sonrisa y sus ojos de nuevo. Rebecca iba a despertar y no había ni duda de que yo estaría a ahí para ella. —¿Quién está con ella? —La tía Luisa. Me deshice de mi saco y me senté junto con ella para esperar a que Luisa saliera, cuándo lo hizo ocupé su lugar y entré a la habitación sonriendo como idiota por la noticia. Me acerqué a ella y dejé un beso en su frente, tomé su mano, en la cuál ya no tenía el anillo. Después de dejárselo, a los días las enfermeras se lo quitaron, por suerte Luisa estaba ahí y dijo que ella lo cuidaría, después me lo entregó a mí, y aunque no se lo pondría de nuevo, siempre lo traía en su caja en una de las bolsas de mi saco. —Escuché que te moviste— dejé un beso en su mano.—Sé que muy pronto vas a despertar Reby, y yo estaré aquí cuándo eso pase. Jamás te dejaré sola. Te amo. Deseaba que me contestara y que me dijera que también me amaba. Evidentemente eso no pasó pero estaba seguro que pasaría. Me quedé toda lo noche con ella, a las nueve salí a la cafetería a cenar algo mientras Madison entraba a verla. Después de eso recibí una llamada de mi madre preguntando como estaba porque sabía que estaba en el hospital. Le conté la buena noticia y se emocionó igual que yo. También le contesté el teléfono a David, a Aarón y a Simón. A cada uno de ellos les conté emocionado lo que había pasado y me dieron ánimos. Cuándo regresé escuché como Madison le contaba cosas a Rebecca sobre su trabajo. Se había graduado hace un año y lamentablemente su mejor amiga se había perdido de ese momento. En cuánto se dio cuenta de mi presencia se despidió y me dejó solo con ella. Volví a acercarme y dejé otro beso en su frente, me senté en un sillón que me había encargado de mover de la esquina de la habitación hasta la cama para estar más cerca, tomé su mano y mi corazón se aceleró cuando sentí como le daba un ligero, pero existente apretón. Me puse de pie de un brinco y observé su rostro, su expresión pasó de ser relajada a tensa, su agarré aumentó y cuando abrió los ojos... lo primero que hicieron fue mirarme con confusión. Sentí como si mi corazón hubiera funcionado de nuevo después de tanto tiempo. Observé como parpadeó y me permití perderme una vez más después de años en ese color verde que se había vuelto mi favorito. Su agarre perdió fuerza y la miré con intensiones de decir algo, cerró los ojos por un momento y después los abrió con pereza. —Reby...— la felicidad no cabía en mí, sonreí demasiado y cuándo reaccioné la solté con todo el pesar de mi alma para llamarle a un doctor. —¡Rebecca despertó!— grité con fuerza y de inmediato el equipo de médicos que la atendía llegó. —Señor tiene que salir— me pidió uno de ellos. —No voy a dejarla sola... —Necesitamos hacer un chequeo, despertó pero necesita estar tranquila. —¿Estará bien?— pregunté cuándo salimos al pasillo. —Tendremos que hacer estudios, pero ya despertó, es un gran avance. Regresó a la habitación y corrí hacia afuera para darle la noticia a Luisa y Madison. Las dos estaban sentadas en los sillones de espera. —¡¡Rebecca despertó!!— grité con alegría. Luisa se tapó la boca con asombro, Madison quedó en trance y las dos derramaron lágrimas cuando reaccionaron. Se abrazaron contentas y después se vieron contra mí. Me atacaron con muchas preguntas pero cada una de ellas las contesté con la más grande sonrisa que podía tener. Los tres nos encargamos de avisarle a los demás, que también gritaron y lloraron de felicidad. Empecé a perder la paciencia cuando nadie salía a decir nada, intenté varias veces pasar pero me negaron el paso. Dos horas más tarde el médico salió a decir que Rebecca estaba bien, le habían mandado a hacer análisis de sangre para ver como estaba. Toda mi felicidad cayó al suelo cuándo interpuso un pero en la conversación. Después de una dosis de alegría se venía la tristeza de nuevo como si de una droga se tratara y perdiera su efecto después de un rato. —Tiene amnesia, detectamos una lesión cerebral y no recuerda los sucesos de su último año. —¿O sea qué...? —No me recuerda— las palabras quemaron en mi garganta cuando interrumpí a Luisa. No me recuerda a mí, los momentos que pasamos juntos, cuándo nos conocimos, cuando fuimos novios, nada, nada de eso está en su memoria. Tampoco recuerda a mi familia, ni a mis amigos. —Lo siento mucho— habló el médico.—Pero podrá recuperarla, sólo hay que darle tiempo al tiempo y estará de vuelta con la ayuda de todos ustedes. —¿Podemos pasar a verla?— preguntó Luisa. —Sí, está preguntado mucho por ustedes. Por mí no. Ese pensamiento dolió en lo más profundo de mi corazón. Ella no sabría quién era yo cuándo entrara a la habitación y sus preciosos ojos verdes me miraran de nuevo. —Por cierto, no pueden darle ninguna noticia— me miró a mí.—La puede alterar y las cosas se pueden salir de control. Asentimos y cuándo entramos sentí ganas de llorar. Ahí estaba ella, sentada levemente inclinada sobre la cama. Cuándo miró a su tía y a su amiga sus ojos brillaron de felicidad y los míos igual. Por fin ella estaba despierta aunque no me recordaba. —¡Tía!— la llamó con entusiasmo y yo cerré los ojos ante el sonido de su voz, ese que no había oído en años.—¡Madison! Las tres se abrazaron, y cuándo sus ojos me miraron me tensé de inmediato. Cómo la primera vez que la miré, sus ojos pasearon por todo mi cuerpo y sin razón alguna me regaló una sonrisa amable pero confusa. —¿Quién es él?— le preguntó a las mujeres y eso fue todo lo que necesité para salir de ahí. Caminé de prisa por el pasillo y cuándo estuve en el auto pude descargar mi dolor y mi ira contra el volante de mi auto. Grité lleno de impotencia y frustración y amargas lágrimas bajaron por mis mejillas. Mi pecho estaba agitado por todo lo que había pasado y aunque suene estúpido sentía como mi corazón dolía por todo esto. A la vida no le bastaba habérmela quitado por dos malditos años, no, también le quitaba la memoria y se encargaba de que no me recordara. Ignoré la llamada de Luisa y me puse en marcha para ir a mi penthouse, quería estar solo y pensar bien en lo que haría. Pero algo si estaba claro, y eso era que no me iba a rendir con ella, pero primero debía lidiar con una batalla interna.
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