Las semanas que siguieron fueron extrañamente tranquilas. Después de aquella conversación en el sofá, Gabriel y yo decidimos hacer un esfuerzo consciente por re conectar. Sabíamos que no sería fácil, pero ambos estábamos dispuestos a intentarlo. No se trataba solo de superar el caos que Lucas había causado, sino de encontrarnos de nuevo en medio de todo. Una tarde de domingo, decidí que era momento de tomarnos un respiro. Llevaba días sintiendo que estábamos al borde del agotamiento, y necesitábamos un poco de paz y desconexión. Le pedí a mi madre que se quedara con los niños y, para mi sorpresa, aceptó encantada. —¡Mamá, ve y disfruta! Yo me encargo de los pequeños,— me dijo, con una sonrisa cómplice que casi me hizo sentir culpable. Pero, por otro lado, sabía que necesitábamos esto. L

