A medida que el otoño avanza, Gabriel y yo nos enfrentamos a un nuevo desafío. Mi trabajo empieza a demandar más tiempo del esperado, y la carga de trabajo se vuelve abrumadora. Entre las reuniones interminables y los plazos ajustados, me siento cada vez más estresada. Una tarde, mientras intento terminar un informe en casa, me encuentra en la cocina, con una expresión preocupada. —¿Todo bien?— me pregunta, al ver mi rostro cansado y agobiado. —Te has visto más estresada de lo normal últimamente. —Sí, solo es el trabajo,— le respondo, tratando de sonar optimista. —Tengo mucho que hacer y me siento un poco abrumada. Gabriel me abraza, intentando reconfortarme. —Lo siento por la carga que llevas. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? Le agradezco su apoyo y le explico que, aunque no pued

