Llevamos semanas preparando el juicio, y entre las reuniones con mi abogado, las largas llamadas con los testigos y los interminables documentos, la tensión en casa es palpable. Gabriel y yo hemos estado caminando sobre una cuerda floja, tratando de mantenernos unidos sin dejarnos aplastar por el peso de la situación. Una noche, después de otra llamada agobiante con el abogado, Gabriel y yo nos dejamos caer en el sofá, agotados. Los niños están en sus habitaciones, probablemente ocupados peleando por quién tiene el control del mando de la tele. —Esto es una locura,— digo, soltando un suspiro mientras apoyo mi cabeza en su hombro. —Me siento como una abogada amateur, pero sin el sueldo. Gabriel ríe suavemente, y me acaricia el cabello. —Al menos te ves bien con esos papeles en la mano.

