La tormenta pasó, y con ella se llevó algo del peso que habíamos estado cargando en nuestros corazones. La cabaña está en silencio, salvo por el suave crujir del fuego en la chimenea. Los niños ya están dormidos, agotados después de un día lleno de juegos, risas y un apagón inesperado. Gabriel y yo nos quedamos en el sofá, envueltos en una manta, disfrutando de la paz que parece haber caído sobre nosotros por primera vez en semanas. Me apoyo en su hombro, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío. Afuera, la luna brilla intensamente, y aunque el aire todavía huele a lluvia, el cielo está despejado, salpicado de estrellas. —Este lugar es increíble,— susurro, mirando hacia la ventana. —A pesar de todo, creo que necesitábamos esto. Gabriel me acaricia el brazo suavemente, su tacto es r

