Cuando Gabriel regresó a casa aquella noche, después de haber encontrado a Pablo, el ambiente entre nosotros estaba cargado de un silencio incómodo. Ninguno de los dos sabía realmente qué decir, cómo abordar todo lo que estaba pasando. Yo sentía que, en algún punto, nos habíamos perdido de vista el uno al otro, y eso me aterraba. Gabriel entró y se dejó caer en el sofá, cubriéndose el rostro con las manos. Parecía agotado, como si el peso de todo lo que estaba pasando estuviera aplastándolo. —Pablo… ha perdido todo —dijo, con la voz apagada—. Está en la ruina, Laura. No sé cómo lo hizo, pero lo ha perdido todo. Sabía que esas palabras significaban más que solo las finanzas de Pablo. Para Gabriel, perder todo significaba un fracaso, y con eso venía una carga de culpa que no sabía cómo ge

