El viaje de vuelta del pequeño pueblo al que nos llevó el amable señor fue mucho más tranquilo de lo que esperaba. Después de una noche improvisada en una posada modesta, conseguimos que arreglaran el coche, y Gabriel y yo regresamos a la ciudad con una nueva sensación de cercanía, como si nuestra pequeña aventura hubiera curado todas las fisuras entre nosotros. Pero, como suele suceder en mi vida, el drama estaba esperando pacientemente su turno. Llevábamos apenas unas horas en casa cuando el celular de Gabriel comenzó a sonar. Al principio, ignoró la llamada, pero el insistente timbre me puso nerviosa. Decidió contestar. —Es del trabajo— dijo con voz tensa, alejándose de la sala mientras hablaba en voz baja. Me quedé en la cocina, mirando a los niños jugar, pero algo en mi pecho se ap

