Volvemos a la rutina después de nuestras noches llenas de emociones y reflexiones profundas. Gabriel y yo intentamos equilibrar nuestras vidas y nuestras responsabilidades mientras seguimos disfrutando de los momentos que compartimos. Sin embargo, el equilibrio es frágil, y la realidad de nuestras vidas se cuela en cada rincón. Un martes por la mañana, después de dejar a los niños en la escuela, recibo una llamada inesperada de Gabriel. Su voz suena preocupada. —Laura, ¿puedes venir a mi oficina? Hay algo de lo que necesitamos hablar. Al llegar a la oficina de Gabriel, me encuentro con él en su despacho, con una expresión de seriedad que rara vez muestra. —¿Qué pasa?— le pregunto, notando la tensión en su postura. —Recibí una llamada de uno de mis socios,— dice Gabriel, frotándose la

