Bräila, Rumania. 1991.
— ¿A qué te refieres con que es nuestro pasado? — preguntó la niña llena de dudas a su padre.
— Esto es lo que dejaron los Romanov atrás, antes de huir.
— ¿Por qué se fueron?
La pequeña Masha no entendía porque los Romanov habían huido de Rusia y dejado todas esas cosas atrás, a ella le parecía que lo mejor que podía hacer alguien para defender lo que creía era luchar por ello, no salir corriendo a la primera de cambio.
— Porque la gente es mala y amenazaban con matarlos.
— Eso no es justo, ¿hicieron algo malo?
— Algunos de ellos, sí. Siéntate conmigo y te contaré.
Igorestaba decidido a decirle a su hija todas las verdades que pudiera comprender a su corta edad. Pensaba que lo mejor que podía hacer era hacerle saber todo lo que pudiera, en lugar de seguirle imponiendo su voluntad. Algún día no estaría con su hija y ella debía saber cuidarse sola, y sobre todo, aprender como respetar las reglas aunque no las entendiera del todo porque las cosas que se hacían eran por su bien. Sonrió de lado pensando que Masha definitivamente no estaba hecha para ser una duquesa de ninguna corte, con ese carácter demasiado indomable, pero si pare dirigir los ejércitos de Rusia o de cualquier país, con su temple férreo y su capacidad de imponerse ante todo y ante todos.
— Muchos de los Romanov solo se interesaban por el poder, y le hicieron mucho daño a la gente de Rusia. Al no preocuparse por las personas que vivían en su país, los mandaron a la pobreza, a vivir en la calle, a no tener educación y a tener que mudarse de un lado a otro, escapando.
— ¿Así cómo vivimos nosotros? — preguntó Masha frunciendo el entrecejo.
Los ojos de Igor Romanov se entristecieron al pensar en aquella cruel ironía. Él y su hija estaban pagando el daño que hicieron los primeros gobernantes con su sangre, cuando ellos ni siquiera habían tenido acceso al poder.
— Algo así, malyshkaya.
— Nosotros no hicimos nada — dijo Masha haciendo un mohín.
— Así es, pero a la gente en el poder no les importa eso, porque tienen miedo.
— ¿Miedo de qué?
— De nosotros.
Masha ladeó la cabeza, y su padre la atrajo a su regazo, abrazándola fuertemente.
— ¿Quién puede tenerme miedo a mi? — susurró la niña.
Si tan solo Masha Igorovichna Romanova supiera quien llegaría a ser, esas palabras nunca hubieran salido de su ingenua boca. Su padre soltó una carcajada y le tocó la punta de la nariz, haciéndola reír también a ella.
— Una nación se mide por su lideres, Masha. Y tu serás una excelente líder.
— Yo no quiero serlo, no me interesa ser líder de ninguna nación.
— Y es por eso que serás excelente en ello. Y por eso te tienen miedo, igual que a mí.
— ¿Por qué no queremos ser lideres?
— Porque podemos serlo, pero eso no es lo correcto.
— Entonces solo hay que decirles eso a los señores que nos tienen miedo — dijo la niña con simpleza.
Padre e hija se sonrieron mutuamente, iban a seguir explorando el templo que contenía los tesoros de los Romanov cuando escucharon voces afuera. Igorsabía que no podían encontrarlos en aquel lugar o serían vistos como personas que querían recuperar el trono de Rusia y sabía que ninguno gobierno se tentaría el corazón con Irina, aunque solo fuera una niña. El joven sabía, por lo que había tenido oportunidad de leer en los periódicos prohibidos, que los miembros que habían sobrevivido de la familia Romanov no eran bien vistos en ningún lugar, e incluso muchos se habían cambiado de apellido. Igorpensaba que eso sería lo mejor que podrían hacer cuando se fueran a América, quizá usarían el apellido de su esposa o uno nuevo, para que fuera un nuevo comienzo para ellos dos o para una nueva dinastía. Después del tesoro que su padre le había mostrado en Bräila, Masha comenzó a atar cabos. La pequeña Masha Igorovichna Romanova era una chiquilla bastante lista y sabía que podía entender toda la historia de su pasado con lo que había vivido en aquel lugar. En las orillas del libro que había robado de la biblioteca anotó todos los datos que tenía acerca de su familia paterna, empezando por las cosas que su padre dijo en el templo donde estaba el tesoro. Sabía que ellos si se apellidaban Romanov y eran los dueños de los huevos de Fabergé y un montón de cosas de oro y diamantes, pero ¿por qué entonces no vendían esas cosas y usaban el dinero para vivir? Después de todo Masha había pensando en vender el huevo de Fabergé para ayudar a su abuela Seda a viajar a otro lugar donde pudiera estar menos enferma, y ahora que ya se estaba curando, podían usar todo lo que estaba en ese templo para irse ellos mismos a América. La niña soñaba con aquel continente desde el día en que su padre lo había comenzado a mencionar, se imaginaba un mundo como el que veía en las viejas películas de caricaturas: lleno de hamburguesas y sodas, con muchos pasteles y donas para comer todo el día y enormes edificios donde Masha se imaginaba bailando.
Masha había decidido hablar sobre eso con su padre, ya que ahora que trabajaban sembrando y recolectando ciruelas tenían más tiempo para pasar los tres juntos, porque la niña no iba a la escuela y raramente salían de la casa en solitario. Vivían en una pequeña casucha, rodeada de árboles de ciruela, a la orilla de una carretera vieja, por donde no pasaba nadie. Masha y su madre tenían que caminar varios kilómetros para poder llegar al centro del pueblo, donde estaba la iglesia del pueblo, el templo del tesoro, como lo llamaba Irina, y el mercado donde Nairi vendía la fruta que cultivaban. Decidida a hablar con su padre, Masha salió de la casa cuando su papá regresaba con la colecta del día. Igory Nairi venían charlando sobre los últimos acontecimientos en los Estados Unidos de América, y la forma en la que podrían conseguir pasaportes no soviéticos para volar en un avión comercial, o si sería mejor seguir con el plan original donde unos viejos amigos de la resistencia conseguirían que fueran en un buque de carga hasta llegar a cualquier puerto americano.
— ¡Papi! — la niña llegó emocionada hasta él, abrazándolo por las piernas. Igor, al ver el recibimiento, tomó la cesta con un brazo y después a su hija con el otro, subiéndola en sus hombros y provocando que riera — ¡Papi! ¡Bájame! ¡Tengo algo muy importante que hablar contigo!
— ¿Ah si? — Igor Romanov alzó una ceja, a veces Masha podía ser una pequeña adulta — Y, dígame, ¿qué asunto quiere tratar la pequeña tsarevna aquí presente? — dijo sentándose en el portal de la casa, bajando a su hija de sus hombros, quién se apresuró a sentarse en el regazo de su padre, abrazándolo por el cuello con fuerza.
Ya no estaba tan segura si debía decirle lo que pensaba hacer con ese dinero, porque no sabía si era lo correcto meterse en esos temas. No quería que la regañaran, pero era imposible no pensar que hacer con todo eso. Masha recordaba haber visto tiaras, collares y aretes enormes que ella nunca usarían en su vida, eran demasiado pesados para alguien tan pequeño como ella.
Al notar que dudaba, Nairi se sentó junto a su hija. Igorle había explicado a Nairi que había llevado a Masha al templo, pues ella lo había descubierto con él, pero dejaba que él decidiera lo que se debía hacer con todo ese dinero. La joven armenia le había dejado muy claro a su esposo que no quería nada de eso, ella había nacido pobre y no se había enamorado de Igorpor el interés de perseguir una corona que ni siquiera tenía dueño, Nairi esperaba mejor un compañero para trabajar codo a codo con el fin de conquistar todas sus metas, pero temía que Masha fuera aún muy pequeña pare entender eso y solo estuviera maravillada con las cosas brillantes que su padre le había mostrado. La morena sabia que su hija estaba obsesionada con la familia de su padre, porque era algo que desconocía y a Masha no le gustaba no saber las cosas; sabia que la niña tenía un libro sobre los Romanov, pero no de donde lo había sacado porque Igorjuraba que no se lo había dado. La pareja cruzó una mirada hasta que Igorpor fin habló.
— ¿Qué pasa, Masha? — dijo su padre mirándola a los ojos.
— ¿Recuerdas nuestro tesoro? — murmuró bajito, como si temiendo que alguien fuera a escucharlos alrededor, su padre asintió con una sonrisa, dándole confianza para continuar hablando — ¿Y si lo vendemos? — preguntó la niña, su padre iba a decirle algo pero ella cubrió su boca con sus manitas— Antes de que digas algo, piénsalo, ¿si? Con todo el dinero que sacaríamos de allí podríamos comprarnos una casa enorme o incluso tomar un avión e irnos a vivir a París como quiere mamá, o ayudar a la babushka Seda — las mejillas de la pequeña se habían sonrojado por la emoción de su idea.
Por primera vez, desde que supo quién era y cual era su lugar en la sociedad, considero deshacerse de todos los recuerdos de la familia Romanov. Igor veía esos objetos como una forma de reafirmar quien era él, pero no con ambición. Su mente corría rápidamente a todos los lugares que conocía que comprarían uno o varios tesoros de historia por miles de rublos e incluso dólares. Podrían estar en América en pocas semanas, incluso con toda la familia Tutkalyan.
— Sé que piensas que es nuestro tesoro — Masha continuó hablando, tomando el silencio de su padre como una negativa — Pero nuestro tesoro somos nosotros, además podríamos guardar todas las fotos en una cajita, ¡cómo la que me regalaste en mi cumpleaños! — decía contenta.
Iba a continuar hablando cuando Nairi interrumpió la conversación.
— Muchas de esas cosas no le pertenecen a tu papá, Mashy. Podrían pertenecer a un museo.
— ¡Pues se las damos a ellos y que nos dejen en paz! — la niña alzó las manos — ¡No es tan difícil!
— Porque no dejamos que tu padre lo piense y lo dejas en paz por un rato, titinik. Acompáñame a hacer la cena — ordenó su madre.
Masha y Nairi entraron al interior de la casucha dejando a Igor, quien se quedó en silencio , meditando lo que su hija había dicho y como ella había sido capaz de solucionar las cosas de mejor manera que todos sus ancestros. Definitivamente Masha era la única persona que era digna de la corona Rusa. En pocos minutos, la voz tierna y aguda de su hija lo llamaba para cenar. Toda la cena y el resto de la noche, Igorestuvo pensativo y callado, meditando lo que su hija le acaba de decir. Tatyana lo notó pero decidió esperar hasta que su esposo decidiera hablar con ella.
En la pequeña casa que alquilaban, la familia Romanov compartía una recámara única para sus tres integrantes, así que cuando Nairi regresó después de pasar al baño para preparase para ir a dormir no se sorprendió al ver a Igorcon Irina, profundamente dormida, en brazos, lo que sí la tomó por sorpresa fueron las lágrimas que corrían por las mejillas de su esposo. Al verlas, corrió a sentarse a su lado, pensando que algo pudo haberle pasado a su hija o a la familia Tutkalyan y ella todavía no se había enterado.
— ¿Igor? ¿Estás bien? ¿Están bien? — demasiadas preguntas en pocos segundos, una madre preocupada.
— Hay una alma vieja en cada niño, y un alma inocente en cada viejo — murmuró Igor, con la vista fija en la ventana de la vieja casucha.
Y con ese viejo dicho, Nairi lo entendió todo. Lo que había allí escondido era lo que Igory su padre y su abuelo habían podido recuperar y juntar hasta ese día. Era lo más valioso que tenía antes de formar su familia, era su pasado, y había jurado no dejarlo ir. No solo por ambición, sino porque los tres eran hombres que estaban obsesionados con hacer valer quienes eran, tanto que el anciano Alexei se cambió el apellido para tener el mismo que su madre, la Gran Duquesa María Romanova. Pero ahora las cosas habían cambiado. Masha estaba creciendo y lo que mas necesitaban era darle estabilidad y una vida segura y feliz. A pesar de que habían tenido esperanza, cada vez estaban más seguros de que no podían regresar a Rusia, porque no importaba lo que hicieran, siempre serían visto como una amenaza, no era en vano que todo pariente de los Romanov, aunque fuera lejano, se habían exiliado en cuanto habían podido.
— Lo estás considerando, ¿verdad? —dijo Nairi al ver la cara de su esposo, la devastación ante la idea de vender lo que poseía de su pasado había dado lugar a la decisión de la idea de irse de allí.
Si en algo se parecían Igory Nairi era en eso, una vez que una decisión se había metido en su cabeza, harían todo para volverla realidad. Además, ambos eran capaces de todo por proteger a su familia, sin importarles las consecuencias que esto trajera. Nairi veía cada vez más cosas de su esposo en su hija, que iban más allá de lo físico, y eso le gustaba a la mujer pues era lo que había enamorado a su esposo. Pavel, por su parte, también veía muchas cosas de si mismo en Irina, pero también veía el temple indomable de Nairi y la firmeza con la que respaldaba sus decisiones. Eran una pareja afortunada porque lograban ver en su hija lo que los había enamorado del otro.
— Estamos en un punto de no retorno, Nairi. No creo que haya otra opción. Yo pensaba que mostrarle a Masha lo que hay en la vieja iglesia haría que se sintiera aún más conectada con sus orígenes, pero lo único que ha hecho es ponerme a mí las cosas en perspectiva.
Con cuidado, depositó a su hija en la cama y salió de la habitación, tomando a su esposa de la mano para que fuera con él. Necesitaba poder hablar con confianza de cosas que no quería que Masha entendiera todavía, si pudiera mantenerla en la inocencia de la infancia lo haría, y esperaba que la conservara cuando llegaran a América, para que pudiera admirarse de los grandes edificios, y de los zoológicos y de todo lo nuevo que vería en aquel continente. Se quedaron parados en la pequeña cocina de la casa, solo el sonido de la tetera hirviendo interrumpía el silencio.
— ¿Sabes que lo que dijo Masha fue lo que me hizo ver la razón? — dijo viendo a su esposa, quién le devolvió la mirada interrogante. — Me dijo que nuestro mayor tesoro éramos nosotros, su familia y tiene razón. Entonces voy a hacerle caso y comenzaré a vender esos objetos que más que una bendición, representan una maldición para los Romanov, y no quiero que Masha lo herede.
Nairi abrazó a Pavel, conmovida por lo que estaba diciendo y haciendo, estaba dejando ir a su pasado por el bien de su futuro y ella no podía estar más orgullosa de aquel hombre que había dejado de ser un chico en los ocho años que habían pasado de la mano.
Fiel a su palabra, Igor comenzó a vender en el mercado n***o algunas de las piezas más valiosas de su familia, el dinero que conseguía lo iban guardando para asegurarse lo suficiente para irse pronto del lugar. Gastaba algo de lo que obtenía para mejorar la calidad de vida que tenían en el pueblo y hacer su vida un poco más llevadera. Con suficiente dinero pudieron arreglar la casa e incluso invitar a Nazeli, su esposo y sus hijos a pasar las fiestas de Año Nuevo con ellos. Masha era feliz de tener a a sus primos, sobre todo a Gleb, de nuevo junto a ella, se divirtió enseñándoles la casa y el pueblito donde hicieron competencias para subir a los árboles de ciruela y jugaron a tirarse los dulces frutos entre ellos, hasta quedar bañados en fruta. Poco a poco, la vida de los Romanov se iba estableciendo en Rumania y Masha no podía ser más feliz, en su mente de niña los recuerdos de Rusia y los sueños de París iban desapareciendo. Comenzaba el año de 1992 e Masha estaba muy segura de que se habían establecido en Rumania, pues sus padres la habían dejado volver a la escuela con su nombre real, y ya nadie parecía espantarse cuando se mencionaba su apellido en las listas de la escuela o cuando decía que provenía de Rusia. La niña estaba recuperando su identidad. De vez en cuando, Igorsacaba y contaba el dinero, marcando cada vez más cerca la cuenta de los boletos para viajar a América. Había instalado un teléfono en la vieja casona en la que vivían, que permitían que la niña hablara con sus abuelos y que Nairi pudiera estar más tranquila al saber que sus padres ya habían hecho un primer viaje a París para ver al cardiólogo y comprar un apartamento en el centro de la ciudad. Los sueños de la familia Romanov se iban convirtiendo en realidades. Una tarde, la pequeña Masha Igorovichna Romanova regresaba de la escuela hacia el mercado para encontrarse con su madre cuando vió una pelea afuera de uno de los pocos bares de la ciudad. A pesar de que su instinto le decía que debía alejarse lo más pronto posible de ese lugar, decidió ir a ver qué ocurría pues Bräila era un pueblo tranquilo en el que era raro que ese tipo de cosas pasaran. Se escuchaban gritos y golpes, todo era muy confuso, la niña comenzó a alterarse cuando escuchó que entre el bullicio se escuchó su apellido, haciendo que se acercara más a la pelea. Masha quedó paralizada al ver que, en medio de la pelea, se encontraba su padre, lleno de sangre pero en pie y dispuesto valerosamente contra ocho o nueve hombres que lo atacaban.
— ¡DÍ LA VERDAD! — gritaba uno de ellos — ¡Todos sabemos que eres el Romanov perdido!
Masha frunció el ceño ante esta exclamación pues ellos no estaba perdidos, simplemente se habían tenido que ir de Rusia, pero esas personas pero esas personas no parecían saberlo. Los golpes continuaban y se notaba que Igorestaba por perder la pelea, pues estaba solo contra su oponente, que contaba con dos compañeros detrás de él.
— Ni siquiera sabes de lo que hablas — escupió Igor en ruso, sin percatarse de la presencia de su hija.
A la niña le impresionó ver a su padre así, gravemente herido y dispuesto a pelear, erguido, con la seguridad de que vencería a pesar de estar más débil que el oponente. Masha se prometió en ese momento que si algún día debía pelear, lo haría como su padre, pero ella se aseguraría de poder ganar en todas las peleas en las que se metiera.
— ¡Entonces dinos de dónde sacas todo el dinero, maldito extranjero! — uno de los hombres trató de pegarle un puñetazo que Igoresquivó hábilmente.
Igorno se sorprendió cuando le dijeron que el problema era el dinero, pero no iba a echarse para atrás o decir nada al respecto, porque eso significaría admitir que escondía algo tan valioso que lo mantenía bien, además de la venta de ciruelas y eso pondría en peligro sus planes y la estabilidad económica que tenían en ese momento. La pelea iba a continuar cuando llegaron los militares a separarlos. Si atrapaban a los jóvenes que peleaban en la calle, los llevarían a prisión o a los campos de trabajo y entonces Masha y Nairi quedarían a la merced de los demás. Igorsabía que debía irse de allí si no quería que le empezaran a hacer preguntas así que se dispuso a salir corriendo cuando una vocecita en medio del caos lo detuvo.
— ¡PAPÁ! — Masha estaba allí, seguía aterrorizada y sin poder moverse.
Igorla tomó en brazos y corrió lo más rápido que pudo, con la policía y la gente del pueblo siguiéndole los pasos. No pudo evitar pensar en el día en que su hija nació, cuando se encontraba huyendo en su propio país solo por conseguir algo de comer. Las cosas parecían ser diferentes ahora, pero no lo eran, pues la niña aterrada que se aferraba a él ya no era solo una idea extraña que él no podía entender, era la persona que más quería en el mundo y vivir en Rumania representaba un peligro para ella. No, quedarse en la Unión Soviética no era una buena idea para los Romanov, así que en ese momento el hombre decidió que era hora de irse. A pesar de que para todo el mundo la Unión Soviética ya había caído, Igorla seguía considerando existente y como su mayor perseguidor que acabaría matándolos si no escapaban.
Apenas lograron llegar a la casucha vieja, perdiendo a sus perseguidores, quienes no sabían muy bien donde estaba la casa entre todos los árboles de ciruelos, cuando Igorle dijo a Masha que juntaran todas sus cosas porque debían irse antes de que se diera aviso al Kremlin de que se trataba de ellos. Al oír que el Kremlin los buscaba, Masha se sintió sumamente triste, pensando que aquel lugar donde ella había soñado danzar sin parar se había vuelto su peor pesadilla. Era difícil para ella entender como ese palacio podía querer cosas tan malas para su familia, pues muchas de las cosas que la gente decía en la pelea habían sido crueles y se quedarían siempre clavadas en su mente. Le deseaban la muerte a su familia, decían que debían colgarlos en el Kremlin para terminar la venganza de su gente. Masha se preguntó, de manera algo siniestra, si al menos la dejarían bailar una última vez en ese Kremlin que nunca había conocido.
— Tenemos que irnos ahora mismo — mencionó Igor a su esposa y a su hija.
Por primera vez, Masha actúo obedientemente, ayudando a su madre a subir cosas al automóvil, para después tomar sus dos cosas más preciadas, la caja que su padre le había regalado, que ella no debía abrir hasta cumplir los 18 años y una muñeca de trapo que su abuela hizo para ella, vestida como una auténtica rusa. Subieron al automóvil y esperaron allí, con todas las luces apagadas hasta que estuvieron seguros que ninguna persona peligrosa estaba cerca. Fue así como comenzaron su viaje hacia París, conduciendo por carreteras abandonadas y peligrosas. El primer y único momento de calma que tuvieron fue al salir de la ciudad, cuando su madre le curaba las heridas, aún frescas, de la pelea a su padre.
— ¿De verdad los Romanov fueron tan malos? — preguntó quedamente Irina.
— Muchas cosas de lo que hicieron ahora no son más que leyendas, Masha— explicó su madre con paciencia — Y no debes creerlas.
— ¿Por qué?
— Las leyendas solo son rumores y chismes contados durante siglos. Lo único que importa es lo que hagamos con nuestro presente.
Masha asintió, conforme con esa respuesta y se acomodó en el asiento para seguir viajando a la frontera oeste de Rumania, de donde seguirían avanzado a su destino. El viaje había sido tremendamente largo, sobre todo en medio del invierno. Debían cruzar cerca de cuatro países antes de acercarse a las fronteras de Francia, eso sin contar la enorme cantidad de aduanas y revisiones que debían rodear para no ser descubiertos. Era un viaje física y mentalmente difícil para dos adultos y una niña de casi ocho años. El automóvil que Igorposeía ahora, después de cambiar el coche ruso tan llamativo, era un viejo convertible marrón traído secretamente de Berlín al cual ya no se le podía subir el techo de nuevo, por lo que dormir al aire libre ya no era una opción con la espesa capa de nieve que cubría la carretera, ahora tendrían que buscar a alguien de la resistencia que los acogiese o arriesgarse a rentar una habitación de hotel por algunas noches. La familia esperaba correr con suerte y encontrarse con una caravana gitana amiga, familiares del esposo de Nazeli que los conocían y podrían ayudarlos a sobrevivir.
— Mami — Masha estaba acostada en el asiento trasero, cubierta por todas las cobijas que Nairi pudo conseguir y aún así tiritaba de frío.
— ¿Qué pasa, տիկնիկ /tiknik/ ? — preguntó su madre mirándola de reojo mientras separaba pedacitos de pan para la cena.
— ¿Cuándo vamos a tener una casa? — inquirió la niña, ladeando su cabeza suavemente, haciendo que sus espesos rizos rojos se balancearan.
— ¿A qué te refieres, tsarevna? — dijo su padre frunciendo el ceño y levantándose de su posición para mirarla.
— A que todos los niños que he conocido tienen una casa — dijo haciendo un adorable puchero — Una casa con paredes y una cama, que no compartamos con nadie como lo hacíamos antes en la ciudad del ballet, con la tía Nazeli y que sea nuestra, no como la casa de los ciruelos— aclaró.
Sus padres se miraron con profunda tristeza para después subirse a la parte trasera del coche, con ella, el final de su viaje tendría que esperar un poco más. Igorhabía estacionado el automóvil bajo un puente, que les prometía seguridad, al menos por aquella noche. Los tres consiguieron cenar un poco de pan y leche, que Masha había podido robar en uno de los centros donde habían conseguido gasolina. Aunque sus padres no aprobaban ese comportamiento, era una de las pocas formas en que podían conseguir alimento en esos días, y debían reconocer que a su hija se le daba muy bien el escabullirse.
— ¿Cómo quieres tu casa, Masha? — preguntó su padre acomodando a la niña en su regazo.
— ¡Quiero una casa grande! — exclamó Masha viendo a su padre con sus enormes ojos verdes. — Llena de niños, mami ¿puedo tener un hermanito?
— No creo que sea momento, Riny — interrumpió su madre, sonriendo — Además, ¿no crees que es divertido ser nuestra única hija? — dijo Nairi haciéndole cosquillas a la niña que rió a carcajadas. Igorse unió a su familia y los tres rieron como tenía meses que no lo hacían, liberando la tensión que rodeaba sus cuerpos.
Las semanas pasaron bastante más rápido de lo que los tres esperaban, durmiendo en el automóvil, recorriendo las fronteras en las noches e incluso, escondiendo a Masha en el maletero para que nadie pudiera verla y los espías no dieran información de ella. Se encontraban ya en la frontera de Serbia, cada vez estaban más cerca de su destino. Milagrosamente había logrado llegar hasta allí y cada noche Nairi agradecía a Dios el poder mantener a su familia sana y salva por otro día más. Unos pocos días después en su viaje, recibió un telegrama de su hermana por medio de un contacto de confianza. Los gitanos se reunirían en Serbia y la familia Tutkalyan se encontraría allí pues, tristemente, habían sido expulsados de Rusia cuando mucha gente se enteró que mantenían negocios fuera del país que, después de todo, seguía siendo comunista. Fue entonces que los Romanov se dirigieron al encuentro de su familia.