Bucarest, Rumania, 1991.
Después de su encuentro con las bailarinas en la calle de Bucarest, el ballet se volvió la nueva obsesión de Irina. Solía hablar horas y horas sobre la danza, la música y que todas esas niñas podían volar. Quería, más que nada en el mundo, ser una de ellas. Masha era una personita que poseía muchas cualidades, pero la paciencia no era una de ellas, en cuanto una idea se le metía en la cabeza era capaz de mover cielo , mar y tierra para conseguir lo que se proponía. Además, estaba acostumbrada a conseguir todo lo que quería haciéndole unos cuantos mimos y mohínes a su padre.A Nairi no le parecía tan bueno que su hija fuera tan consentida. Ella había crecido en una familia grande, donde todo tenia que ser repartido y compartido; y sabía que eso le daría armas a Masha para enfrentar la vida cuando fuera mayor pues su padre no estaría siempre a su lado para solucionarle los problemas y cumplirle todos los caprichos. Intentaba hablar con Igorpero era en vano, el hombre que no había tenido nada estaba decidido a darlo todo por su hija.
— Es en serio, Romanov — le decía mientras se encontraban ambos preparándose para dormir. — Tienes que ponerle límites a Masha— musitaba a su esposo que no la escuchaba pues justo en ese momento su hija se había despertado y caminaba hacia ellos.
Cuando Masha caminaba hacia él era como si todo alrededor de Igorse cerrara, solo tenía ojos para su pequeña tsarina, a Nairi esto le causaba gracia y ternura, pero a veces lograba irritarla un poco. Sin pronunciar palabra, la pequeña extendió los brazos a su padre quién la tomó en ellos para acomodarla en su cama. Nairi arqueó una ceja, pues la niña había conseguido lo que quería sin ni siquiera haber pronunciado una palabra.
—Te estaba diciendo que necesitaba límites y la dejas dormir en nuestra cama — murmuró mientras Masha se acomodaba en el medio, abrazando una almohada y extendiendo las piernas.
— ¿Qué tanto daño le hará una noche? — sonrió Igorcoqueto, acercándose a besar a su esposa.
— Llevas diciendo eso desde que nos mudamos — Nairi intentó mantenerse firme— ¡Han pasado cinco meses! — exclamó levantando las manos.
— Mami — una vocecita irritada los interrumpió — No me dejas dormir — mencionó entre bostezos consiguiendo que sus padres soltaran una carcajada.
Por supuesto que no fue la última vez que Masha durmió con ellos, protegida y a salvo entre los brazos de sus padres, después de todo, solo eran ellos tres contra el mundo. Las cartas que Nairi recibía desde Rusia no eran para nada alentadoras, pues las huelgas y las revueltas habían hecho que los bolcheviques tuvieran los ojos sobre la resistencia, que ya no hacia mucho por ocultarse. Las amenazas a los Tutkalyan estaban a la orden del día, llegando incluso a encontrar balas en el automóvil del patriarca, Boris Tutkalyan, quien comenzó a organizar la huida de su familia hacia París. Todo eso estaba mermando la salud de la anciana Seda Tutkalyan que había enfermado del corazón por las preocupaciones que pasaban en Rusia y la presión que le causaba el no saber nada de Irina, Nairi y Pavel. Pronto la niña comenzó a sospechar que algo no marchaba bien con la familia que se había quedado atrás, pues desde que sabía leer la habían dejado abrir las cartas de su abuela, pero ahora no se lo permitían y su madre insistía en leerlas ella misma.
Así fue cómo Masha consiguió que la inscribieran en clases de ballet, una noche después de que su padre le diera un beso de buenas noches, la pequeña hizo un mohín y puso ojos de cachorro a su padre, pidiéndole que la dejara estudiar ballet y preguntando al mismo tiempo sobre sus abuelos en Rusia. Su madre le prometió que todo estaba bien en su país natal y la distrajo con planes para comprarle unas zapatillas de ballet para que estrenara en la escuela nueva a la que entraría el siguiente lunes. Esta información fue recibida por Masha con gritos y vivas de alegría que fueron tan altos que su tía llegó a ver que pasaba.
— ¿Qué les ocurre? — preguntó Nazeli, preocupada.
— ¡VOY A BAILAR BALLET! — exclamó la pequeña, saltando a los brazos de su tía, quien la abrazó riendo.
— ¿Con qué sí, bichito? — rió la mujer amorosamente — ¿Y en dónde?
— Por ahora aquí y después, ¡EN EL KREMLIN! — gritó emocionada haciendo reír a los tres adultos.
Resultó ser que la escuela en donde la niña se había enamorado de ese arte pertenecía a un centro comunitario que buscaba acercar las artes y el ejercicio a los más jóvenes para "crear soviéticos y soviéticas de bien". A pesar de que lo que el estilo de vida que se promovía en esa escuela, era un lugar seguro y sabía que podía confiar en que los profesores no sabían quienes eran ellos. Incluso Igorhabía ido en alguna ocasión y no lo reconocieron, por lo que ese ambiente contrario a lo que sus padres pensaban y creían se volvió el pequeño paraíso personal de Irina, donde podía ser ella y divertirse haciendo lo que, pronto, se convirtió en su gran pasión. Dentro de esa escuela, la niña comenzó a desarrollar muchas habilidades que iban más allá de el ballet y que le servirían para armase una personalidad competitiva y fuerte en la vida adulta. Aprendió la magia de contar una historia solo con el movimiento de su cuerpo, y de lo poderosa que podía llegar a ser haciéndolo. Comprendió que no solo podía sentir que volaba, también se volvía más fuerte. Dentro del arte escénica que la comenzó a absorber, Masha desarrolló mucha concentración psíquica, flexibilidad, coordinación y ritmo y pronto destacó de entre todas sus compañeras. Entre su personalidad y el deseo que le imprimía a todo lo que hacia, se volvió una destacada bailarina, fortaleciendo en su mente la idea de volverse la primera bailarina del Kremlin, porque había estado leyendo que en Rusia las bailarinas más importantes se presentaban en el teatro Bólshoi, en Moscú, pero la niña creía fielmente que sería mejor y más importante bailar en un lugar tan importante como el Kremlin. A la corta edad de seis años, Masha ya participaba cómo solista en los recitales que se organizaban para reunir fondos en el centro comunitario y en algunas presentaciones ocasionales para la municipalidad que veía con agrado como aquel lugar crecía. En el día a día de los Romanov, palabras antes impronunciables como Arabesque, Relevé, Arrière, Brisé de volé, Changement de pieds, Chassé y otras muchas se volvieron parte de su cotidianidad. La dinámica familiar consistía en escuela y ballet, que mantenían suficientemente ocupada a Masha para no notar la ausencia de sus padres debido a las largas jornadas de trabajo que tuvieron qué adoptar, pues la presión por escapar era mayor con los bolcheviques persiguiendo a la familia Tutkalyan, así que Nairi había empezado a tomar trabajos extras en cuanto Masha estuvo lo suficientemente ocupada con le ballet. El dinero que habían ahorrado y lo que habían juntado con sus amigos para poder salir de Rusia se les estaba agotando y debían conseguir trabajos extra que pudieran proveerles un poco más, pero al ser ambos inmigrantes con papeles falsos no tenían mucho de dónde escoger. El único lugar donde los aceptaron fue en una fabrica maquiladora de armas y objetos de plomo, hierro y metal que se vendían por igual a la unión soviética y a las fuerzas militares americanas, esto además de los trabajos que ya poseían tanto en el consulado como en la casa de una familia con dinero. Para poder mantenerse de manera decente llegaban a trabajar hasta tres turnos, dejando a Masha a cuidado de sus profesoras de ballet o de su tía Nazeli o de alguna de las mujeres gitanas con las que habían viajado. Masha solía comentar lo mucho que extrañaba a sus padres pero ellos trataban de explicarle que sería solo por un poco tiempo, que la Unión caería pronto y podrían regresar a Rusia o ir a cualquier otro lugar que quisieran. La pequeña niña no comprendía porque tenía que caer la Unión, pero sabía que eso debía ser algo bueno y que a ella le correspondía únicamente obedecer a sus padres y hacer lo que había que hacer, así que trataba de dominar su fuerte e intempestivo carácter y sacar todas su energías en el ballet, que se estaba volviendo el centro del universo. Cuando llegó el día de la presentación de verano, Masha llevaba ya un año estudiando en la escuela y cada día era mejor estudiante, había demostrado ser una niña muy inteligente y avanzaba rápido en las clases, incluso más que sus compañeros mayores. Sus padres estaban muy orgullosos de ella y de lo rápido que había conseguido adaptarse a la sociedad rumana, a pesar de todas las ideas que tenía en contra de la ciudad cuando llegaron a ella. En cuanto al ballet, seguía siendo la mejor, sus profesoras la llamaban "Destul de puțin perfect" /pequeña perfecta/. Sus padres se organizaron para no trabajar ese día, sabían que perderían el poco dinero que ganaban pero no importaba, al menos no por un día. Todo era poco cuando se trataba de hacer feliz a Masha.Nairi e Igor se sentaron tomados de la mano en la primera fila del pequeño teatro. Las primeras notas de la Ópera 20 de Chaikovski, conocida por todos como "El Lago de los Cisnes"; comenzaron a sonar, envolviendo a Igory Nairi en la atmósfera de la historia, pero sin quitarles la alegría que sentían en el corazón de ver a su pequeña hija entre los artistas. Los bailarines llenaban el escenario con su gracia y dulzura, pero el joven matrimonio no podía concentrarse hasta el momento en que apareció el lago y un polluelo de cisne apareció, luciendo entre la variedad de bailarines con su cabello de fuego firmemente apretado en un moño a lo alto de la cabeza. Ese era su polluelo, esa era su Irina, y brillaba con luz propia, como ellos dos habían deseado siempre.
No quitaron los ojos de su hija en lo que terminó el espectáculo, parecía que todo a su alrededor desapareció y lo único que había en ese escenario era Irina, quien irradiaba una luz especial. Con Masha en el escenario, girando con una enorme sonrisa, parecía que todo estaba bien en el mundo de los Romanov. No existía, en ese momento, guerra ni persecución política contra ellos, solo eran una familia como todas las demás que estaban viendo a sus hijas bailar. Nairi tomó la mano de Pavel, quien cerró los ojos y se imaginó lo que debería ser, su hubieran tenido la vida que merecían.
"Un enorme escenario, el mas grande de toda Rusia. Una multitud reunida para ver a la prima ballerina más importante de todos los tiempos. Y no solo eso. Dicha bailarina era zarevna de Rusia, la duquesa Masha Igorovichna Romanova. Igorse encontraba junto a su esposa en el palco principal. Siendo zar de su amada patria la cual vivía en paz y solidez económica. Donde no había censura, donde no había hambre ni pobreza, ni corrupción, ni intrigas. Una tierra enorme y rica en donde él quería reinar y en donde su Masha sería la joya de la corona. Una joya que bailaba y giraba y representaba al país en el mejor ballet del mundo. Su hija tenía el Kremlin a sus pies, porque ese era el lugar donde había deseado bailar desde que era muy pequeña. Veía a su hija siendo una adulta, con las finas estructuras faciales de su madre y el cabello rojo de los Romanov, además de los verdes ojos que brillaban como esmeraldas en el corazón de Pavel, el gran emperador, el nuevo zar…”
Abrió sus ojos cuando los aplausos del publico presente en el centro comunitario lo espabilaron de sus sueños. Se limpió las lágrimas y se puso de pie junto a Masha quien observaba emocionada a su hija quien daba pequeños saltitos de emoción cuando fue ovacionada junto con sus compañeras, la niña agradecía con reverencias como las demás bailarinas y se agasajaba con todas las personas que la veían, pero en especial con sus padres frente a ella, pues nunca la habían ido a ver antes. Masha fue recibida por sus padres quienes habían tenido el detalle de llevarle flores. Corriendo, se dejó caer en los brazos de Igorquien la alzó en el aire, haciéndola reír a carcajadas. Su felicidad después de la danza era palpable y contagiaba a sus padres, que reían con ella. Igory Nairi sentían que su hija era la mejor bailarina del mundo y que si seguía con eso tendrían una artista en la familia.
— ¿Qué tal lo hice? — preguntó la niña emocionada a sus padres.
— Perfecto — decía su madre mientras su padre asentía contento con la cabeza, ambos la cubrían de besos y mimos.
Masha no disfrutaba nada más que estar en brazos de sus padres, sobre todo cuando se dedicaban a alabarla y a mimarla porque había hecho algo bueno o especial. Los tres se encontraban abrazados cuando se acercó un hombre de barba, a todas luces ruso. Igorse tensó, pues no tenía ni idea de porque se estaba acercando a la familia.
— ¿Ustedes son los padres de Masha? — inquirió, a lo cual Igorrespondió que sí, poniendo a la niña en brazos de Nairi y quedando delante de ella.
— Mi nombre es Vlad Kuznetsov y soy el profesor de la escuela Nacional del Teatro Bolshói y me encantaría que su hija formara parte de nuestra escuela, podemos llevarla a Rusia donde tendría una vida de reina — dijo el hombre.
Los ojitos de Masha brillaron ante la posibilidad de volver a casa, sobre todo para bailar ballet. Se imaginaba desde ese momento haciendo maletas y corriendo a los brazos de su abuela para contarle que era la mejor bailarina. La niña ya empezaba a hacer planes para cumplir sus sueños.
— Lo lamento pero no estamos interesados — dijo Nairi firmemente para sorpresa y furia de su hija.
— Piénsenlo bien — sentenció el hombre antes de partir — Sería una gran posibilidad para su hija ser reconocida, no solo en Rumania, pero en toda la Unión Soviética.
Igor y Nairi se quedaron callados, pero se mantuvieron firmes en su decisión. El ballet estaba exponiendo demasiado a Masha y a la familia a que se descubriera su verdadera identidad y debían hacer algo para evitarlo. Desde ese día Masha no volvió al ballet. La actividad o cualquier contacto con su escuela anterior fueron terminantemente prohibidos por sus padres. Tenía que limitarse a ir de la escuela a la casa, y no estaba permitido que preguntara porque y ya que sus padres se limitaban a decirle que era “por su bien”, sin mayores explicaciones. Eso cambio la actitud de Masha para mal.
La niña se mantenía bastante más callada y menos obediente de lo normal, siendo forzada a ir a una escuela mixta, donde lo único bueno para ella era su primo Gleb, con quién se divertía todo el tiempo. Juntos hicieron un grupo de amigos que eran bastante vagos, y aprovechaban cualquier oportunidad para salirse de la escuela e irse a jugar, escalando árboles o robando frutas de los puestos de mercado, sin que se enteraran sus padres. Después de arduas semanas de trabajo en la maquiladora, los padres de Masha estaban bastante cansados, pero sabían que tenían que hacer algo por la pequeña ya que su hija llevaba todo ese tiempo encerrada en la casa después del extraño episodio del ballet y los berrinches de Masha se habían vuelto habituales. No podían culparla. A ningún niño le gusta estar encerrado y no poder hacer las cosas normales que quería hacer.Habían pasado algunos días en los que la pequeña pelirroja no había visto a sus padres pues se había levantado antes de que ella se fuera a la escuela y vuelto a casa después de que se durmiera. Su tía Nazeli sospechaba que su sobrina y su hijo se estaban escapando de la escuela, así que ella misma había cambiado sus horarios de trabajo para ir a recogerlos y atraparlos en su travesura, pero no lo había logrado. Una noche que ambos llegaron cansados, encontraron a Masha sentada en la mesa de la cocina, comiendo galletas mientras miraba la vieja televisión con el entrecejo fruncido y ojos de concentración, sin importarle si quiera que sus padres por fin estuvieran en casa.
— Masha — su padre la veía severamente, pero la niña no hacía caso — ¡Masha! ¡Te estoy hablando! — la pelirroja seguía pegada a la televisión, mirando una repetición de los Juegos Olímpicos en los que Rumania había sido coronada campeona.
Molesto, Igorapagó el televisor y se paró frente a él, haciendo que su hija perdiera la visibilidad. Masha alzó una ceja, viendo a su padre de manera desafiante.
— Yo estaba viendo eso — señaló la televisión y se metió otra galleta a la boca.
— Yo te estaba hablando — Igorperdió la paciencia y le quitó las galletas a su hija quien se soltó a llorar y a patalear al suelo.
— ¡BASTA MASHA! — dijo Nairi, cuidando de hablar bajo para no despertar a su hermana y su familia, que dormían en la recámara próxima a la sala.
— ¡Los odio! ¡Los odio mucho! — gritó Masha a sus padres que se quedaron mirándola pasmados. — ¡Odio esto! ¡Odio estar encerrada todo el día! ¡Quiero a mi babushka y a mi ded, a mis primos y a mi Sasha! — Masha lloraba tanto que estaba tan roja como su cabello — ¡Quiero volver a mi casa! — diciendo esto, la niña se metió a la habitación corriendo, se escondió a las cobijas y comenzó a llorar.
Igorestaba sumamente frustrado después de la última rabieta de Irina. Usualmente era una niña obediente, que rara vez contestaba sin chistar, a menos que fuera algo completamente contrario a su opinión, la que hacia valer sin importarle con quien estuviera. Pero ahora Masha no se estaba portando como la hija que querían y amaban Igory Nairi.
— Necesitamos hacer algo, Nairi— suspiró Igorsentándose derrotado en la cama — No es culpa de Masha que tenga que estar aquí encerrada todo el tiempo. — se tomó la cabeza entre las manos — Se suponía que viniendo a Rumania nuestra pequeña tendría más libertad, no que sería una prisionera. Masha Igorovichna Romanova no nació para ser una prisionera — musitó.
Su esposa, sin saber que decirle, dejó caer la cabeza en su hombro. Los dos escucharon con impotencia como su hija lloraba hasta quedarse dormida, como nunca lo había hecho. Masha ni siquiera se acercó a la cama de sus padres y al día siguiente se fue a la escuela como si nada, pero se negó a jugar con Gleb y el resto de sus compañeros, pensando solo en la clase y en como se sentía más sola que nunca. Masha sabía que sus padres no podían dejarla, pero en ese momento un atisbo de duda se instaló en su corazón. Los siguientes días fueron bastante más agradables. A Masha no le gustaba discutir con sus padres y mucho menos que la regañaran o la riñeran. Nairi trataba de regresar a los apartamentos antes de la puesta del sol y llevaba a Masha a caminar al parque o a jugar con algunos niños vecinos y con los hijos de los gitanos. Se habían prometido que harían lo posible para que su hija fuera una niña normal. Ese cambio hizo maravillas en el comportamiento de Irina. Era ahora la niña dulce y buena que había sido antes de su salida de Rusia. Amaba ayudar a su madre en la cocina y en las labores de la casa, disfrutaba especialmente el momento en que su padre llegaba del trabajo a cenar con ellas y a leerle un cuento, pero no podía evitar sentir el dolor que la duda de que sus padres la pudieran dejar había clavado en su corazón. En Septiembre de 1991 las cosas dieron un giro que la familia no se esperaba. Llegó la noticia de la caída de la Unión Soviética. Nazeli y Nairi celebraron la libertad que le podía dar eso a su familia, cocinando comidas rusas y armenias y cantando a todo pulmón mientras que Igorllegaba con dos botellas de vodka y dulces para los niños. Los planes comenzaron a cambiar pues la perspectiva de regresar a Rusia era cada vez más atractiva para los tres Romanov, que se emocionaban con la sola idea de poder regresar.
Durante el fin de semana la familia Romanov había acompañado a sus amigos romaníes al mercado de pulgas que montaban a las afueras de Bucarest. Se habían comunicado con la familia Tutkalyan que se encontraba un poco más tranquila en Rusia y estaban buscando la manera de trasladarse a Moscú. Borís aún pensaba que lo mejor para todos ellos era salir de aquel país y había trasladado la mayoría de su dinero a viñedos en Francia, que estaban rindiendo bastante frutos y generando intereses para la familia, todo de acuerdo con un presta nombres que les ayudaría a pasar sus propiedades a su nombre cuando vivieran en París. Parecía que de la noche a la mañana el sol salió para la familia.. Era un domingo como cualquier otro, un día soleado donde las familias aprovechan para estar unas con otras, aprovechando todo el tiempo que tuvieran juntos. Mientras Igor y Nairi ayudaban a montar los puestos en la plaza vacía, dieron a su hijita permiso de ir a jugar con el resto de los niños.Masha jugaba con sus primos gemelos, Gleb y Vladimir, a esconderse entre los puestos ya armados y jalar faldas de señoras y vaciar bolsos del mercado solo por molestar al resto de las personas. Eran niños a los que les encantaba hacer bromas. Pasaba en ese momento una mujer vieja, cuya cara no podía ser vista pues la cubría una capa enorme con gorro. Los gemelos no se atrevieron a jalar la cesta que traía pero Masha sí. Dando un fuerte jalón, esperó hasta escuchar el barullo que indicaba la caída de la bolsa. Estaba por irse cuando algo rodó hacía ella. Era un huevo. Pero no era un huevo común. Masha lo examinaba con el ceño fruncido y la nariz arrugada cuando una mano la tomó del tobillo y la sacó de su escondite.
— Así que te gusta ser traviesa, ¿eh? —Masha no podía pronunciar una sola palabra.
¡Era la mujer del bolso! La pequeña niña trató de alejarse de ella pero sus piernas no querían responder, dejándola paralizada frente a ella. La señora era anciana y si la niña corría, seguramente no podría alcanzarla, pero su mirada la dejó helada.
— Te diré algo, shvíbzik /diablilla/ — dijo la mujer a la aterrada niña. — Si me ayudas a recoger todo lo que has tirado con tu juego, te explicaré que es eso e incluso te lo regale.
La niña, más asustada por la idea de ser acusada con sus padres, pues la gente se juntaba a ver que había causado todo el alboroto y sus primos habían huido, que emocionada por el regalo, se apresuró a recoger todo para después sentarse junto a la misteriosa mujer en una de las bancas de la plazuela. Sus ojos verdes se hallaban llenos de temor ante la idea de ser castigada, pues había visto lo que ocurrió con su primo Gleb cuando su tía descubrió que robaba. Había recibido tales azotes que estuvo sin poder ponerse de pie en dos días. Masha había escuchado a su madre reñir a su tía Nazeli por aquel castigo tan sádico, pero ella le había respondido que seguro haría lo mismo si Natalia fuera la ladrona, haciendo que la pequeña se encogiera en su cama aterrada.
— Verás мой маленький читатель /mi pequeña pelirroja/ — comenzó la anciana — Esto es un huevo de Fabergé. Es una de las sesenta y nueve joyas que un señor llamado Carl Fabergé crearon para el zar de Rusia con motivo de la celebración de Pascua. Estos son muy valiosos porque ese señor usaba para hacerlos metales como el oro, platino, plata, cobre, níquel, paladio y acero, los cuales fueron combinados en distintas proporciones con el fin de conseguir diferentes colores para la cáscara del huevo. Representan todo el recuerdo del poderío de la familia imperial rusa. Los zares se los regalaban a sus esposas. — terminó la mujer viendo a la niña que expectante mantenía los ojos muy abiertos.
— ¿Te ha gustado la historia? — dijo la señora. A lo que Masha asintió con la cabeza — Entonces te lo regalo — le entregó el huevo a la niña para levantarse después. Antes de irse, mencionó — Después de todo, te pertenece por derecho.
Masha se quedó observando el huevo ensimismada, hasta que escuchó la voz de su padre llamándola y corrió hacia él. La emoción del huevo de Fabergé era enorme para la pequeña, que nunca antes había tenido una joya de tal valor entre sus pequeñas manitas. Además de eso, tenía muchas preguntas con respecto a la historia que la señora le había contado. En sus seis años de vida, había escuchado a su padre hablar del zar y de que ellos eran su familia, pero ella había leído historia porque ya era mayor y sabía que los zares estaban muertos y que no podían ser su familia. La pequeña se detuvo unos segundos a meditar el significado de aquel regalo, o porque sabían quien era ella, pero la inocencia y la excitación hicieron que pronto olvidara todas las precauciones que con las que sus padres la habían educado.
— ¡Papá! ¡Mira lo que me han regalado! — Masha emocionada, extendiendo el huevo de Fabergé a Pavel, quien palideció al instante.
Recordaba que su padre había guardado uno de esos por muchísimos años y había desaparecido con su asesinato. Igorjamás se iba a olvidar del símbolo de la ruina de su familia. Ese huevo era el motivo por el cual su padre y su abuelo habían muerto en aquel horripilante incendio del cual no había explicación alguna, y también la razón por la que su madre había sido fusilada. En cuanto él tuvo edad suficiente, se deshizo del huevo, negociando con re-vendedores para que nunca volviera a él o a nadie de su familia. No podía explicar como demonios había terminado en las manos de su única hija, pero no se arriesgaría a que ella lo tuviera.
— ¡Devuélvelo, Masha! — le dijo su padre apenas recobrar el aliento. La niña lo vio confundida, podía notar la turbación de su padre, pero no entendía lo que pasaba.
— Pero, me han dicho que me corresponde por derecho — murmuró, alejándose para ir a entregar el presente a la misteriosa mujer que se lo había dado.
Igor, al oír las palabras de su hija llegó a ella en dos zancadas y la tomó de la mano, llevándola lejos del mercado, sin importarle el huevo o la anciana, solo concentrándose en el peligro que corrían. De algún modo, habían sido exhibidos. Alguien en aquel lugar sabía que esa niña era la heredera de los zares de Rusia. Con el movimiento tan brusco de su padre, el valioso obsequio cayó de la manos de Masha, quedando olvidado en el suelo.