El rugido de los motores del Cara Mia cortó el silencio del puerto de Palermo. Desde la cubierta, el sol descendía con arrogancia sobre el mar, dándole paso a una brillante luz dorada a la superficie del agua como si supiera a quién pertenecía el yate que zarpaba. —Bienvenida a bordo de tu imperio flotante, gatita —susurró Salvatore, apoyado en la barandilla con esa forma suya de observarlo todo como si lo poseyera antes siquiera de tocarlo. —Esto es enorme. —comento y él toma mi mano. —Y aun no has visto nada, cariño. Sin más, me guía por cada esquina del yate que cuenta con tres niveles, acero blanco reluciente, maderas finas, interiores que gritan lujo sin pudor. No es sólo una embarcación. Este es un refugio, más como una fortaleza, o un templo sobre el agua. Poco a poco, mi

