Nino tiene el semblante serio, su rostro es una máscara fría y, aun así, en sus ojos hay emociones indescifrables, no hay rastros de lágrimas, pero en el fondo debe sufrir igual que yo. Ambos hemos perdido a nuestro padre.
No hay palabras de consuelo entre nosotros, solo un silencio pesado que lo dice todo. Obligado por su rol, no parece un hijo devastado por la pérdida de su padre, sino un hombre que, con el alma rota, se prepara a llenar el vacío dejado, como si fuera un destino que no puede evitar.
Es la ley de la vida cuando vives entre armas y sangre…
El trayecto a casa es peor, quería saber lo que le ocurrió a mi padre y como fue que terminó muerto teniendo tantos hombres a su disposición. Teniendo hombres dispuestos a dar su vida por él; sin embargo, el silencio es todo lo que hubo entre Nino y yo.
Cuando finalmente llegamos a casa, un nudo cierra mi garganta, mis ojos buscan la figura de mi padre paseando en el jardín. No sé por qué me castigo de esta manera. Él se ha ido y no volverá.
—Vístete.
Mis ojos se encuentran con la mirada fría de Nino. Tan pronto entramos a la mansión y sin haber asumido el puesto de líder, está presto a ordenar. Le dedico una mirada seria.
—¿No vas a decirme que sucedió? —le pregunto, poco dispuesta a dejar las cosas sin explicación.
—No tengo mucho que contarte, Cara. Fue una emboscada, los refuerzos llegaron tarde y nada pudieron hacer por él y sus hombres —pronuncia, apartando la mirada, siento que algo me oculta y eso me molesta—. No sirve de nada hablar de lo que ya sucedió, no vamos a devolverlo a la vida. Lo único que nos resta es tratar de encontrar a los responsables y castigarlos —agrega, creando muchas más dudas.
—¿Lo traicionaron? —pregunto, pensando en quién pudo haberlo hecho. ¿Quién se atrevería a tanto? ¿Quién es el maldito que me ha dejado sin lo más importante que tengo en la vida?
—Ya te lo he dicho, Cara, nuestros hombres están investigando y nadie descansará hasta que den con los responsables. Caerá quien tenga que caer y pagará quien tenga que pagar. No importa de quien se trate. —asegura tensando su mandíbula y desfigurando sus facciones.
—Eso espero, tienes una gran responsabilidad con nuestro padre, Nino. Encuentra a los culpables y despelléjalos vivos —gruño.
—Date prisa —ordena, sin responder a mi petición. Giro y salgo del vestíbulo para ir a mi habitación.
El peso en mi corazón es como una losa y apenas abro la puerta doy rienda suelta a mi llanto. Me meto el puño en la boca para que nadie escuche mis sollozos, este momento es mío, solo mío. Durante el funeral sé que no podré llorar como cualquier otra hija lo haría por su padre.
No sé cuánto tiempo me permito revolcarme en mi angustia y dolor, pero los toques a la puerta indican que han sido los suficientes.
—Señorita Cara, su hermano la espera en la sala. Pide que no lo haga esperar —dice la voz al otro lado de la puerta.
«¿Pide u ordena?», pienso con enojo mientras me levanto del piso y me dirijo al cuarto de baño.
Es aceptable que Nino no sienta la perdida de mi padre como yo, pero yo tengo todo el maldito derecho del mundo a vivir mi duelo como se me dé la puta gana y si quiero llorarle a mi padre en la soledad de mi habitación, ¿por qué no puede respetarlo?
Una hora más tarde, bajo a la sala. Nino espera al final de las escaleras con el rostro enojado.
—Te has tardado demasiado —crítica, tiene los dientes apretados. La vena de la frente se le marca y es la señal para saber que está furioso.
—Ya estoy aquí, es lo único que debe de importarte, Nino —musito sin emoción en mi voz.
—Mantén la compostura, Cara. Nadie puede verte derrotada, no olvides de quién eres hija —advierte.
En esta vida, jamás olvidaré quién fue mi padre y de lo que significa ser la hija de Dante Basile.
—¿Me has escuchado? —pregunta, su mano se cierra sobre mi brazo, causándome dolor.
—Te aseguro que jamás podré olvidarlo, Nino —pronuncio, le regalo una fría mirada y paso de él para ir al gran salón. Contemplo el féretro de mi padre y un nudo sube a mi garganta, siento que voy a asfixiarme de un momento a otro. Tal vez…, no soy tan fuerte como pensaba.
Respiro con disimulo, mis manos se cierran en dos fuertes puños, hasta que mis uñas se entierren en mi piel. El dolor físico ocupa mi mente y aleja cualquier otra emoción. En memoria de mi padre, quien fue un líder e hijo de líderes. Un hombre audaz y muy capaz de resolver una disputa con una sola mirada. Era el capo de capos, el líder que toda Sicilia respetaba, y… estaba muerto.
Mi padre fue asesinado a traición. La peor manera de morir para un hombre que vivió con y por el honor. No tengo idea de quién pudo atreverse a tanto, pero sea quien haya sido, tendrá que pagar con su vida.
Los murmullos en la habitación captan mi atención, con discreción miro a todos los presentes en el salón. Todos vestidos muy elegantes, las pulcras camisas blancas contrastan con el n***o de sus trajes hechos a medida. Sus zapatos cuidadosamente lustrados y brillantes completan su atuendo de luto. Cada uno de ellos conversa y susurra lo que no se atreven a decir en voz alta. Ninguno de ellos jamás será tan valiente como para expresar sus pensamientos y sospechas.
—Deja de mirarlos, Cara.
Nino se acerca, sus ojos siguen siendo dos pozos oscuros, no hay señal alguna en ellos de haber derramado una sola lágrima. Nada que indique que está sufriendo.
—¿Lo tengo prohibido o tengo que pedirte permiso para mirar? —le refuto, no me importa si alguien nos escucha en este momento.
—Tienes que ser discreta y precavida. No trates de buscar un culpable entre nuestras filas, perderás el tiempo, Cara —dice—. Ninguno de estos hombres pudo atreverse a traicionar a nuestro padre —añade junto a mi oído con un tono que me erizó la piel..
¿Ninguno de ellos se atrevería a traicionar a mi padre? Nino parece no enterarse de nada ¡Cualquiera de esos hombres reunidos en el gran salón pudo hacerlo! ¡Mi padre está muerto por esa razón!
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que entre nosotros no hay un traidor? —refuto con firmeza.
—La muerte de nuestro padre es responsabilidad de la familia Di Mauro, el ataque lleva su firma —asegura, su voz es baja, para que solo yo pueda escucharlo.
—¿Lo has confirmado? —pregunto, hace unas horas él no sabía quién era el responsable del ataque y la gente, apenas estaba investigando.
—Basta, Cara, terminemos con esta conversación que no va a llevarnos a nada. Ahora es cuando debemos ser inteligentes. Ningún m*****o de la organización debe vernos discutir, por lo menos, hasta que tome el mando.
«El mando»
No tengo más que decir en ese momento y, por mi padre, es mejor controlar mi lengua y así lo hice durante las siguientes horas. Horas en las que desee volver a Roma y enterrar la nariz entre pinturas y pinceles, pensar que esto solo es una terrible y dolorosa pesadilla.
Una pesadilla de la que no despierto y tres días después, despido a mi padre, lanzando sus cenizas al mar Tirreno en Milazzo.