Contengo cada temblor, cada gemido, cada lágrima. Me aferro al autocontrol como a una tabla de salvación. Incluso cuando mi cuerpo empieza a contraerse en espasmos silenciosos, incluso cuando mis paredes internas lo aprietan con desesperación. Él lo siente. Claro que sí. Mis temblores lo delatan. —Mierda… —gruñe. Sus caderas pierden el ritmo controlado. Me abraza con fuerza, y su boca se desliza hasta mi cuello. —Lo lograste… —jadea, entre dientes—. Estás… tan jodidamente perfecta… ¿Sabes lo que eso significa, gatita? —dice entre gemidos, aún dentro de mí, su respiración es irregular—. Significa que ahora mereces… romperte. Te lo ganaste. Grita para mí, cariño. Y de esa manera me libera. Me deja gritar. Me deja temblar. Me deja romperme en mil pedazos sobre él, mientras su cuerpo t

