Tres años después Estaba encima de él, moviendo mis caderas con lentitud, como me gustaba, como sabía que a él le enloquecía. Sus manos recorrían mis muslos, firmes, como si todavía no pudiera creerse que era suya. Y yo tampoco dejaba de sorprenderme de lo mucho que lo seguía deseando… incluso después de tres años. Tres años desde aquella primera vez. Desde que todo cambió. Mis dedos se aferraban a su pecho mientras lo miraba a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, su respiración acelerada, y su boca entreabierta. Michael era hermoso así, vulnerable y ardiente a la vez. Yo controlaba el ritmo, y él me dejaba hacer, completamente entregado. —No tienes idea de lo que me haces —murmuró con voz ronca, levantando una mano para acariciarme el rostro—. Estás más hermosa que nunca, Maya.

