Estaba completamente enojada mientras hacía mis maletas, cada golpe de ropa dentro de la maleta parecía un grito de frustración. Tomé el celular y llamé a Michael, pero no respondía. Mi corazón se aceleró y sentí un nudo en el estómago; necesitaba hablar con él, necesitaba su apoyo ahora más que nunca. De pronto, la puerta se abrió de golpe y apareció mi padre, con esa expresión rígida y autoritaria que siempre lograba intimidarme. —No te irás con ese muerto de hambre —dijo, su voz cargada de amenaza—. Si lo haces, arruinaré tu vida. Ya hice que lo despidieran, y si te vas, no te daré ni un euro. Respiré hondo, intentando no perder la calma, y lo miré a los ojos. —Papá… ¡tengo ventiun años! —le respondí, mi voz temblando entre la rabia y la desesperación—. Soy mayor de edad, puedo deci

