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Farrell presionó el acelerador de su Maserati de lujo, le dio un golpe al volante. No podía creer que su tía se atreviera a tanto. Hacía apenas tres días que su madre había muerto, y ella simplemente pensaba en la herencia, y la manera en que se iban a distribuir los bienes. Era obvio que llegaría ese momento, pero es que acaso no podía esperar al menos que la tierra recibiera el cuerpo.
Durante mucho tiempo, se había sentido como un intruso. Aunque todos le dijeran que no era así, pero después de que su madre, Alice O’Donnell, le cediera la dirección de la empresa familiar después de que se graduara en la universidad. Le decía que confiaba plenamente en él y que le tenía alta estima, y sobre todo que estaba orgullosa de sus logros. Sin embargo, su tía Martina pensaba otra cosa. Cada vez que podía hacía comentarios imprudentes acerca de oportunistas. Farrell muchas veces se preguntó en qué categoría estaba ella.
Cómo se le ocurría presionarlo delante de todos, con la cuestión de su legibilidad como hijo para tener acceso a la fortuna de su madre, era un golpe muy bajo. Farrell no confiaba en ella, le parecía una persona muy superficial, y sus instintos muchas veces no se equivocaban. Si fuera otro, la echaría de casa en el mismo momento en que se leyera el testamento.
Martina fue una de las razones por las cuales decidió ir a estudiar en la universidad de Stanford, quedaba a miles de kilómetros de casa y de esa forma tolerarla sería más fácil. Solo iba en vacaciones, y en Navidad. Con el pasar de los años, sus comentarios eran más directos, hasta que Alice presenció uno de ellos y le recordó que Farrell era el dueño de la casa, y que controlara su vocabulario. Pero en la actualidad su madre no estaba, Martina mostraría su verdadero rostro, al menos sabría a qué atenerse.
Estiró su pierna, maniobrando para sacar del bolsillo de su jean su teléfono celular, quería llamar a Steve. Quien era su mano derecha, y amigo. Para que le echara un ojo a los últimos pasos de su tía, decidió que no le daría ningún tipo de tregua. Él sabía cuál era su lugar, su madre siempre se lo había dicho. Cuando iba a tomar una curva y quiso reducir un poco la velocidad. Los frenos no respondieron, todo pasó sumamente rápido. Los neumáticos chillaron, el vehículo se descarriló de la carretera, dio un par de vueltas, quedando en el sentido contrario. Lo detuvo un árbol, y en el momento que impactó el airbag salió inmediatamente presionándolo hasta el vidrio del conductor, que para su suerte se rompió con el impacto.
Aunque el cinturón de seguridad, lo había salvado de salir disparado. En ese momento le estorbaba, puesto que el olor a cable quemado y a gasolina se hacía más fuerte. Como pudo lo desabrochó, se arrastró por la ventana, sin importarle que había algunos vidrios rotos se le clavaran en las manos y brazos. Lo importante era salir de ahí rápidamente, sabía que estaba lesionado porque no podía levantarse. Pero no sabía en donde porque todo su cuerpo dolía, en especial la cabeza.
Se alejó rápidamente todo lo que pudo, ya que iba arrastrándose sobre la arena. Masculló una maldición, porque las fuerzas no le daban para sacar el teléfono celular de su bolsillo y en ese instante no dejaba de sonar. Deseoso de que fuera Steve preguntando en donde estaba, pero no fue así.
—Buenas tardes, le hablamos del departamento de cobranzas del banco…
—Ayuda, por favor…
—¿Señor?
—Acabo de tener un accidente…
Fue cuando entonces una explosión retumbó hasta el suelo, hasta hacer que el aparato saliera de las manos, alejándolo por unos pasos. Una vez más se arrastró hasta lograr tomarlo, lo puso en alta voz.
—¡¿Señor?! —se podía escuchar la voz de angustia de su interlocutora a través del aparato tirado en la arena— ¡¿Está usted ahí?
Sin embargo; el sonido era ensordecedor. Sentía su cuerpo cada vez pesado, al punto de que no tenía coordinación. La vista la tenía borrosa, y humedad en sus ropas que sabía perfectamente que no era sudor. El olor metálico le dio náuseas. Dejó caer la cabeza durante unos segundos que parecieron una eternidad.
Agradeció que la llamada todavía estaba activa, de nuevo tomó el aparato.
—¡Oh, Dios mío! —la voz dulce exclamó—. Señor, por favor dígame que está todavía en línea.
—Sí, lo estoy —su voz era entrecortada por el esfuerzo de mantenerse consiente.
—No se preocupe, ahora mismo estoy comunicándome con el nueve once —le aseguró la joven.
—Eres un ángel —dijo, pero al parecer ella no le hizo caso.
—Lo ayudaré enseguida.
Se escuchó remover algunas cosas.
—Por favor, no corte la comunicación —Farrel pidió y no entendía el porqué era calmante su voz en aquel momento.
—No, claro que no lo haré —se escuchó como se rodaba en su silla—. Llamaré desde otra línea, no se preocupe por eso, estaré aquí, no lo dejaré solo.
Él podía escuchar perfectamente la conversación que tenía la chica con el otro interlocutor. Pero sentía que todo le daba vueltas, y que casi le era imposible respirar. También sentía como la sangre le corría por la sien.
—¿Señor O’Donnell? —le llamó la chica— ¡Por favor responda!
—Uh… —apenas pudo contestar.
—¿Tiene encendido su GPS?
Su cabeza daba vueltas, y la inconsciencia se estaba apoderando de él.
—Sí, todo el tiempo.
Farrel escuchó algunos murmullos que supuso era la conversación de la chica.
—El nueve once estará ahí rápidamente, por favor no se duerma —la alarma estaba latente.
El silencio por parte de él es desesperante.
—Hable conmigo, señor O’Donnell —ella chasqueó los dientes— ¿Cuál es su comida favorita?
—El pollo frito —contestó con un susurro.
—La mía es la lasaña, pero no soy italiana.
Del pecho de Farrell salió un ruido parecido a una risa.
—¿Y cuál su color favorito? —continuó preguntando la joven de la llamada.
—El azul…
—¡Oh, genial! —exclamó—. También el azul es mi color favorito.
Por unos segundos, sintió que caía en un vacío.
—¿Cuántos años tiene, señor O’Donnell? —la idea era distraerlo, para que no se durmiera.
—En unos meses cumpliré treinta y dos años, ¿y tú?
—Tengo veinticuatro —soltó una risita—, recién cumplidos.
—Eres muy joven…
—¿Tiene pareja sentimental? —le soltó ella—¿Novio o novia? Ya no se sabe en estos tiempos.
—Me haces sentir en una entrevista.
A pesar de que estaba en una situación peliaguda, la conversación era agradable, sobre todo la voz de la chica. Era calmante, le daba paz.
—Pero no ha respondido.
—No, no tengo pareja sentimental —hizo una pausa—. No tengo novia, tampoco tengo novio. ¿Qué hay de ti?
—Ufff —ella resopló—. Pertenezco al club de las solteronas.
—No me lo creo a tu edad, puedes disfrutar de las relaciones sentimentales.
—Pero no es así —dijo chasqueando los dientes.
—Tú sabes mi nombre, pero yo no sé el tuyo. ¿Cómo te llamas?
—Mi nombre es Ariel.
—¿Cómo la sirenita?
—Siempre me hacen esa pregunta, pero la verdad es que la sirenita quisiera ser yo —manifestó riéndose.
—De acuerdo, Ariel. La verdad es que es un nombre muy bonito.
—¿Tiene los dientes completos? —ella preguntó de golpe.
—¡¿Qué?! —replicó con asombro y soltó una risa—. Jamás me habían preguntado tal cosa, pero supongo que tengo mis dientes completos.
—Es bueno saber que me sigue la corriente —se escuchaba aliviada.
—Todavía no estoy dormido, y tu pregunta me ha espabilado un poco.
—De esa manera puedo saber si es sincero o no.
Aunque la conversación era absurda, le seguía la corriente. Porque él sabía que no podía quedarse inconsciente, al menos no hasta que llegara la ayuda.
—¿Lo sabrás por mis dientes? —Farrell inquirió.
—Tal vez —dijo ella con ella una risita—, así queda claro que usted no oculta nada.
Él sentía que el agotamiento y el sueño se estaban aprovechando del momento, y cada segundo era imposible luchar en su contra. Dio una respiración profunda, cuando a lo lejos podía ver el reflejo de unas luces azules, el sonido de unas sirenas y un helicóptero. Con la ayuda de la chica, lo había logrado.
—¡Despierte! ¡No puede dormirse! ¡Quédese conmigo, no me deje!
—No lo dudes… Me quedaré contigo, Ariel… siempre…
Después de decir aquello, el mundo de Farrell O’Donnell oscureció.