Parte 1. Mi amado hermano
Me abotoné la playera negra frente al espejo. La tela caía algo holgada sobre mi torso, el cabello rubio todavía revuelto y los jeans ajustados terminaban en esos zapatos de plataforma que me daban unos centímetros extra. Me gustaba esa pequeña ilusión de ser más visible.
Crucé el pasillo. Al pasar junto a la puerta de Rowan, sentí un cosquilleo breve en la nuca, nada más que eso: un recordatorio rápido de que él estaba ahí, cerca, siempre cerca.
Bajé las escaleras.
Mamá servía el desayuno con su rutina de siempre. Robert y Rowan ya casi terminaban. Rowan lucía como siempre: cabello n***o brillante, ojos verdes que captaban la luz de la cocina. Era fácil ver por qué todos lo miraban.
Éramos distintos, punto.
Él, el que entraba a cualquier lugar y el ambiente cambiaba.
Yo, el que pasaba desapercibido hasta que alguien recordaba que existía.
—Otra vez tarde, Luke —dijo mamá sin levantar la vista.
—Comeré algo en el instituto.
—Perfecto, porque ya nos vamos —dijo Rowan, poniéndose de pie con esa naturalidad que lo hacía parecer dueño de todo.
Siempre era lo mismo. Él conducía el Mustang que Robert le había regalado. Yo iba atrás. Y antes del instituto, había que pasar por ella.
El trayecto hasta la casa de Emma Libby fue en silencio. Nadie mencionó lo que había pasado unos días antes.
Él me había visto.
Solo con ese calzón n***o ajustado, delineando todo sin disimulo. Se quedó quieto en la puerta un segundo más de lo normal. Vi cómo su mirada bajaba por mi cuerpo y se detenía. No dijo nada. Yo tampoco. Pero el momento quedó colgando entre nosotros, pesado, imposible de ignorar del todo.
Emma se subió al asiento del copiloto con su sonrisa habitual. Me saludó con un «hola» suave que sonó casi amable.
Era difícil no resentirla.
Demasiado cómoda, demasiado en su lugar. Un lugar que yo solo podía mirar desde afuera.
Se inclinó y besó a Rowan en esos labios que siempre parecían brillar un poco más. Labios que yo había notado demasiado tiempo, que aparecían en pensamientos que prefería no tener.
—¿A qué hora pasas por mí esta noche? —preguntó, con esa voz que parecía acariciar el aire.
Era la fiesta de cumpleaños de Jack Pelletier. El mejor amigo de Rowan. Otro de esos eventos donde yo no pintaba nada.
—A las ocho —respondió él, tranquilo.
Desde atrás los vi. Su mano se deslizó por el muslo de ella un instante, un gesto casual pero firme. Ella se movió apenas hacia él, como si fuera lo más natural del mundo.
Sentí un nudo en el estómago. No era solo celos. Era algo más oscuro, más confuso. Quería esa atención para mí. Quería saber cómo se sentiría que esas manos me tocaran con la misma seguridad. Quería que me mirara como la miraba a ella, aunque fuera solo una vez.
Y si no podía tener eso... una parte de mí deseaba que ella simplemente no estuviera.
La imaginé sola en algún lugar oscuro, vulnerable. La imaginé desapareciendo del radar de todos. Y por un segundo, la idea me dio un alivio extraño, casi culpable.
Parpadeé y volví al presente. Emma seguía ahí, riendo bajito mientras Rowan le rozaba la nuca con el pulgar.
Tenía que hacer algo.
Si quería dejar de ser solo el que mira desde atrás, no podía seguir esperando a que las cosas cambiaran solas.
Esta noche me colaría en esa fiesta.
Nada tiene que salir mal...
¿verdad?