Capítulo 14. Mierda.

1063 Words
Salí de la casa y las luces fluorescentes aún se filtraban entre los árboles del bosque, ese bosque que se había vuelto más íntimo que mi propia madre o que Rowan. Aquellos árboles conocían mis mayores secretos: la muerte de Jack, mis miedos más profundos, mis deseos más oscuros. La oscuridad me abrazaba mientras mis manos temblaban por lo que estaba a punto de hacer. Asesinar no era fácil. El asesinato de Jack había sido un impulso descontrolado, un estallido. Esto era diferente. Frío. Deliberado. Pero no podía permitir que la perra de Emma divulgara por todo el instituto que Rowan y yo estábamos juntos. Eso nos destruiría. Arruinaría nuestras vidas. Ella solo estaba celosa. Se creía perfecta, intocable, y jamás aceptaría que su novio me pertenecía, no a ella. Me adentré en el jardín trasero. Las luces de la casa estaban encendidas y la puerta trasera permanecía abierta de par en par. Hasta en eso era estúpida. Al entrar, el desorden me golpeó: botellas de cerveza tiradas en el suelo, olor a alcohol rancio y cigarrillo. El padre de Emma, el señor Vincent Libby, se levantó pesadamente del sofá al verla entrar. Con un movimiento torpe, aventó el vaso que tenía cerca. El cristal se estrelló contra el suelo y el ruido me estremeció. Aquel hombre despertaba en mí algo que rara vez sentía: verdadero temor. Jamás podría imaginar vivir bajo el mismo techo que un monstruo como él. —¿Dónde estabas, mocosa estúpida? ¿Acaso haces lo que quieres? —gritó. Retrocedí instintivamente, buscando una salida o un lugar donde esconderme. Por un segundo pensé que quizá ya era suficiente castigo para Emma vivir con ese hombre. —Me voy a mi cuarto. Estás tan ebrio que me das asco —respondió ella con furia, dirigiéndose hacia las escaleras. El señor Libby la detuvo agarrándola del brazo con brutalidad. —En esta casa se hace lo que yo diga —rugió, tomándola del cabello—. Eres igual a tu estúpida madre. Pero te voy a enseñar una lección. Comenzó a desabrocharse el cinturón. Me quedé paralizado. Lo que estaba a punto de suceder era demasiado incluso para mí. Era su padre. Y la estaba lastimando. —Detente, papá —suplicó Emma. Él no se detuvo. Le cruzó el rostro de un golpe y la lanzó contra el sillón. Luego se abalanzó sobre ella y comenzó a abusarla. Eso era exactamente lo que estaba haciendo. Emma forcejeó, intentó quitárselo de encima, pero él era mucho más fuerte. Sus gritos se volvieron cada vez más desgarradores. Podía sentir su dolor en mi propia piel. Las lágrimas rodaban por mis mejillas sin que pudiera detenerlas. Quise intervenir, quise hacer algo… pero mis piernas no respondían. Mierda. Estaba presenciando una escena grotesca, repugnante. Él la golpeaba mientras la tocaba: sus senos, sus piernas, su trasero. Su propio padre. —Por favor… detente, papá —suplicó ella. Tenía la boca llena de sangre. Entonces él se detuvo de golpe. Se levantó como si nada hubiera pasado y dejó a Emma tirada en el suelo, sangrando y destrozada. Su llanto era insoportable. Una ola de compasión me invadió, pero no sabía qué hacer: ¿ayudarla? ¿sacarla de ese infierno? ¿o simplemente irme? Avancé hacia la salida, pero ella levantó la mirada y me vio. —¿Qué estás haciendo aquí? —soltó con voz rota. Se levantó tambaleante y se abalanzó sobre mí. —¿Qué acabas de ver? ¿Por qué me seguiste? ¡Eres un puto enfermo! Sus manos se cerraron alrededor de mi cuello. Sentí su rabia desbordada. Entonces lo hice. Empujé el cuchillo con fuerza contra su estómago. La hoja entró limpiamente. La sangre brotó caliente y rápida. Emma retrocedió, tambaleándose, y miró los guantes sobre mis manos cubiertos de sangre. —Venías… por mí —susurró. En ese instante, la oscuridad que habitaba en mi interior despertó por completo. —Voy a asesinarte —dije con una sonrisa que no me pertenecía del todo—, igual que hice con Jack. Ella intentó caminar, pero tropezó con su propia sangre. La apuñalé de nuevo. Su grito fue agudo, desesperado, y yo… lo disfruté. No era yo quien disfrutaba. Era esa oscuridad. Esa parte de mí que se alimentaba del dolor ajeno. La apuñalé una vez más, esta vez en el cuello. La sangre me salpicó el rostro. Empecé a reír como un loco mientras su cuerpo se desplomaba. Ella ya estaba muerta. Su cuerpo yacía inerte frente a mí, su sangre cubría mi ropa, mi piel. Golpeé mi propio rostro mientras reía, incapaz de parar. Tomé el cuchillo, observé por última vez su cuerpo sin vida y me dirigí hacia donde estaba el señor Libby. Lo encontré dormido en el pasillo. Unté sus manos y su ropa con la sangre de Emma, coloqué el cuchillo entre sus dedos y lo dejé caer cerca de él, asegurándome de que las huellas quedaran marcadas. Entonces escuché las sirenas. La policía se acercaba. Probablemente algún vecino había llamado por los gritos. Salí rápidamente por la puerta trasera y me adentré en el bosque. Aún podía escuchar los gritos de Emma resonando en mi cabeza. Miraba hacia todos lados, pero solo había árboles. Por fin… ella estaba muerta. Me desnudé en medio del bosque, corrí hacia las cuevas para deshacerme de toda la evidencia y regresé a casa completamente desnudo. La fiesta había terminado cuando llegué. El tiempo parecía haberse acelerado; todo ocurría demasiado rápido. Seguramente era la adrenalina. Rowan estaba en su cuarto, sentado en la cama, pensativo. En cuanto me vio, se levantó de golpe. —¿Dónde estabas? —preguntó. —En el bosque. —¿Qué hacías en el bosque desnudo ? ¿Acaso estás demente? Demente. Esa palabra me golpeó como un latigazo. —Quería escapar —respondí—. Si Emma habla, todo terminará para nosotros. No puedo permitirlo. Rowan se acercó y acarició mi rostro con ternura. —No dirá nada. Estoy seguro —dijo con absoluta convicción—. Discúlpame por mantenerte como mi secreto. Quisiera abrazarte, besarte y que nada más importara… pero es imposible. Jamás podré darte eso. Limpié las lágrimas que caían por sus mejillas. —Discúlpame tú a mí —susurré—, por hacerte pensar que otro chico podría ocupar tu lugar. Mi cuerpo te pertenece. Solo a ti.
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