Atenas, 2,020
La muchacha caminó con prisa por las calles de la ciudad, miró la hora en su reloj y chasqueó la lengua al darse cuenta de lo tarde que era y ya no estaba en “un horario prudente”, pero no tenía otra opción, su trabajo no le permitía volver a casa a buena hora y pagar el servicio de taxi; era un lujo que no podía darse porque a fin de mes estaría lamentándose el haberlo hecho.
El ruido en el callejón la distrajo de sus pensamientos y problemas financieros momentáneamente.
Su instinto le pedía correr, escapar tan lejos como le fuera posible, pero su curiosidad la dominó y terminó dando tres pasos al interior del callejón.
Un gemido que no parecía humano le hizo estremecer el cuerpo de pies a cabeza. Pasó saliva y se dio cuenta de que tenía la garganta seca. El miedo se instaló en su corazón y quiso retroceder, dar un paso, dos o tres y salir corriendo del lugar, y quizá lo habría hecho, si no hubiese entendido el llamado de auxilio.
—¡Ayuda!
Era un susurro lastimero que volvió a provocarle escalofríos, había dolor en el tono de voz y su buen corazón le impidió marcharse.
La joven caminó dos pasos más y alumbró con la luz de su móvil el punto de dónde venía la voz.
La visión del hombre golpeado en el sucio pavimento casi le hizo llorar, se agachó en cuclillas, mientras se preguntaba: ¿¡Quién podía ser tan inhumano para herir de esa manera!?
La respuesta llegó rápida y sencilla a su cabeza: los hombres habían perdido su humanidad y por unos cuantos euros eran capaces hasta de vender sus almas.
—Llamaré a una ambulancia, no te muevas —le pidió sin tocarlo.
Ella no era tonta, si la policía investigaba lo ocurrido, lo primero que iban a encontrar eran sus huellas sobre el tipo y ella ya estaba lo bastante jodida para joderse un poco más.
La joven no supo exactamente cuánto tiempo se demoró la ambulancia, cabe recalcar que el barrio Acharnes está a varios minutos del centro de la ciudad de Atenas.
Ella deslizó su mirada por encima del cuerpo del hombre, frunció el ceño al notar que llevaba su reloj en la muñeca, deslizó un poco más los ojos para ver los zapatos carísimos del hombre.
—¡Mierda, mierda! —pronunció sin elevar la voz—. ¡Esto no fue un asalto! —dedujo luego de inspeccionar un poco más al hombre.
El barrio era dominado por clicas, bandas que se dedicaban a traficar al menudeo y ese hombre fue brutalmente golpeado, pero no fue despojado de sus pertenencias. Así que podía tratarse de un ajuste de cuentas, o que el tipo fuera un agente de esos que…
La joven no pudo seguir pensando porque en ese preciso momento escuchó la sirena de la ambulancia.
Ella sabía que debía irse a casa y dejar todo esto en manos de los profesionales, que debía ser más inteligente y menos tonta, pero se vio subiendo a la ambulancia para acompañar a un completo extraño.
No estaba en su naturaleza ser mala persona, pese a que la vida la había tratado como la mierda. Pero sabía lo que era la soledad, conocía de primera mano el sentimiento de abandono y el hombre, sea quien sea, debía sentirse igual que ella.
Una hora después, la joven había rendido su declaración ante la policía que había acudido al hospital por la llamada de emergencia, también había dado su información en caso de no encontrar a los familiares del hombre, pero quince minutos después, una de las enfermeras le había dicho que habían podido contactar con la familia del paciente y que podía retirarse.
—Hasta aquí llegó tu buena acción —se dijo caminando hacia la salida del Hospital General de Atenas.
»El hombre está fuera de peligro y la policía lo ha reconocido. Eso debe tranquilizarte.
La muchacha habló consigo misma para no sentir miedo y desesperanza al darse cuenta de que estaba a una hora de casa.
—¡Estás más jodida que al principio! —gritó la joven con frustración y cierto temor.
Sus ojos se fijaron en la hora y se dio cuenta que ya estaba amaneciendo.
—Eres una tonta y una loca. ¿Por qué debes preocuparte por la vida de otros? —se preguntó en voz alta y pateando la pequeña piedra en su camino, antes de tomar la decisión de gastar el único dinero que tenía en la bolsa para pagarse un taxi.
»Piensa en la buena obra que hiciste hoy —se repitió una y otra vez, mientras el chofer del taxi la miraba con curiosidad por el retrovisor.
—Hemos llegado, señorita. ¿Puedo ayudarle en algo más? —anunció y preguntó el taxista en una misma oración, ella negó.
—Estoy bien, gracias —respondió. «Cómo si el servicio te hubiera salido gratis», reflexionó.
La joven bajó del taxi y fue abrazada por el frío de la madrugada, se abrazó a sí misma y por un momento su mente la llevó dos años atrás, cuando su padre la echó como un perro de casa; en ese momento ella creyó que iba a morir de frío y de hambre en las calles de Atenas, pero dos años más tarde podía sentirse orgullosa de lo que había conseguido y lo más importante es que seguía viva aun cuando ella misma no había confiado.
Apartó sus recuerdos y caminó de nuevo por aquel oscuro callejón y como un déjà vu, la escena de hace unas pocas horas parecía repetirse, pero esta vez no caminó para ver de lo que se trataba, porque un precioso minino salió corriendo en su dirección y su corazón volvió a coger un ritmo cardíaco normal.
La joven dibujó una sonrisa en los labios, finalmente estaba en casa. Estaba cansada en todos los sentidos y solo deseaba meterse a la cama y olvidarse del mundo, al menos por un par de horas.
—Hogar, dulce hogar —murmuró abriendo la puerta, su pequeño piso no tenía nada que ver con la lujosa mansión dónde se había criado y había sido terriblemente infeliz.
La muchacha pensó en lo feliz que era desde que había conseguido adaptarse a su nueva vida y la razón que había en las palabras de la gente que decía: “Que el dinero no podía comprar la felicidad”.
La oscuridad la saludó y la sensación de miedo y peligro le hicieron erizar el vello de la nuca, por un momento se quedó paralizada en la puerta, pero se regañó por mirar películas de terror que le hacían volar la imaginación.
Encendió la luz y cerró la puerta con seguro, ella vivía en el barrio, pero eso no la salvaba en caso de robo, así que más valía prevenir que lamentar.
La joven tiró su bolso sobre el viejo, pero cómodo sillón, se dirigió a la pequeña cocina por un vaso de agua. El ruido proveniente de su habitación la hizo fruncir el ceño, su cuerpo volvió a estremecerse, porque ni siquiera podía darse el lujo de tener una mascota. Ella vivía completamente sola.
La joven asomó la cabeza entre la puerta entreabierta, sus ojos se abrieron con sorpresa al ver que todas sus cosas estaban tiradas en el piso y las sábanas de cama estaban arrugadas. «Hay alguien en casa», pensó con terror.
La muchacha giró sobre sus pies para salir de casa, pero ¿A dónde iría a esa hora de la noche?
«Cualquier sitio es mejor», gritó su mente con desesperación. Sabía que, si el intruso lograba verla, ella no saldría bien librada.
Cogió su bolso de nuevo y quitó el seguro con manos temblorosas. Su cabeza únicamente podía imaginarse lo peor, pero lejos estaba de imaginar que tan mala era la situación.
—¿Vas a algún lado, preciosa? —preguntó el hombre desconocido, recostado sobre el marco de la puerta, como si esperara justamente que ella abriera e intentara huir.
—¿Q- qu- quién e-eres? —tartamudeo la muchacha dando dos pasos hacia atrás, viendo como su única villa de escape era bloqueada por el desconocido.
—Te has demorado mucho —respondió el tipo con una risa malvada e ignorando la pregunta de la joven.
—No tengo nada de valor —susurró a punto del llanto.
—En eso te equivocas, chiquita. Eres muy mona y algo debes de tener escondido, por ahí —dijo recorriendo con la mirada y sin descaro el cuerpo de la joven.
—Por favor, no me haga daño. Llévese lo que encuentre de valor, pero por favor no me haga daño —susurró, mientras su cabeza pensaba en una manera de salir huyendo. Pero para su desgracia su cuerpo se sentía paralizado.
—Nos llevaremos todo, incluyéndote a ti —anunció el hombre en medio de una carcajada al ver temblar a la chica.
—¿Creías que podías huir de nosotros? —preguntó otra voz desde su habitación.
La chica escuchó los pasos a su espalda, pero se negó a mirar.
—No los conozco, no sé quiénes son y lo que quieren —trató de hablar.
—No tienes por qué conocernos, de hecho, esta será la única vez que nos veremos, bonita —pronunció con maldad.
—¡No! No, por favor —pidió.
Lágrimas de impotencia y de miedo corrieron por sus mejillas, su corazón latía tan fuerte que sintió por un momento que iba a atragantarse con él.
—Por f-favor —suplicó, aunque sabía perfectamente, que no iba a servirle de nada. Esos tipos tenían tanta maldad en sus ojos que jamás podrían apiadarse o arrepentirse de lo que estaban a punto de hacerle.
—Duerme Anastasia —susurró el hombre y antes de que la joven entendiera a lo que se refería, una pañoleta se cerró sobre su boca y nariz, sus ojos dejaron caer otra cascada de lágrimas, cuando en la puerta divisó la imagen de Leónidas Drakos…
Ella entendió tarde que esto no era un simple asalto o una puta casualidad, ellos habían llegado por órdenes de su padre…