Aquiles Stavros observó la ciudad de Atenas desde su rascacielos, habían pasado dos semanas desde que sus hombres lo habían descuidado y una semana desde que buscaba a la chica que le había tendido la mano aquella noche. De no haber sido por ella, seguramente los hombres que lo secuestraron habrían dado con él, luego de escapar de las bodegas donde lo habían encerrado y golpeado casi hasta la muerte.
—Señor —la voz del hombre entrando a su oficina interrumpió los pensamientos asesinos de Aquiles.
—Ulises —dijo únicamente para hacer saber al hombre que tenía su atención.
—La hemos buscado sin cesar, pero no hay rastro de ella, creo que a lo mejor esa chica no existe, o la tierra se la ha tragado.
Aquiles se giró abruptamente para enfrentar al hombre.
—¿Piensas que todo fue producto de mi imaginación? ¡Sus datos quedaron en el registro del hospital y también en el reporte policial!
—Pero no hemos podido dar con ella, una vecina asegura que no han vuelto a verla. Una mañana encontraron la puerta de su casa abierta y todo dentro estaba destrozado, pero no había rastro de ella, excepto esto…
Aquiles miró el bolso que Ulises le ofrecía como si fuera una bandera de paz. «Qué mierda pretende que haga con un puto bolso?», pensó.
—¿Eso es todo? —preguntó al ver que el hombre no decía nada y él estudiaba aquel bolso barato, como si fuera una maldita serpiente que iba a saltarle encima.
—Sí.
—Sigue buscando, no me importa lo que tengas que hacer —ordenó.
—Sí, señor —el hombre giró sobre sus talones para abandonar la oficina, pero fue detenido por el grito de su jefe.
—¡Deja el bolso sobre el escritorio!
Ulises se sorprendió, pero no dijo nada y en su lugar obedeció. Desde lo ocurrido su jefe estaba de un humor terrible, por lo que el hombre decidió que huir era mejor.
Aquiles observó el bolso y un recuerdo fugaz cruzó por su cabeza, era confuso, pero podía asegurar que era el bolso que la chica traía el día que lo rescató.
El hombre estudió un momento el bolso antes de tomar el móvil y llamar al departamento de policía, tenía amigos y si tenía que pedir ayuda para dar con la chica lo haría. Tenía la ligera impresión de que salvarlo le había costado muy caro.
Las probabilidades de estar en manos de los señores de la noche eran muy altas y él no podría vivir con la culpa, debía hacer algo. No sabía exactamente qué, pero algo debía hacer.
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«Duerme Anastasia»
El recuerdo de aquellas palabras se abrieron paso a través de la bruma con la cual Anastasia luchaba, no sabía exactamente cuánto tiempo había transcurrido y mucho menos tenía idea del lugar al que había sido llevada.
Pero solo podía estar segura de algo: estaba siendo drogada, esa era la única explicación para no poder hilar un pensamiento tras otro. Debía ser esa la razón por la que se sentía adormecida. Sus labios estaban secos y su garganta gritaba por un poco del vital líquido.
Luchó para vencer esa bruma que amenazaban con llevársela de nuevo al mundo de los sueños.
De nuevo no supo si pasaron segundos, minutos, horas o días, pero finalmente pudo abrir los ojos. Mantenerse despierta fue una hazaña titánica, pero debía encontrar una manera de escapar del sitio.
Deslizó la mirada por las cuatro paredes de la pequeña habitación, su visión era borrosa y aun así intentó buscar una ventana, algo que la llevara a la libertad.
Un gemido lastimero abandonó sus labios al darse cuenta de que no existían ventanas en la habitación, ella no tenía manera de saber si era de noche o sí ya se había puesto el sol.
Lágrimas de impotencia, de dolor y de miedo se derramaron por sus mejillas. Quería despertar, quería que todo esto no fuera más que una cruel y terrible pesadilla. Pero el recuerdo de la sonrisa malvada de su padre le gritaba que esto era real.
Anastasia podía comprender el odio que Leónidas sentía por su madre, finalmente la mujer lo había dejado para irse con otro hombre, pero ¿el odio que sentía por ella? Eso no podía entenderlo. Ella no solo era hija de Olimpia, también llevaba la sangre de la familia Drakos en las venas. ¿Por qué no podía quererla? ¿Por qué su odio era tan radical hasta el punto de secuestrarla? Y la pregunta que más le aterraba hacerse era: ¿Con qué fin?
—¿Por qué me haces esto, por qué?, me aparté de tu vida cuando me echaste a la calle, ¿qué fue lo que te hizo venir por mí? —se preguntó en voz tan baja que para cualquiera que la escuchara, era un murmullo inentendible.
Anastasia nunca pensó que podía existir un dolor mucho más grande que el de sentirse abandonada por el hombre que estaba llamado a protegerla, ella nunca pensó que se podía hacer tanto daño a una persona inocente por culpa de otra, pero aquí estaba ella; odiada y jamás amada.
Nuevas lágrimas cayeron de sus ojos, pero esta vez se las limpió con brusquedad, en el fondo de su corazón sabía que nada iba a librarla del destino que su padre había escogido para ella, pero no pensaba morir sin luchar. Ella se tenía así misma, debía luchar por ella y por nadie más.
Intentar escapar quizá fuera una locura, pero era mejor a cruzarse de brazos y dejar que hicieran con ella lo que quisieran.
Era un ataque de valentía y ella lo sabía, su cabeza seguía siendo un mar de confusión por momentos, pero la lucidez tarde o temprano llegaría. Tenía fe.
El ruido de las llaves la alertaron, cerró los ojos para fingir estar dormida, necesitaba por lo menos saber dónde estaba y lo que tenían pensado hacer con ella.
—¿Cuánto tiempo más crees que podrás fingir? —la voz de una mujer la hizo dar un pequeño susto, pero se negó a abrir los ojos.
—¿Quieres jugar? —preguntó y antes de que Anastasia pudiera entender sus palabras, su respiración se cortó al sentir el agua fría caer sobre su cuerpo.
Anastasia no pudo evitar contener el grito que salió de su garganta, el agua era demasiado fría y mantener su farsa le resultó imposible.
—¿Creí que estabas dormida? —dijo la mujer.
Anastasia la miró, era una mujer bonita, pero nada más que eso; en su mirada podía adivinar la maldad.
—¿Por qué estoy aquí? —preguntó Anastasia sin poder evitarlo.
La mujer la miró con curiosidad, luego su mirada malvada cambió a una mirada divertida.
—¿No es más que obvio el motivo por el que te han vendido? —respondió con una sonrisa que le enfrió el alma a Anastasia.
—¿Vendida? —preguntó la joven incapaz de procesar lo que eso significaba. «Vendida, ¡vendida!», le gritó su conciencia.
—¿Qué fue lo que le hiciste a un hombre como Leónidas Drakos para venderte como una vil prostituta? —preguntó la mujer—. Debió ser algo terrible —añadió y sin dejarle responder continuó—: ¿Le has robado? ¿Eres su amante y le fuiste infiel? Lo que sea no es de mi incumbencia.
Anastasia ni siquiera prestó atención a las palabras de la mujer, solo podía pensar en lo que su padre le había hecho. ¡La había vendido! Vendido como si fuera un animalito sin dueño.
—Veo que estás pensando en tus acciones. Lastimosamente, para ti, lo que le hayas hecho no tiene importancia para mí. ¿Eres virgen? —preguntó.
Anastasia elevó la mirada para encontrarse con los ojos de la serpiente delante de ella.
—¿Qué? —Anastasia no había escuchado la pregunta o quizás no la había entendido.
—¿Eres una mujer virgen? —repitió la pregunta.
—¡Qué te importa! —gritó la joven sonrojándose en el acto y dándole la respuesta que la mujer quería.
—Eso es… maravilloso. Por lo menos saldremos ganando varios milloncitos contigo. Los hombres son… ¿Cómo te lo puedo explicar? Aprecian la virginidad de una mujer y son capaces de pagar por obtener ese preciado tesoro y si sumamos el hecho de que eres bella…
La mujer dejó las palabras al aire, mientras Anastasia se estremecía de terror.
—Date un baño, vístete. No tenemos mucho tiempo —dijo lanzando un vestido n***o a los pies de la estrecha cama.
—No tengo idea de por qué estoy aquí, no le hice nada —susurró la muchacha de manera inconsciente.
—Pues no me importa realmente el motivo, me importa lo que pueda ganar contigo. Date prisa y será mejor que cooperes. La subasta está por iniciar y habrá muchos hombres deseosos de poner sus manos sobre tu preciado tesoro…
Anastasia cerró los ojos al escuchar las palabras de la mujer, no fue ni consciente del momento en que la mujer abandonó la habitación.
«¡Vendida!»
«¡Vendida!»
La joven cerró los ojos y gruesas lágrimas cayeron de ellos. Su padre la había vendido para convertirla en una prostituta…