Anastasia no sabía si alegrarse de que el hombre fuera el mismo del callejón hacía dos semanas o asustarse. Y, ¿si él pensaba que había tenido algo que ver con sus secuestradores? ¿Podría enviarla a prisión? —Anastasia… —-¿Cómo me encontraste? —preguntó, ya ella no creía en las casualidades. Estaba convencida de que todo lo que le pasaba en la vida era causa y efecto. Era el resultado de las decisiones de todos, menos las suyas. —Luego de recuperarme quise saber quién fue la mujer que me había salvado la vida y puse a mi gente a buscarte. —¿Gente? —preguntó interrumpiendo la explicación—. ¿Eres un mafioso? La risa de Aquiles le hizo fruncir el ceño. —¿Por qué te ríes? No he contado ningún chiste —dijo ofendida. —Lo siento, Anastasia. Es sorprendente que no sepas quién soy —dijo gir

