Narra Noemi.
“Necesito tu voto para que mi proyecto salga adelante”
“Por favor, déjame convencerte. Quedemos”
Fueron los mensajes enviados por Juan, el director del centro. Un patético intento para lograr que yo aprobara su proyecto. Había intentado que mi opinión fuera favorable a su idea de centro. Para ello, me ofreció su influencia para que yo pudiera conseguir el traslado a otro centro, una recomendación para lograr ir a Estados Unidos, pero siempre me negué. Leí sus mensajes y respondí,
“No. Ya te he dicho que no. Déjalo ya, por favor. No me obligues a tomar otras medidas. Esto empieza a ser acoso.”
Observé el doble check azul que demostraba que había leído mi mensaje y comprobé que estaba escribiendo su respuesta.
“Esto no va a quedar así, Noemi. Vas arrepentirte de tu decisión.”
Respondí
“Que te jodan, Sr. Director de Centro”
Y poniendo en modo silencio el móvil lo coloqué encima de la mesa
—“¿Quién era?” inquirió Enzo
—“El director. Insiste en mi voto”
—“Quizás deberías pensarlo, Noemi”
—“No hay nada que pensar” dije seriamente “Y no quiero hablar más del tema. ¿Quieres cenar algo?”
—“Estupendo”, asintió mi compañero.
Volví a vestirme después de todo no era cuestión de cocinar desnuda. Ya había cedido bastante aceptando cocinar pero me negaba a ser una “porno chacha”.
Me dirigí a la cocina, abrí la nevera para ver qué podía hacer con lo que tuviera dentro, cogí un paquete de filetes de pollo, un tomate y una tarrina de queso philadelphia.
Había pan de molde en la alacena. Empecé a freír los filetes de pollo con solo unas pocas gotas de aceite. Dispuse dos platos y cuatro rebanadas de pan sobre la mesa de la cocina. Introduje dos rebanadas de pan en una tostadora y corté dos rodajas de tomate.
Vigile la sartén para que no se quemaran los filetes. Saltaron las dos rebanadas de pan, las unté con el queso y coloqué una rodaja de tomate. Di la vuelta los filetes y metí las otras dos rebanadas en la tostadora.
Retiré la sartén del fuego cogí un filete de pollo y lo puse encima de la rebanada con tomate, lo cubrí con la otra. Saltaron las otras dos rebanadas de pan y repetí la operación.
En breves instantes, había preparado una comida para dos. Frugal, sí, pero comida al fin y al cabo. “Y si no le gusta, que lo prepare él”, pensé.
Tomé dos coca—colas de la nevera y una bandeja y fui al salón.
Enzo estaba sentado en el sofá, seguía desnudo cuando se abrió la puerta del piso y entró Ana.
—“Joder, Enzo, veo que tienes ganas de guerra” dijo la que era profesora de educación física y compañera nuestra, “Dame un minuto, voy al baño y nos ponemos al día, que hoy te tengo muchas ganas— Me tienes que compensar por traerte la moto desde el Insti”
Enzo me miró, luego miró a Ana, fijamente, con los ojos muy abiertos y volvió a dirigirlos a mí. Ana finalmente se percató de que yo estaba en la habitación.
—“Vaya, si es nuestra Jefa de Estudios. Qué agradable sorpresa, y ha preparado comida y todo. Qué apañada”
No reaccioné. Me quedé alelada, quieta, sin creer lo que estaba oyendo. Sabía que Enzo y Ana compartían piso pero ignoraba que hubiera algo más y esa forma de hablar, esa familiaridad dejaba bien claro que había algo más.
—“No nos mires así, Mary Poppins”, dijo Ana, “ No me importa que te estés tirando a Enzo. De hecho, podríamos hacer un trío. ¿Te gusta la idea, Noemi?. Ahora puedo llamarte Noemi ¿no? ¿o era Noemi?
—“Basta Ana” intervino Enzo
—“Pero amor, si de verdad que no me importa que nos marquemos un trío con esta estirada. ¿Nunca te has comido un coñito?, Enzo dice que el mío está riquísimo. Y ¿sabes? Estoy deseando saborear tu rajita depilada”
Ana se acercó a mí y lo único que pude hacer fue balbucear
—“¡Qué’ ¿Qué? ¿Cómo sabes lo de mi …?”
—“Shhhh, gatita, no tartamudees, te voy a enseñar algo nuevo”
—“Aléjate de mí, zorra” reaccioné.
—“¿Zorra? ¿De verdad tú me llamas zorra?. Entérate puta vieja, has puesto los cuernos a tu marido con un compañero de trabajo doce años más joven que tú. Te has ido con él a Irlanda y has dejado tirado a tu esposo, al padre de tus hijos. Sí, aquí hay una zorra pero no soy yo” exclamo Ana.
Dejé la bandeja sobre la mesa. Recogí mi chaqueta del sofá y abrí la puerta.
—“Espera, Noemi” me suplicó Enzo
Le miré detenidamente y le dije
—“Noemi. Llámame Noemi”
Antes de cerrar la puerta volví mi cara a la suya y añadí:—“Eres un hijo de puta, Enzo. Un hijo de la grandísima puta”
Ana se levantó con una mirada feroz y alzando la voz me soltó : — “¿Pero tú qué te creías? ¿Que Enzo iba a casarse contigo’ ¿De verdad pensabas en una vida en común con él?. Baja de la nube, compañera, que ya tienes una edad. ¿Qué hijos vas a darle’ Le sacas doce putos años y eso no es lo peor. Lo peor es que tienes 45 años, ¿Dónde vas con 45 años?”
Me marché. Y a los pocos pasos pude oír a Ana otra vez, asomada a la puerta: —“Debiste aceptar el trío. Al menos te habrías llevado un gustito para el cuerpo”.
Salí del portal de ese edificio. Totalmente humillada, derrotada. No sé cómo pero pude encontrar mi coche. Entré en él, y con las manos encima del volante, lloré.
No sería la última vez que lloraría