ARRUINADOS.

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—¿¡Por qué mi hija!? Consuelo gritó presa del dolor que atenazaba su corazón, se sentía herida y creía morir ante la fatal noticia.  —Mamá, por favor, trata de tranquilizarte, no te hará ningún bien. Además, Alessia sigue viva y mientras haya vida hay esperanza. Debemos confiar y rogar al cielo por un milagro.  Allegra necesitaba creer en sus propias palabras, de lo contrario caería en un torbellino de desesperación y no sería de ayuda para sus padres y su hermana, que dormía con pocas esperanzas de despertar.  —¡Llama al doctor! —gritó a su padre al ver a su madre desvanecerse.  La enfermera y el médico corrieron para brindarles ayuda. El corazón de Allegra latió fuerte dentro de su pecho, temía que su madre no fuera a resistir todo lo que estaban viviendo. Miró a su padre con dolor. Se veía pálido y cansado.  Allegra esperó con ansiedad tener noticias de su madre. Su padre se alejó de ella, sabía que trataba de ser fuerte, pero en su corazón temía que tampoco soportara la situación. Alessia era su hija favorita, gracias a que siempre estuvo dispuesta a complacerlo en todo lo que disponía, a diferencia de Allegra, y en el fondo le dolía no poder ser como ella.  Una hora más tarde le permitieron ver a su madre, quien fue trasladada a una de las habitaciones privadas. Los médicos tuvieron que sedarla para lograr tranquilizarla. Verla dormir de cierta forma era mejor que verla sufrir y llorando. Su padre, sin embargo, parecía un muerto en vida. Quería llorar, pero no tenía tiempo para eso. Debía ser fuerte para su familia. Tenían dinero suficiente para comprar todo lo que el dinero podía comprar. Lamentablemente no alcanzaba para comprar la salud de Alessia, su vida dependía de un tanque de oxígeno, de su fuerza de voluntad, pero sobre todo de un verdadero milagro.  Allegra jamás imaginó que así sería el reencuentro entre ellas. Todo lo contrario, creyó que la vería el día de la boda, vestida de novia y ella siendo la madrina. Sin embargo, un accidente había cambiado el rumbo de sus vidas. La tragedia había tocado a sus puertas, echando por la borda los planes y sueños de Alessia. Salió de la habitación, para ir donde su padre.  Lucio vigilaba a Alessia a través del cristal. Temía que, al apartarse, ella se marchara de su lado. El miedo y la angustia golpeaban su pecho con cada latido de su corazón.  —Intenta descansar, papá. Esta espera puede ser larga y tanto Alessia como mamá te necesitan bien. —Allegra colocó una mano sobre el hombro de su padre, tratando de transmitirle una fuerza que no sentía.  —No puedo descansar mientras mi hija permanezca en ese estado. ¿Por qué ella? —preguntó golpeando el vidrio con su frente, unas cuantas lágrimas se derramaron por las mejillas del hombre, causando dolor en Allegra. —No lo sé, papá. Quisiera poder ahorrarte este dolor, pero no hay nada que pueda hacer. Me siento completamente atada de pies y manos. Si pudiera ocupar el lugar de Alessia, lo haría sin dudarlo.  Lucio observó a su hija, tan idéntica a la otra. Eran dos gotas de agua, quien no las conociera podría fácilmente confundirlas.  —¿Cómo sigue tu madre? —preguntó, apartando los pensamientos que venían a su mente. Era una locura que ni siquiera debía pensar, pero…   —Desconsolada, despertó por un momento, pero los sedantes son fuertes y volvió a dormirse. Creo que es lo mejor para ella.  Allegra podía entender el sentimiento de su madre. Alessia era quien había estado a su lado durante los últimos cinco años; mientras ella se había trasladado a la provincia para vivir una vida totalmente diferente a ellos.  —Para ninguno es fácil aceptar esta terrible verdad, Allegra. Ni siquiera sé cómo darle la noticia a Lucca, la boda es en dos semanas, las tarjetas han sido entregadas, esta boda no puede cancelarse.  Allega miró a su padre sin comprender sus palabras. ¿No era evidente que para Alessia sería imposible llegar al altar en su estado? ¿Cuál era la prisa de su padre para ver a su hermana casada?  —Puedo hablar con él, papá. No creo que sea un hombre duro de tratar, él debe saber lo que ha ocurrido y los motivos para cancelar la boda o retrasarla hasta que ella esté en condiciones de caminar hacia el altar por su cuenta.  Lucio negó ante las palabras de su hija.  —Esperemos un poco más, Allegra. Él se encuentra en Italia por negocios, volverá al país en una semana, quizá para entonces tu hermana esté despierta o yo tenga una solución, pero no voy a cancelar la boda.  —No podemos retrasar lo inevitable, papá, si no lo sabe por nosotros lo sabrá por las noticias. Eres un hombre importante y la prensa seguramente ya está al tanto de lo ocurrido. Será mucho peor si se entera de esa manera, puede incluso molestarse con tu falta de empatía. ¡Es el prometido de Alessia! —insistió, sin lograr convencer a Lucio.  —No te preocupes por eso, lo tengo resuelto. Ningún medio de comunicación publicará sobre el accidente, ahora mismo mis abogados están negociando con los medios, no voy a permitir que este accidente salga a la luz.  Allegra negó ante las palabras de su padre. No todo se podía comprar con dinero. Sin tener en cuenta que cada departamento en el país contaba con pequeñas revistas locales, quizá pudiera callar a los medios más importantes del país, pero ¿qué sucedería si se filtraba la información? Ella creía firmemente que decir la verdad era mucho mejor, debían llamar a Lucca e informarle sobre el accidente y las consecuencias que había tenido para Alessia.  —Tienes prohibido desobedecerme, Allegra. Déjame manejar esto de la mejor manera. Te aseguro que tu madre y hermana te lo agradecerán.  Allegra quería insistir, pero su padre parecía decidido a ocultarle la verdad a Lucca. El hombre era el prometido de su hermana. ¡Tenía derecho a saber! ¿Qué sucedería si ella moría? Negó, apartó los pensamientos de su cabeza, sintiéndose terriblemente mal por siquiera pensarlo.     **   Allegra volvió a la habitación donde su madre dormía. Se sentía cansada física y emocionalmente. Ninguno de sus padres querría volver a casa para descansar. Insistir sería una pérdida de tiempo, aun así, estaba dispuesta a hacerlo. Por momentos se sentía perdida. Creía que había algo que se estaba perdiendo en todo el asunto, pero le restó importancia. Quizá fuera el cansancio, que le hacía ver cosas donde no las había.  —¿Señorita Ferrer?  La voz de la enfermera logró espantar el sueño, se había quedado dormida sin darse cuenta, porque no había dormido durante toda la noche.  —¿Qué sucede? —preguntó alarmada, pensando que podía tratarse del estado de salud de Alessia.  —No se asuste, solo quería entregarle las pertenencias de su hermana.  Allegra recibió el bolso de Chanel´s, el favorito de su hermana.  —Gracias por su amabilidad, señorita.  La enfermera asintió y se marchó de la habitación. Al mediodía el sonido del móvil la asustó. Había estado sumergida en sus recuerdos y en algunas otras preguntas que venían a su cabeza y que no lograba comprender en torno a su familia, como la insistencia de su padre por mantener a Lucca ajeno a la verdad. El móvil volvió a sonar, con manos temblorosas abrió el bolso para cogerlo. El nombre de Lucca aparecía en la pantalla, provocando un escalofrío por toda su columna vertebral.  —Contesta, Allegra, si es Lucca, no le digas nada sobre Alessia por favor —pidió su madre desde la cama.  Allegra oprimió el botón verde y se llevó el móvil al oído. Sus manos temblaban, su boca se había secado producto de los nervios que inundaban su cuerpo.  «Cariño, lamento ser tan insistente, te estuve llamando desde tempranas horas, espero no haber interrumpido tu descanso».  Allegra tragó el nudo que se había formado en su garganta al escuchar la voz de Lucca al otro lado de la línea. ¿Qué podía decirle? Miró a su madre acomodándose en la cama y con mirada suplicante susurró:  —No le digas nada.  —Lucca —murmuró ella, incapaz de decir una sola palabra más.  «Estoy tomándome un minuto para llamarte, cariño, estoy dándome prisa para terminar con todos los pendientes y volver. Te llamaré por la noche, te amo».  —Lucca —repitió, incapaz de pensar algo coherente para decir.  «Tengo que irme, te llamaré».  La línea quedó muerta. Allegra apartó el móvil de su oído y miró a su madre con preocupación.  —Gracias por no decirle. Él no puede enterarse del accidente de Alessia. La boda no puede cancelarse.  Allegra se puso de pie con evidente enojo.  —No puedo creer tus palabras, mamá. ¿Cómo puedes hablar de esa manera? Él tiene derecho a saber lo que sucede con Alessia. ¡Es su prometido! No pueden esconder una verdad tan grande. No puedo permitirlo mamá, llámalo y dile la verdad o se la diré yo.  —¡No puedes hacerlo, Allegra! Si quieres un poco a tu hermana, no llames a Lucca. No le reveles nada. Esta boda no puede cancelarse.  —¿Te estás escuchando, mamá? ¡Dios mío! Pareces más preocupada por la boda que por Alessia. Olvídate de la boda. Lo único que importa es que ella se recupere.  —¡Estamos arruinados, Allegra! …Sin esta boda, terminaremos en la calle.    
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