—Bien hecho —dijo el General que se encargaba de sus casos—. Conseguiste lo que muchos desearon y nadie alcanzó. Isabella mantuvo los hombros firmes. —Quiero que me la devuelvan. Hice lo que me pidieron. El hombre asintió. —La tendrás esta misma noche. Isabella también asintió una vez y giró para salir. —Isabella, gracias —agradeció el hombre. Isabella salió de ese lugar con el pecho inflado. Confiaba en que le entregarían a su hija, y no tuvo remordimientos. No se sintió mal por la destrucción de la familia Cavalli. No se sintió mal por Dante, ni por el anillo que aun llevaba en su dedo. Isabella miró la montaña justo a las espaldas de la base y luego miró su anillo. Ella juró proteger a los inocentes, juró lealtad a la organización. Juró que su vida la dedicaría a extinguir e

