Capítulo 4

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Presente AURA (21 años) Cuando era niña siempre anhelaba el amor de mis padres. Deseaba que mi padre jugara conmigo, me construyera casas en los árboles o me sentara en su regazo a leerme un libro. Soñaba con que mi madre me enseñara a hacer postres, me comprara vestidos y me hiciera peinados. Pero todo eso quedaba solo en lo que era: sueños de una niña tonta que anhelaba el calor de su familia. No todo en mi familia fue malo, pues tenía un hermano mayor que a pesar de que no podía pasar mucho tiempo conmigo, se esmeraba en darme la atención que mis padres se negaban a darme. Nereo vio dar mis primeros pasos cuando mi padre estaba en alguna reunión de la organización y mi madre en algún viaje porque se sentía estresada. Nereo me llevó a mi primer día de clases, me sacó mi primer diente, me enseñó a montar en bici y estuvo a su manera en cada etapa importante de mi vida de las que mis padres ni se daban por enterados. A pesar de todo lo que vi y viví nunca los odié. Siempre buscaba razones para entenderlo y no era tonta. Sabía que en el mundo en el que vivimos las muestras de afecto no son muy bien vistas ante los ancianos de la Cosa Nostra, donde la frialdad es un símbolo de poder. Simplemente fui entendiendo que podía tener todos los lujos —las sedas más caras y el mármol más frío bajo mis pies—, pero jamás podría tener el calor familiar. Nunca odié a mis padres hasta hace cinco años cuando mi vida fue destrozada. Reducida a pedazos y el hombre que se supone que debía cuidarme le dio la razón a mi agresor, lo protegió de la organización y lo ascendió. Deseé por primera vez que mi madre muriera cuando en lugar de apoyarme, darme un abrazo y decirme palabras tranquilizadoras, me bofeteó. El golpe me quemó la mejilla, pero lo que más dolió fue ver cómo se enojó porque estaba abrazando a mi propio hermano. Hace cinco años la chica noble y alegre murió en aquella habitación lúgubre donde fui encarcelada, un espacio con olor a humedad y encierro en el que viví nueve meses antes de parir y ser exiliada de mi propia familia. Desde entonces no veo a mis padres, es como si me hubieran borrado del registro familiar. El único que sigue visitándome en el convento —donde las paredes de piedra parecen absorber mis lamentos— es mi hermano Nereo. Cada dos meses viene a visitarnos. Le trae regalos a Lira y me trae una bandeja de cannolis hechos por mi Tata, cuyo olor a canela y azúcar es lo único que me conecta con mi hogar. Nereo casi se tuvo que arrodillar ante mi padre para que en lugar de matarme a mí y al "bastardo", como comenzó a nombrar a mi bebé, nos enviara a un convento en un lugar alejado de la villa. Lo único bueno de ser exiliada es que no soy material de esposa. Como tampoco tengo que ver a mi agresor. Digo lo único bueno porque desde que llegué a este convento no he tenido un día de descanso. Las monjas son demasiado estrictas conmigo. No me quejo porque a pesar de que son largas horas de jornadas que me agotan físicamente, entre la limpieza de los pasillos infinitos y el peso del agua en los baldes, no permiten que los recuerdos de aquella noche y todos aquellos pensamientos oscuros me invadan. —Tierra llamando a Aura. En mi campo de visión aparece una delicada mano morena con pequeñas manchas blancas y una voz dulce y divertida me hace reaccionar. Mis ojos se encuentran con unos impresionantes ojos grises blanquecidos y una piel morena con pequeñas manchas blancas. Un cabello azabache rizado y abundante que cae sobre sus hombros, y un sencillo vestido rosa de flores blancas que parece demasiado alegre para la seriedad de este lugar. —Lo siento —suelto una risita— a veces me pierdo en mi cabeza. Nyara me observa con esos grandes ojos grises blanquecidos y con esa chispa de picardía y travesura cruzando en ellos. La morena sufre de una enfermedad llamada vitíligo. Por lo que con el color de ojos y con esas pequeñas manchas blancas se ve exótica. Es hermosa con su abundante cabello, con su estilizada figura de reloj de arena que el vestido apenas disimula, con esas piernas largas y esa travesura que suele meterla en problemas con las hermanitas del convento. —Si ya decía yo que el despiste viene de familia —me molesta. Suelto una carcajada porque sé que se refiere a mi hermosa hija Lira. Nyara es maestra en el convento. No sé mucho de sus orígenes, pero lo único que me ha contado es que su familia la envía lejos de casa para que su círculo no se dé cuenta de que es material imperfecto. Creo que por eso congeniamos al instante en que nos conocimos. —¿Qué haces aquí? —pregunto. Es una hora donde los niños que viven en el convento están en clases y a mí me toca limpiar los enormes jardines. Me apoyo en el palo de madera que sostiene un rastrillo. Supongo que ha tenido mejor vida y ahora luce como si quisiera que lo pensionaran, con la madera rugosa y gastada por el sol. Varias hojas secas reposan debajo del rastrillo y lucho para que el viento colabore conmigo y no las siga esparciendo por todo el lugar. Nyara resopla y hace una mueca de fastidio. —Tu desagradable hermano está esperándote en el jardín principal. Suelto una carcajada ante el tono de desprecio con el que se refiere a mi hermano Nereo. Al parecer el desprecio es mutuo porque mi hermano ya en varias ocasiones me ha dicho que me aleje de Nyara porque no es más que un vendaval de problemas. Nunca le hago caso, porque la morena es mi única compañía además de mi hija Lira en este lugar donde el silencio y la piedra parecen consumirlo todo. —¿No entiendo por qué se odian tanto? —me burlo, sintiendo una chispa de ligereza en medio de mi rutina, mientras le hago seña para que tome la bolsa negra de basura que he dejado a un lado de un pequeño bote de metal abollado. La morena rueda los ojos, un gesto cargado de esa rebeldía que tanto la caracteriza, toma la bolsa y la abre con un crujido de plástico que rompe la paz del jardín. Tomo el recogedor y comienzo a barrer las hojas secas, cuyo crujido bajo las cerdas del cepillo es el único ritmo de mi mañana, para poder echarlas en la bolsa. —Es un maldito engreído, estirado con cara de que siempre vive con un palo dentro de su trasero —escupe la morena, y puedo notar la vibración de fastidio en su voz dulce. —Mira que dicen que del odio al amor solo hay un paso —la molesto, disfrutando de la reacción que sé que vendrá. Ella suelta la bolsa de golpe y todas las hojas que ya había barrido con tanto esfuerzo se esparcen por el suelo, bailando con el viento que vuelve a jugar en mi contra. —¡Oye! —Pues yo seré la excepción a esa regla. Tu hermano no es mi tipo. No me gustan los hombres que se creen mucho, mira que también dicen por ahí que mientras más presumen, poco aguardan. Me muerdo el labio inferior, sintiendo el sabor metálico de la ansiedad mezclado con la diversión, aguantándome las ganas de soltar una carcajada cuando mi hermano Nereo se cruza de brazos justo detrás de la morena. Su presencia es imponente, una sombra alta y rígida vestida con un traje oscuro que parece fuera de lugar entre las flores, y la mira como si quisiera arrancarle la cabeza con la sola fuerza de sus ojos. Nyara ni cuenta se ha dado y sigue su diatriba, gesticulando con esas manos marcadas por el vitíligo. —Nadie le quita lo guapo, pero sí, así como vive folla, paso. No me gustan tan rígidos y prefiero meter mi cabeza en una piscina llena de pirañas antes que fijarme en el imbécil de tu hermano ¡Que hasta pequeña debe tenerla! Hago una mueca de asco ante la última referencia, sintiendo ese rechazo instintivo al imaginar la intimidad de mi propio hermano. —Nyara —intento llamarla, con la voz baja y urgente, para que se calle y deje de avergonzarse frente al hombre que domina la jerarquía de nuestra familia, pero la morena me ignora por completo. —Debe ser ese tipo de amante que solo piensa en su placer y deja a las mujeres insatisfechas. —Mi chocolate combinado —ahora intento con el apodo que le di, esperando que el cariño la haga reaccionar. —Sé que tú no debes saber de eso, y pues yo tampoco debería porque estamos en este maldito lugar donde solo vemos monjas y curas, pero yo leo cosas. —Morena —insisto, viendo cómo el rostro de Nereo se endurece, transformándose en esa máscara de piedra propia de la Cosa Nostra. —Sus amantes deben de ser de esas que fingen el orgasmo solo para inflar su ego —ella sigue sin prestar atención y mi hermano, con cada cosa que dice la morena, arquea una ceja que ya está por llegarle al nacimiento del cuero cabelludo, manteniendo una calma tensa y peligrosa. La morena sigue soltando insultos, hablando de la vida s****l de mi hermano, de lo arrogante, engreído, frío y rígido que es, hasta que Nereo carraspea, un sonido seco que resuena en el jardín como el gatillo de una de sus armas. Nyara abre los ojos de par en par y la mandíbula se le descuelga. Es divertido porque si hiciera alguna referencia se parecería a esos dibujos animados donde la mandíbula golpea el piso por el impacto de la realidad. —Tu hermano está a mi espalda ¿Verdad? —pregunta la morena en un susurro cargado de pánico. Asiento con solemnidad, sintiendo el peso del aire volviéndose denso entre ellos. —¿Hace mucho tiempo? —Desde que comenzaste a insultarlo —le respondo, escondiendo una sonrisa tras mi mano. —¿Esa es la razón por la que me estabas llamando con tanta intensidad? Asiento nuevamente. Nyara se da una palmada en la boca, un gesto rápido de arrepentimiento tardío. —Maldita boca la mía —murmura por lo bajo. Nereo camina hacia mí con pasos seguros y elegantes, bordea a la morena ignorándola por un segundo hasta llegar a mi puesto. Me da un pequeño beso en la frente, un gesto de afecto que solo reserva para mí, y luego se gira para mirar a la morena que ya estaba en la tarea de fugarse, como si buscara una salida entre los arbustos. —Te aseguro, ricitos —habla mi hermano con esa voz profunda y autoritaria que utiliza para dar órdenes en la organización— que ninguna mujer que ha estado en mi cama sale insatisfecha. Como tampoco ninguna se ha quejado de mi tamaño. Sé muy bien utilizar tanto mis manos, como mi lengua y ni se diga de mi polla. Solo necesito de unos minutos a solas para ponerlas a gritar. Nyara abre los ojos, el rubor subiendo por su cuello moreno, pero rápidamente se recupera y eleva el mentón con orgullo, enfrentando la mirada de acero de Nereo. —Quizás solo lo hacen para no herirte el ego. —Cuando quieras hago que hasta olvides tu propio nombre y que solo recuerdes el mío —le responde Nereo, acortando la distancia entre ellos con una lentitud depredadora. —Ya quisieras —escupe ella, aunque su respiración se ha vuelto un poco más agitada. —Eso mismo te digo, yo no soy el que está curioso por la vida s****l del otro. Pero entiendo, nadie miraría a una mujer que solo lleva veneno en los labios. Nyara no retrocede, aunque la diferencia de altura la obliga a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello moreno. La tensión en el jardín es tan espesa que casi puedo olerla, mezclada con el aroma a pino y el perfume caro de Nereo. —El veneno solo mata a quien es lo suficientemente débil para dejarse morder —desafía Nyara, con los ojos grises centelleando de una forma que nunca le había visto. Su pecho sube y baja con rapidez bajo el vestido de flores, y no sé si es por la furia o por la cercanía de mi hermano. Nereo suelta una risa corta, carente de humor, y da un paso más, invadiendo por completo su espacio personal. Sus zapatos de piel italiana pisan las hojas que ella acaba de esparcir. La mano de mi hermano se mueve rápido, atrapando un rizo azabache de Nyara entre sus dedos. Ella se tensa, pero no se aparta. —Cuidado, ricitos. Las mujeres con la lengua tan larga suelen terminar buscándole uso a la mía para que las mantenga calladas —su voz ha bajado una octava, volviéndose un murmullo ronco que me hace sentir como si estuviera interrumpiendo algo privado y pecaminoso. —En tus sueños, Velluto —escupe ella, aunque sus dedos se entierran en la tela de su propio vestido. —En mis sueños no necesitas hablar —responde él, soltando el rizo con un tirón lento que la obliga a dar un traspié hacia adelante, quedando a milímetros de su pecho—. Ahora, lárgate antes de que decida que la mejor forma de castigar tu insolencia es demostrándote lo equivocada que estás sobre mi tamaño y mi resistencia. Cuando noto que la morena está a punto de soltar la caballería y las discusiones de estos dos llegan hasta casi ser groseras, interfiero. La tensión entre ellos es un cable pelado a punto de soltar chispas. —¿Qué haces aquí? —le pregunto a mi hermano, intentando desviar su atención de la morena que le lanza dagas con los ojos, una mirada tan afilada que juraría que ha cortado el aire entre ellos. —¿No puedo venir a visitar a mi hermanita y a mi sobrina? —me dice con una tierna sonrisa, esa que solo me dedica a mí y que suaviza sus facciones de piedra. Mi hermano con los años se ha hecho mucho más guapo. Su cabello rubio, del color del trigo bajo el sol siciliano, lo lleva en un corte bajo, impecable. Lleva una pequeña capa de barba que le da ese toque de chico malo, de hombre que conoce el peso de un arma, y a medida que pasan los años su cuerpo se vuelve más atlético y fornido, llenando con autoridad el traje de sastre que viste. —Todavía faltan unas semanas para la visita —me muerdo el interior de la mejilla, sintiendo el sabor amargo de la sospecha. Nereo nunca rompe el protocolo sin una razón de peso. Nyara me hace señas de que nos dará espacio y yo se lo agradezco con la mirada. Ni siquiera se despide de Nereo; se gira con un movimiento de caderas digno de una reina y se aleja, dejándonos solos en el jardín. —Eres demasiado lista para tu propio bien —dice Nereo, observando cómo Nyara se pierde de vista. Suelto una risita, un sonido pequeño que se siente extraño en este lugar tan serio. Mi hermano me toma de la mano —sus dedos son cálidos y callosos— y me hace caminar hacia unas bancas de cemento blanco que están en el jardín, rodeadas de estatuas de santos que parecen vigilarnos con ojos vacíos. Tomamos asiento y comienza a contarme cómo está Tata, pero su voz suena forzada. Sé que me está escondiendo algo, porque esquiva mi mirada, enfocándose en un punto perdido de los rosales. —¿Nos has venido solo a contarme de como está Tata, verdad? —le interrumpo. Mi hermano traga saliva y sus ojos, del mismo azul que los míos, pero cargados de sombras, se clavan en los míos. —Nunca te voy a mentir. Me niego a mantenerte al margen de la vida que llevamos solo con la absurda idea de que eso te puede mantener a salvo —mi hermano me toma de las manos, apretándolas con una urgencia que me asusta— son tiempos difíciles. Ennio está formando una revuelta para quitarme mi puesto y mi padre ha dicho que solo el que logre vencer al otro le dará el mando. Una extraña sensación se me forma en la boca del estómago, una náusea gélida solo al escuchar la mención del nombre de mi agresor. El nombre del hombre que me robó la inocencia suena como una sentencia. Y no se me hace nada raro que mi padre esté apoyando más a su perro faldero que a su propio hijo; en la Cosa Nostra, la utilidad suele valer más que la sangre. —¿Entonces? —pregunto, con la voz apenas superior a un susurro. —Tengo gente de mi lado, pero no estoy tan consolidado como para poder mantenerte a salvo a ti y a mi sobrina. Y me niego a que las lastimen. No permitiré que pongan un dedo sobre ustedes. —Solo dime a qué has venido, Nereo. —En un mes te casarás con el hijo de uno de los hombres más poderosos de Londres. He hecho un trato con Agust Darrend para que te cases con su hijo adoptivo, Sergei. Siento como mi entorno cuidadosamente construido, estas paredes de piedra que creía que me protegían, comienza a desmoronarse. El suelo parece ceder bajo mis pies. —¿Q... qué? —pregunto nerviosa, con el corazón martilleando contra mis costillas como un pájaro enjaulado. —Lo siento, Aura, pero ahora es la única solución que encuentro para mantenerte a salvo. Siendo la esposa del Vor del clan Darrend, mi padre no podría ni siquiera tocarte. Estarás bajo la protección de los rusos, fuera de su alcance, fuera del alcance de Ennio. Observo el rostro de mi hermano. El pecho se me comprime porque sé que sigue cargando con la culpa de lo que pasó, una sombra que le oscurece la mirada cada vez que me ve. Como también soy consciente de que un matrimonio concertado entre familias permite formar alianzas que den más poder, y él necesita ese poder para sobrevivir a la guerra que viene. Elevo la mano y acaricio la mejilla de mi hermano, sintiendo la aspereza de su barba. Yo me rompí aquella noche, pero mi hermano lleva rompiéndose hace mucho tiempo por mi causa. No voy a agregarle más preocupaciones solo porque no me agrada casarme con alguien que ni siquiera he visto, un extraño que probablemente sea tan despiadado como los hombres que ya conozco. Además, ahora no solo tengo que pensar en mí, sino en una pequeña niña que es mi mundo completo; no puedo poner a Lira en peligro solo por mis miedos. Y si para protegerla debo ser la esposa trofeo de algún mafioso ruso, que así sea. —No te preocupes, que entiendo por qué lo haces —le digo a Nereo, tratando de que mi voz suene firme, aunque por dentro tiemble. —No quería que este momento llegara, Aura. Quería algo mejor para ti. —Pero en ocasiones tienes que unirte a un monstruo más poderoso para poder vencer a otro. —Sabias palabras, hermanita —Nereo me sonríe, pero es una sonrisa triste, cargada de una derrota que ambos compartimos. Nereo me sonríe y me atrae hacia él en un abrazo que huele a tabaco y a hogar perdido. Y yo sé que mi vida ha cambiado por completo. El convento ya no es mi cárcel; ahora lo será un palacio en Londres, al lado de un hombre llamado Sergei.
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