CAPITULO 5

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AURA Mi hermano me da un abrazo de esos que me reconfortan, un refugio de olor a tabaco caro y hogar que se desvanece demasiado pronto, y se despide con la promesa de que nos veremos dentro de un mes. Me asegura de que no tengo de qué preocuparme porque los Darrend se encargarán de todo lo referente a la boda; habla de ellos como si fueran una maquinaria imparable de poder. Le pregunté a Nereo que, si mis padres asistirían a la boda y cuando vi su rostro contorsionarse por el desagrado, una mueca amarga que tensó su mandíbula, supe que después de todos estos años otra vez vería al hombre que en lugar de creer en la palabra de su sangre prefirió creer la palabra de un extraño. Solo espero que no decida llevar a Ennio porque todavía no me creo capaz de enfrentarlo; el simple pensamiento me revuelve las entrañas, además de que me aterra la idea de que ese hombre esté en el mismo espacio donde va a estar mi hija. Termino de recoger las hojas secas del jardín, sintiendo cómo la madera del rastrillo me ampolla las palmas, y me apresuro a buscar a Lira. Dejo todo organizado en las bolsas de basura pesadas y negras, anudándolas con fuerza para que las monjas del convento no tengan quejas de mi trabajo. Camino por el enorme jardín que da al patio principal, donde los niños corren y gritan cada vez que terminan las clases o tienen algún descanso entre ellas, creando un estrépito que hoy me taladra los oídos. Me limpio las manos con el delantal de tela basta mientras mis ojos se mueven frenéticos por el lugar, buscando una mata de cabello rubio idéntico al mío entre la multitud de uniformes sencillos. Frunzo el ceño cuando no la encuentro. Nyara está en los columpios, empujando suavemente a algunos niños mientras su cabello azabache brilla bajo el sol, así que camino hacia ella con el corazón empezando a bombear más rápido. Me sonríe cuando me ve llegar, con esa luz que siempre trae consigo. —¿Ya se fue el imbécil de tu hermano? —pregunta apenas me acerco, con un tono de voz que intenta sonar desinteresado, pero falla. Suelto una risita porque entre esos dos hay una tensión que se puede palpar en el ambiente cada vez que se ven, una electricidad estática que eriza los vellos de los brazos, pero como están más pendientes en insultarse no se dan cuenta de que toda esa tensión no es porque se caigan mal, sino porque hay algo más, un hambre que ninguno se atreve a nombrar. No se lo digo a la morena porque me encanta mi vida y no quiero morir tan joven bajo sus garras. —Sí, ya se fue —respondo con diversión, aunque la sombra de la noticia de Nereo me oscurece el gesto. —¿A qué vino? —A decirme que me caso en un mes con uno de los hombres más peligrosos y poderosos de Rusia, Londres y hasta quizás del mundo —respondo, intentando restarle importancia al asunto, como si estuviera hablando del clima y no de mi sentencia de muerte. Mis manos sudan de solo mencionarlo, una humedad fría que me empapa las palmas, y mi corazón late demasiado rápido dentro de mi pecho, lo siento golpear contra mis costillas como si quisiera escapar de la jaula de mi cuerpo; el pulso se me acelera en la garganta y el contenido de mi estómago se revuelve en una náusea ácida. Me aterra en gran medida esta situación. Como también me aterra que Sergei Darrend quiera consumar el matrimonio, que reclame mi cuerpo como si fuera un territorio conquistado. Solo Nyara sabe que por las noches tengo pesadillas donde el aire se me acaba, y que me paralizo, quedando rígida como una estatua de sal, cuando algún hombre intenta tan solo darme una mano. Me siento tan sucia, marcada por un rastro invisible que nadie más ve, que constantemente me lavo las manos como una maniática bajo el chorro de agua fría hasta dejarlas en carne viva, rojas y sangrantes. —Es broma ¿Verdad? —pregunta Nyara, y por primera vez el brillo de sus ojos grises se apaga para dar paso a la preocupación real. Sacudo la cabeza, sintiendo el peso del mundo sobre mis hombros. —Me encantaría contarte los pormenores, pero necesito encontrar a Lira para darle unos chocolates que le trajo Nereo —le digo, buscando cualquier excusa para moverme, para no colapsar ahí mismo. —¿Sabes que no te puedes escapar del interrogatorio que te voy a hacer? Tienes que contarme todo con puntos y comas. Ruedo los ojos porque sé que no se le quitará la idea de la cabeza hasta que no le diga con comas y puntos cada palabra que mi hermano vino a escupirme sobre mi futuro. —Lo sé —respondo, forzando una sonrisa que no llega a mis ojos—. Ahora ¿Has visto a mi pequeña? —La vi caminar hacia la pequeña capilla —me responde Nyara, señalando con la cabeza hacia la estructura de piedra gris que se alza al final del sendero. Frunzo el ceño. A mi pequeña le encanta rezar; dice que todos los días le pide a Dios que podamos ser felices y que podamos salir de este lugar de penitencia. Pero he notado que cada vez que el cura que da las misas por las tardes está cerca, ella se tensa como una cuerda a punto de romperse. Comienza a temblar y palidece, volviéndose blanca como el mármol del altar. Las alarmas de mi cabeza se encendieron en seguida que vi esta reacción, un instinto primario de protección, pero por más que intenté que me contara cuáles eran los motivos, ella se cerró. Formó un muro de silencio entre nosotras que no fui capaz de derrumbar, por mucho que le suplicara. Me giro rápidamente sobre mis talones y me apresuro a caminar hacia la pequeña capilla, mis pies golpeando el suelo con una urgencia que me quema los pulmones. Me topo con algunas hermanas cuyas túnicas negras ondean como sombras, pero ignoro sus saludos y las malas miradas de otras que siempre me juzgan por mi pasado. No tengo tiempo de lidiar con sus resabios y sus juicios en estos momentos. Los pasillos se me hacen eternos, un laberinto de ecos donde los gritos de los niños, los murmullos de las oraciones y las risas lejanas son un eco distorsionado en mi cabeza que ahora trabaja a mil por minuto. Miles de escenarios de horror se despliegan en mi mente como una película de terror. Odio que cualquier hombre esté cerca de mí y de mi hija; me aterra que ella pueda pasar por lo que yo pasé, ese dolor que te despoja del alma, y que yo no pueda llegar a tiempo para evitarlo. Cuando la tuve en mis brazos por primera vez, sintiendo su calor frágil, me juré que mataría por ella, que destruiría el mundo entero con mis propias manos si alguien intentaba lastimarla. El corazón me late a una velocidad vertiginosa dentro de mi pecho, un tambor desbocado. El sudor frío me empapa la frente y un escalofrío repentino me recorre cada músculo del cuerpo, tensándome hasta el punto del dolor. Un sabor amargo, como a hiel, se instala en mi boca y siento cómo mi propio pulso resuena en mis oídos con un pitido constante que me ensordece. Intento llenar mis pulmones de aire, pero el oxígeno no llega; una extraña sensación de asfixia se ha apoderado de mi pecho y siento como si me hubieran puesto en los hombros un saco cargado de plomo que me hunde hacia el suelo. Como puedo llego a la entrada de la capilla y un sollozo, pequeño y quebrado, hace que mi piel se erice con una descarga de terror puro. El corazón me late más fuerte, si es que eso es posible, retumbando contra mis oídos como un tambor de guerra. La bilis se me revuelve, amarga y caliente en la garganta, y mis pies se apresuran a entrar; me paralizo por unos segundos cuando noto cómo el cura tiene sus asquerosas garras, arrugadas y pálidas, debajo del vestido de flores de mi pequeña hija. —Sabes que solo estamos jugando —le dice el viejo decrépito a mi hija, con una voz melosa que me revuelve el estómago. Lira está inmóvil, una pequeña estatua de porcelana a punto de hacerse trizas. Solo un pequeño sollozo que resuena por las frías paredes de piedra de esta capilla rompe el silencio sepulcral. Hace cinco años entendí que la r**a humana era el ser vivo más despreciable que habita la tierra. Es un ser repugnante que no conoce límites, un depredador que se viste de santo para devorar la inocencia. No hago ruidos; el aire se ha congelado en mis pulmones. Busco frenéticamente algo que me sirva como arma mientras la visión se me tiñe de un rojo oscuro. Mi cuerpo se mueve como si tuviera vida propia, impulsado por una fuerza ancestral. Algo se apaga en mi cabeza, un interruptor que deja fuera la piedad, y solo me queda el pensamiento de que ese cura es hombre muerto. Nunca he matado a nadie, de hecho, Nyara me dice que soy incapaz hasta de matar una mosca, pero en estos momentos me siento una asesina experimentada, alguien que nació para este acto de justicia sangrienta. Encuentro un viejo candelabro de hierro, pesado y frío. Lo tomo con ambas manos, sintiendo el metal rudo contra mi piel, y sin pensarlo dos veces camino hacia donde el cura sigue tocando a mi pequeña hija. Ella solloza más fuerte, un sonido que me desgarra el alma. —No le puedes decir de nuestros juegos a nadie, igual nadie va a creer en la palabra de la hija de una mujer que no supo mantener las piernas cerradas y por eso fue expulsada de su casa —le dice el cura, su aliento fétido casi rozando la mejilla de Lira. —Le aseguro que nadie se va a enterar de esto —le digo, mi voz saliendo de un lugar oscuro y desconocido, tan gélida que parece congelar el incienso en el aire. El cura gira su cabeza con los ojos abiertos de par en par, las pupilas dilatadas por el miedo súbito; palidece de inmediato, la arrogancia borrada de su rostro marchito. Va a decir algo, abre la boca para soltar más mentiras, pero corto sus palabras cuando tomo el candelabro, lo elevo con toda la furia de mis ancestros y lo estrello contra su cabeza. No le doy solo un golpe, no me detengo. Dejo salir mi rabia, mi dolor, mi resentimiento con el mundo, con las personas que no se detienen a pensar en el daño que causan a otra persona, en las heridas que dejan abiertas para siempre, en cómo le pudren el alma a la víctima, en cómo la encarcelan en un pozo de autodesprecio. El metal choca contra el hueso una y otra vez en un ritmo macabro. Siento la sangre caliente salpicar mi rostro, gotas de rubí que manchan mi piel y mi ropa. El sollozo de Lira se hace más fuerte, un lamento que debería detenerme, pero sigo como en un trance, golpeando los restos de la criatura que se atrevió a tocar lo más sagrado que tengo. Unas delgadas manos me obligan a detenerme, sujetando mis brazos con firmeza, y me giro con brusquedad, dispuesta a atacar a cualquiera que se interponga. Mi pecho sube y baja por la agitación, mis pulmones arden buscando oxígeno. Unos hermosos ojos grises, cargados de una comprensión feroz, me observan. —Ya está muerto —me dice Nyara con un tono suave, pero firme. Las lágrimas bañan mis mejillas, mezclándose con la sangre ajena. El pecho me duele, una opresión física que me impide hablar, porque no pude proteger de la maldad del mundo a la única persona que juré que protegería. Fracasé como madre antes de empezar. —Él... el... —la voz se me entrecorta, un hipido de puro dolor. —No pasa nada, ya estoy aquí —me dice Nyara, envolviéndome en su calor. Dejo que me atraiga a sus brazos, hundiendo mi rostro en su hombro mientras el olor a metal —la sangre fresca y el hierro del candelabro— me inunda el olfato. Me alejo un poco y mi mirada recae en Lira, que está con los ojos fijos, vacíos, en el cuerpo del cura que yace tirado en el piso con un charco de sangre expandiéndose sobre las baldosas y la cabeza destrozada. Ella no me mira. Sigue ida, con la mirada perdida en el vacío, como si solo su cuerpo estuviera aquí, pero su mente hubiera escapado a un lugar donde el dolor no pueda alcanzarla. —Debe estar en shock —dice Nyara a mi espalda, su voz bajando a un susurro profesional. Me miro las manos y están bañadas en sangre, un rojo brillante que se mete bajo mis uñas y mancha mis puños. —Él estaba tocándola —murmuro, la realidad golpeándome de nuevo. —Y por eso tenía que morir —dice Nyara sin un ápice de duda, su mirada fija en el cadáver con un desprecio absoluto. —¿No me vas a acusar? —le pregunto, buscándola en la penumbra de la capilla, temiendo que mi única amiga me vea ahora como el monstruo en el que me he convertido. La miro por encima de mi hombro, con la visión aún borrosa y el pulso retumbando en mis sienes. —Te voy a ayudar a desaparecer el cuerpo, eso es lo que hacen las amigas —responde la morena con una seguridad que me deja fría. Observo cómo camina hacia mí, sorteando el charco que se extiende por las baldosas, y se pone enfrente—. Ahora escúchame bien: vas a tomar a tu hija y la vas a llevar a nuestra habitación. Se van a dar un baño y tú vas a olvidar que mataste a un cura; intenta calmar a la pequeña flor. —¿Tú qué vas a hacer? —le pregunto entre sollozos, mi voz suena como un papel rasgado en medio del silencio sepulcral de la capilla. —Yo me voy a deshacer del cuerpo y a limpiar este desastre —dice ella, mirando el cadáver con una frialdad que asusta, como si solo fuera un estorbo en el camino. —Yo te ayudo —insisto, sintiendo que el peso de lo que he hecho me pertenece solo a mí. Ella sacude la cabeza con firmeza, sus rizos azabaches moviéndose con determinación. —Lira te necesita, haz lo que te digo. Yo me encargo del resto ¿Bueno? —Nyara me da una sonrisa pequeña, una chispa de luz en medio de esta carnicería—. Además, no pienso demorarme porque todavía me tienes que dar los detalles de tu boda. Suelto una risita histérica, un sonido seco que me quema la garganta, porque sé que solo bromea para aligerar el momento, para evitar que me desmorone sobre mis propios pies. Me indica con un gesto que tome a Lira y salga de la pequeña capilla. Eso hago. Tomo a mi hija en brazos, sintiendo su peso pequeño y lánguido contra mi pecho, y me apresuro a escabullirme por los pasillos más lejanos, pegada a las paredes de piedra fría, para que nadie vea mi estado: mi rostro manchado de rojo y mi ropa salpicada de muerte. Tengo un nudo en la garganta que me asfixia y la bilis se me sube caliente y espesa por el esófago, amenazando con hacerme expulsar en el suelo todo el contenido de mi estómago. Al llegar a nuestra pequeña habitación, el aire parece faltarme. Me apresuro a ir al pequeño baño privado que tenemos, una cortesía de la jugosa donación que hizo Nereo para que me lo dieran y nos mantuvieran apartadas del resto. Me quito la ropa con manos temblorosas, dejando que las prendas manchadas caigan al suelo como piel muerta, y hago lo mismo con Lira. Ella sigue tan callada y tan dispersa, con la mirada fija en un punto inexistente, que me duele el pecho solo de verla; es como si se hubiera roto por dentro y yo no supiera cómo pegar las piezas. Dejo que el agua caliente nos empape, el vapor llenando el pequeño espacio y empañando el espejo, y la traigo a mi cuerpo, sintiendo su piel pequeña contra la mía. Me aferro a ella como si fuera mi única ancla en un mar de oscuridad. —Lo siento —le pido entre llanto, las lágrimas mezclándose con el agua de la ducha—. Lo siento. Lo siento tanto. Ella está inmóvil, con los brazos caídos a los lados, sin decir ni una sola palabra. El vapor del agua huele a hierro y a jabón barato. —Debí cuidarte —sigo, hundiendo mi rostro en su cabello rubio, sollozando hasta que me duelen las costillas. Cuando menos lo espero, sus pequeños brazos me rodean con una fuerza sorprendente, aferrándose a mi espalda, pero no habla. Su silencio es un grito que me desgarra. —Ya vamos a salir de este lugar —le digo, tratando de convencerme a mí misma mientras el agua se lleva los restos de sangre por el sumidero—. Solo espero que a donde vamos, sea mucho mejor. Y por primera vez en cinco años, en la soledad de ese baño empañado, elevo una oración desesperada. Espero que mi futuro esposo no sea un monstruo, porque estoy cansada de luchar contra ellos, y no sé cuánta fuerza me queda para enfrentar a otro más.
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