Capítulo 3: Sobredosis.

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Sus labios eran dulces como caramelos, su cuerpo, adictivo como heroína, sus movimientos por completo hipnotizantes, su belleza exótica como un animal casi extinto. Así era ella, así era Rose. Tan valiosa como una gema, pero lamentablemente caía en manos de quienes apenas sabían apreciar su brillo. Sofocados gemidos se escapaban de sus labios a medida que recibía las profundas embestidas de René hacia su cuerpo, el cual se removía ante la violencia de aquellos movimientos que la hacían desvanecerse en el profundo éxtasis de placer. Cargaba un cigarrillo en su mano izquierda y había una bolsa con droga a su mano derecha, una droga que ella apenas había inhalado y que no quería inhalar, pero que sabía que debía, para complacer el hombre que sus ojos miraban con un desbordante placer. René la sujetó por el cuello con fuerza, hundiéndola más en él, sacándole un profundo gemido que resonó en todo el carro. Rose no tenía idea de quien era el dueño de aquel carro, solo sabía que Ré le había ofrecido tener sexo allí, y ella había accedido. Él disfrutaba demasiado de tenerla, de sentir su cuerpo, de sentir como era succionado por el placer que el interior de ella podía ofrecerle. No la quería más que como un pequeño quiere a un juguete, pero no estaba dispuesto a dejarla irse, claro que no, por eso, en aquel instante frenó sus embestidas, mirando de manera fija a aquellos ojos cargados de éxtasis. —¿Qué sucede? —preguntó Rose, tragando saliva, dándose cuenta de que su voz estaba ronca, de que su garganta dolía, no recordaba la última vez que había bebido agua, pero sus labios rotos y el profundo mareo que nunca la abandonada, eran el indicador de que tenía más del tiempo adecuado sin beber una sola gota de ningún líquido que no fuese un fuerte y corrosivo licor—. ¿Por qué te detienes? —Toma un poco —le ofreció él, entregándole la bolsa con heroína. Ella negó con su cabeza, ocasionando que una brusca maldición se escapara de los labios de René—. Vamos, Ro, dijiste que lo harías, dijiste que lo consumirías. —Ya consumí, René, es que… no quiero más, estoy tratando d-de… —¿De qué? —preguntó con un deje de burla sabiendo muy bien lo que ella estaba apunto de decir—. ¿De limpiarte? —Cuando ella asintió, él se partió en risas en su cara—. Tienes años consumiendo esto, no lo dejarás de un día para otro, no seas irreal, ¿cuándo diablos has visto a un adicto curarse? —No me quiero curar… solo quiero… consumir menos… —Cierra la boca, cariño —le dijo, colocando su dedo índice sobre los labios secos de la muchacha—. Toma un poco. —La sujetó de manera suave por el torso hasta llegar a su cuello, el cual estiró, introduciendo dos pastillas en su boca, luego dándole un trago de licor para que ella consumiera, y ella así lo hizo, siendo golpeada por el éxtasis momentáneo que le ofrecían aquellas drogas—. Dejaremos el polvo para después —le susurró, embistiéndola de nuevo, con tanta fuerza que la lastimó, pero ella no se quejó, estaba acostumbrada. Las manos de René se aferraron a la cintura de ella, hundiéndola más, acercando sus cuerpos, sus labios se acercaron a los de Rose, gimiendo con fuerza a medida que apretaba la delgada cintura de la muchacha, fue ahí, mientras se deleitaba de placer, que empezó a buscar más píldoras y a introducirlas en la boca de Rose, quien se negaba a tragarlas, pero era básicamente obligada a hacerlo. El mismo René empezó a perder la cuenta de cuanto licor y pastillas la había hecho consumir, pero cuando reaccionó fue cuando ella empezó a convulsionar y no a causa de sus embestidas que jamás se detuvieron, si no a causa de lo que parecía ser una especie de sobredosis. —¡Rose! ¡Rose, diablos! ¡No ahora! —La zarandeó por los hombros con fuerza, pero ella no reaccionaba—. ¡Rose, demonios! ¡No seas tan débil! ¡No puedes morirte! —Se aferró a sus brazos con fuerza, removiéndola—. Maldición, maldición, maldición —susurró, quitando a la muchacha de encima de su cuerpo, dejándolo a un lado en aquel carro—. ¿Rose? —la llamó, pero ella seguía convulsionando, si no la ayudaba podía morir, pero ¿a quién diablos le pediría ayuda? No tenía a quien acudir, así que René hizo lo que cualquier cobarde haría: salió corriendo, dejándola a su suerte. Y mientras estaba debatiéndose entre la vida y la muerte, Rose, vio como René corría lejos de ella, abandonándola. ** Terminó de arreglar unos cuantos papeles que estaban esparcidos en su escritorio y se puso de pie, sujetando su teléfono entre las manos y leyendo un mensaje de su amigo. “Iré por ti en poco tiempo, unas tres horas, prepárate”, decía aquel mensaje. Damián resopló, sin responder nada, sabía que iría por él a la fiesta de soltero de Diego, a la cual había accedido ir, a pesar de que las ganas que sentía por estar rodeado de personas, eran nulas. —El señor Gonzales le llamó hace poco tiempo —informó su secretaria—. Le dije que no podía atenderlo porque se encontraba ocupado, señor. —Si llama mañana, pónmelo —respondió Damián sin demasiadas ganas—. Si llama hoy de nuevo, dile que no estoy aquí. —Entendido —asintió la secretaria, viendo como Damián caminaba lejos de allí, en aquellos días, lo había visto mucho más desmotivado y gris que nunca. Ella siempre había pensado que aquel hombre, era uno bastante interesante de conocer; rico y vacío, tenía todo lo material, pero en sus ojos se podía ver un enorme hueco que nada parecía llenar, ni siquiera había que ser alguien observador para darse cuenta de la información que ella había deducido. Era alguien realmente atractivo, pero lo más curioso de todo, era que pese a esto, a sus treinta y dos años, no estaba casado, las pocas novias que había tenido —o al menos, las que había conocido—, terminaban con él a los pocos meses, algunas, en semanas. Damián, a medida que iba caminando, saludaba a las personas que se encontraban allí, despidiéndose de ellas, sabía que mucho de sus empleados lo detestaban, que solo lo saludaban por simple decencia, por simple compromiso, no sabía como sentirse respecto a eso. Siguió dirigiendo sus pasos hacia la salida de la empresa; se suponía que no debía de irse tan temprano, pero no tenía deseos de seguir allí, de todas formas, tenía a alguien que se encargaba del trabajo que él no quería hacer. Una vez llegó a su carro, lo abrió, con deseos de introducirse, sin embargo, un sonido, capturó su atención. Era imposible de identificar aquel sonido, parecía… como de alguien… ¿de alguien asfixiándose? Provenía de detrás del carro que se encontraba al lado del suyo, el sonido era particularmente desagradable, como cuando se quiere vomitar, pero tu cuerpo te lo impide. No le tomó demasiado tiempo darse cuenta de que se trataba del sonido de una mujer, cosa que lo sorprendió, las mujeres de la empresa no acostumbraban a encontrarse allí a aquellas horas. —¿Quién está ahí? —preguntó Damián, acercándose con precaución al carro. —A…y-yud…a… —Escuchó como alguien apenas balbuceó, cosa que le dio el impulso que necesitaba para acercarse al carro, encontrándose con la imagen de una preciosa mujer sofocándose. El pánico le invadió en aquel instante, por un momento, todas sus extremidades se quedaron congeladas, sin contar con idea alguna de que hacer, sus ojos viajaron hacia la preciosa mujer que parecía debatirse entre la vida y la muerte, luego hacia unas jeringas y unas botellas de licor, luego unas pastillas dispersas sobre el estómago de la mujer. «Sobredosis de drogas», pensó, corriendo apresurado hacia donde ella, que se retorcía entre agudos sonidos. Con sus manos trémulas y los nervios arremetiendo contra su cuerpo, sujetó a la mujer entre sus brazos, cargándola, corriendo con ella hacia su auto, en donde la entró, en el asiento del copiloto, y arrancó, dirigiéndose hacia el hospital. A medida que conducía con una rapidez descomedida, un vistazo efímero le echó a la persona que se encontraba a su lado, logrando ver un tatuaje en el brazo de la mujer. Uno que decía “Rose”. ¿Acaso era aquel su nombre? En aquel momento no importó, aceleró su auto. No era la primera que veía a alguien sufriendo una sobredosis, por lo que le resultó fácil reconocer los síntomas, pero la muchacha que se encontraba a su lado, del aspecto más hermoso que jamás sus ojos hubiesen visto, no parecía una adicta; cuando él pensaba en como lucía la adicción, se imaginaba a un hombre demacrado con enormes ojeras, con dientes carentes, con la piel tan pegada a los huesos que parecía que en cualquier segundo se quebraría, no se imaginaba a un ángel como aquel, ni siquiera sabía que pensar, por lo que solo se preocupó por conducir. Sin tener idea de la nube de emociones que aquel ángel que se encontraba muriendo a su lado despertaría en él. Pronto, Damián comprendería el verdadero significado de salvar a quien se ama. Pronto, un alma que se consideraba incapaz de enamorarse, conocería lo que el amor en realidad significaba. … Rose, Rose…
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