La única palabra que podía describir el estado tan catastrófico en el que se encontraba era: infierno. Por un instante, Rose se preguntó a sí misma si había acaso muerto y el lugar en donde se encontraba era el más recóndito infierno, porque solo encontrarse en las cavernas, en lo más recóndito de la aberración humana podía describir lo que sentía.
Su garganta estaba tan seca que dudó que pudiese hablar alguna vez en su vida, sus ojos estaban tan adheridos que ni siquiera hizo el intento de abrirlos, pues algo le decía que resultaría por completo infructuoso, sus extremidades estaban tan dormidas que era incapaz de mover si quiera un dedo, llevándola eso a preguntarse si había tenido un accidente casi fatal, no recordaba demasiado de lo que había ocurrido, su cabeza punzaba demasiado como para querer averiguarlo en aquel momento, así que solo se quedó allí, con sus ojos cerrados y su respiración por completo imperceptible, dando la apariencia de que la vida había decidido abandonar a su cuerpo adicto.
—¿Usted la conoce? —Rose tragó saliva cuando escuchó una voz femenina en la habitación en donde se encontraba, luego, un perfume masculino se le incrustó en las fosas nasales, dejándola con cierta perplejidad, no por el hecho de que era un olor profundamente exquisito, sino porque algo le decía que lo había olido antes, cosa que ella negó de inmediato, las personas con las que se rodeaba, no usaban perfumes así, ni siquiera usaban perfumes; eran adictos y pervertidos, el único perfume que ella olía día a día, era el del licor.
Poco a poco, el sonido de las maquinas llevó a Rose a suponer que se encontraba en un hospital, o algo similar, todavía contaba con cierta incapacidad para procesar bien la información que su cerebro le enviaba.
—No —respondió una profunda voz masculina que cautivó la atención de Rose por completo—. No tengo idea de quien es.
—Fue usted quien la trajo aquí —recalcó la enfermera, ocasionando que la memoria de Rose poco a poco se fuera activando. Los recuerdos llovieron a ella como dolorosos relámpagos de misericordia nula y ahora podía tener imágenes mentales más claras de como René la había abandonado mientras ella moría, recordaba haber pedido auxilio, pero sin esperanzas de que nadie fuera a auxiliarla, rendida a ser abrazada y arrastrada por las frías garras del averno, luego había sentido unas manos sosteniéndola, no frías como las que esperaba la mujer; habían sido las manos de un ser humano.
¿Las manos del hombre que se encontraba allí?, se preguntó Rose mentalmente, un poco inquieta, su cuerpo dolía demasiado.
—Sí, pero eso no significa que la conozca —replicó el hombre—. Solo sé…, bueno, creo saber que se llama Rose, o algo así, la encontré muriendo de una sobredosis detrás de un auto del estacionamiento de mi empresa.
—¿De su empresa? —preguntó la enfermera con un deje de incredibilidad, tan monótono era su empleo que ya había perdido la costumbre de observar los rostros de las personas—. Un momento… ¿no es usted el dueño de…?
—R. S the Jones —respondió Damián con poco ánimo—. Lo soy.
—Luce distinto en persona —comentó ella, a modo de una disculpa que él ni siquiera comprendió—. Mucho más atractivo.
Una sonrisa de burla se escapó de los labios de Rose, pero ninguno de los de la sala logró verla, pues pronto se desvaneció. El ruido mental ni siquiera la dejaba pensar o analizar con precisión que era lo que había estado escuchando, o como era que había llegado a aquella habitación de hospital, le parecía demasiado falsa la idea de que el dueño de una empresa multimillonaria se hubiese molestado en salvarle la vida, por eso se había reído, era evidente que aquel era un farsante y la enfermera parecía creerlo.
—Creo que está despertando —murmuró Damián, observando a Rose que maldijo en su interior por haberse delatado, le hubiese gustado escuchar más de como la enfermera se creía que aquel era el dueño de una empresa tan grande y reconocida.
Rose se agitó cuando escuchó pasos aproximándose a ella, y no pudo evitar sentir un involuntario escalofrío cuando unas manos fueron posadas en su piel.
—Sí, está despierta —observó la enfermera—. Rose, ¿puedes escucharme? —Rose no respondió, su voz estaba demasiado agrietada para ello, solo intentó abrir sus ojos, y con una enorme dificultad fue que lo consiguió. Lo primero que aquellos ojos cargados del azul más seductor vieron, fue a Damián—. ¿Puedes escucharme correctamente? —Los ojos de Rose seguían en contacto con los de él, sumergidos en un muy efímero trance—. ¿Rose?
Rose rompió el contacto con Damián y llevó su mirada hacia un vaso de agua que se encontraba cerca de la cama en donde ella descansaba, la enfermera le iba a pasar el vaso, pero Damián se adelantó y se lo ofreció, ganándose de nuevo una intensa mirada de aquellos ojos azules como el océano más puro.
Ojos puros como el océano, pero el alma tan agrietada y sucia como un abismo infernal.
Ella le dio dos tragos grandes y profundos al agua, luego se lo entregó de nuevo a Damián, sintiendo como la intensa mirada del hombre seguía clavada en ella, empezaba a ponerla nerviosa, además, ver la manera en la que él estaba vestido y, recordar que ella había tenido su sobredosis en las afueras de una empresa, le hizo replantearse si él era un mentiroso, o si en realidad era quien decía ser… lo miró con un poco más de atención, negando con su cabeza, no era posible que un empresario se hubiese interesado en salvarle la vida a una adicta como ella. A una adicta que no merecía vivir siquiera.
—Rose, ¿ese es tu nombre? —cuestionó la enfermera, y la joven mujer carraspeó su garganta antes de responder.
—Lo es. —Su voz sonó tan rugosa como la de un hombre, lo que la impulsó a carraspear de nuevo su garganta—. ¿C-cómo llegué a este lugar? —preguntó, aunque, por lo que había estado escuchando, tenía una idea de la respuesta, solo que quería que se la dijeran de manera más directa, porque su cabeza no terminaba de aceptar que alguien estuviese lo suficiente interesado en ella como para salvarle la vida, incluso, una parte de ella creía que merecía estar muerta.
—Él te trajo —respondió la enfermera, punteando a Damián, Rose no lo miró, la mirada de aquel hombre despertaba nervios en ella, y ni siquiera era capaz de entender la razón, tal vez se encontraba demasiado susceptible a todo.
—Mi nombre es Damián Jones —se empezó a presentar él, aunque Rose seguía con su mirada clavada en el suelo, creía que todo se trataba de una farsa, cuando él le tendió la mano a modo de saludo, ella apenas correspondió, elevando un poco la mirada hacia el hombre. Sintió el cálido contacto de aquellas manos masculinas, extrañas para su piel, de aquellas manos que le habían salvado la vida.
—Rose, sufriste una sobredosis por heroína —informó la enfermera con crudeza—. Necesitamos contactar a algún familiar tuyo, algún amigo, o tu pareja.
Rose torció su cabeza, soltándose del agarre con Damián.
—No tengo a nadie —respondió, tras unos segundos de silencio—. A absolutamente nadie.
—¿Cómo que no tienes a nadie? —preguntó la enfermera con incredulidad—. ¿Tus padres en dónde están?
—Ojalá y muertos —escupió—. Tengo años sin contactarlos, y no pretendo hacerlo.
La enfermera tragó saliva, incomoda.
—¿Y no tienes amigos? ¿Una pareja? —Rose tragó con amargura, el único amigo que creía tener, era René, quien la había metido en aquella situación, solo para abandonarla con cobardía, las prostitutas con las que a veces hablaba, no las podía considerar sus amigas, y ninguno de los hombres que se acostaban con ella, ni siquiera los más frecuentes, irían a ayudarla en su situación; además, Rose no terminaba de entender la razón de esas preguntas.
—¿Por qué es importante eso?
—Porque, una vez te demos de alta, que será pronto, sería muy recomendado que uno de tus amigos, o algún tío, primo o algún familiar cuidara de ti.
Rose sonrió con tristeza, el único recuerdo que tenía de sus tíos y sus primo, era el de ellos intentando abusarla cuando apenas era una jovencita, también recordaba como su madre no le había creído una sola palabra, para su suerte, jamás habían llegado a tocarla, aunque el miedo siempre estuvo ahí, robándole aquella paz que pareció jamás pertenecerle.
—No, nadie.
—Vamos, Rose, sé que debes de tener a alguien que te cuide por ahí.
Aquellas palabras, que se suponían eran de aliento, ocasionaron una especie de enfado enorme en Rose, pues al intentar pensar en un nombre, su cabeza se transformaba en un muro blanco y vacío, aquello la hacía darse cuenta de lo devastadoramente sola que se encontraba.
—No tengo a nadie que me cuide —escupió, intentando arreglar su postura—. Soy una prostituta adicta, nadie quiere cuidar a alguien así, estaré bien cuidándome a mí misma.
—Rose, pudiste morir de una sobredosis… —La idea de la muerte le parecía curiosa, siempre le había parecido curiosa, pero deteniéndose a pensarlo con más lentitud, el haber muerto arrojada en un estacionamiento, por una sobredosis de heroína, hubiese sido tan trágico, aunque, esperable, teniendo en cuantas cantidades tan grandes que consumía—… él te salvó la vida, de no ser por él no estarías aquí… pero, eso puede ocurrir de nuevo, y dudo que él o alguien esté ahí para ayudarte.
—¿Cuándo podré irme? —preguntó Rose, evitando mirar a Damián, había algo en esos ojos que ni siquiera sabía describir, además, tenía una experiencia pésima con empresarios.
—En treinta y seis horas.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Un día —respondió Damián, ocasionando que Rose le mirara con desconcierto.
—¡¿Un día?! ¡No, yo tengo que irme de aquí mismo ya! ¡Tengo que trabajar y…!
—No, no, Rose, tienes que reposar aquí —le dijo la enfermera como si no fuese demasiado obvio—. Estuviste al borde de la muerte —le recordó, intentando tranquilizar a la joven mujer, a quien no parecía perturbarle demasiado el hecho de que le dijeran que estuvo a punto de morirse.
—No me importa —respondió Rose con franqueza—. Necesito ir a trabajar, sino trabajo, no como, no pago renta, me echan, tengo que vivir en la calle, y mi trabajo es uno al que no puedo faltar, si los clientes ven que falto, irán con otra y perderé a mis clientes habituales, ustedes no lo entienden.
Un silencio mórbido se formó luego de sus palabras, cosa que incomodó a Rose.
—¿Por qué trabajas en eso? —preguntó Damián, con más brusquedad de la que pensó, solo cuando dijo lo que dijo, fue que se dio cuenta de sus palabras habían sonado profundamente despectivas, incluso, disgustadas, a pesar de que él había preguntado solo desde un estado de curiosidad.
La mirada de Rose fue suficiente respuesta a su pregunta. Quiso explicarse mejor, pero ella empezó a hablar, claramente irritada.
—Eso a ti no te importa —le escupió con brusquedad—. ¿Para qué preguntas? ¿Me vas a conseguir acaso un trabajo mejor?
—No, solo… solo preguntaba por…
—Te agradezco que me hayas salvado la vida, pero no tienes derecho a cuestionarme nada, ni siquiera te conozco.
Tras decir aquello, Rose suspiró con hosquedad, cerrando sus ojos y dando por terminada la minúscula conversación que había tenido con Damián, quien, observó a la enfermera, encogida de hombros.
La mujer se aproximó a él, llevándolo afuera de la habitación, a un sitio en donde Rose no pudiese escucharlos.
—No le preste demasiada atención, así son las prostitutas, tienen un temperamento horrendo, siempre están a la defensiva y no son nada agradecidas, de hecho, me sorprende que ella le haya aunque sea dado las gracias —le tranquilizó la mujer, aunque sus palabras solo lograron que un sabor acre se propagara en el paladar de Damián—. Es muy probable que cuando salga de aquí, siga haciendo eso que casi la mata y que esta vez muera, créame, he visto cientos de casos así.
—¿No hay una manera de ayudarla? —preguntó él de repente, ganándose una mirada profunda por parte de la enfermera.
—¿Por qué querría usted ayudar a quien está perdido?
—Es triste ver a una mujer tan joven destruida por las drogas. —Hablaba desde su propia experiencia, siempre había sido demasiado sensible a temas como aquel.
—¿Es la primera vez que ve a una prostituta? —cuestionó con un amargo deje de duda la enfermera, él no respondió—. Parece que sí, bueno, señor Jones, permítame decirle; la mayoría de las prostitutas son así, jóvenes y perdidas, le aseguro que si se da un paseo por el Bajo Mundo, querrá salvarlas a todas, pero sucede algo, y es que no se logra salvar a quien no quiere que lo salven.
Y tras decir esto y unas cuantas palabras más, la mujer se retiró, indicándole a Damián que en cualquier instante podía retirarse, puesto que no tenía compromiso alguno con la mujer encamada.
Damián caminó de manera lenta hacia la habitación en donde Rose se había quedado, la mirada de la joven parecía perdida, preocupada, adolorida, lo supo cuando ella secó lágrimas que se le escurrían por el rostro. Detallarla con la mirada ahora que no estaba al borde de la muerte ocasionó que él se preguntara como una mujer tan preciosa estaba sumergida en un mundo así. Su piel delicada, cubierto por una inmensidad de tatuajes, sus labios rotos y agrietados, sus ojos inyectados de sangre, su cabello enmarañado, y aún así, preciosa. Era algo que había reconocer y no se decía de todo el mundo.
Encontrarse a sí mismo pensando en eso, lo llevó a preguntarse ¿por qué le importaba?
—No me importa —se dijo a sí mismo—. Es simple humanidad, si veo a alguien muriéndose, lo salvaré, sin importar quien sea.
Caminó lejos de aquella puerta, no sin antes echarle un vistazo más a Rose, quien, al sentirse observada, elevó también sus ojos, haciendo contacto con Damián.
Una mirada intensa azul, llena de adicciones y demonios internos, contra una mirada apacible verde, llena de triste oscuridad y dudas.
Ambos se observaron, una última vez lo hicieron, sin tener idea de lo que se avecinaba.
Ella jamás podría creer que un millonario estuviese enamorado de ella.
Él tampoco podría creer que se hubiese enamorado de una prostituta.