No le gustaban los hospitales, de hecho, los odiaba demasiado; la última vez que se había encontrado en el hospital, había sido hace más de siete años, cuando su madre le había roto algo. Le habían roto tantas cosas en su vida –incluido su propio corazón, sus sueños y esperanzas- que era incapaz de recordar que había sido, pero sentía que había sido algo lo suficientemente grabe e importante para que una mujer como aquella, se preocupara por llevarla al hospital. Un suspiro afligido se desvaneció de los labios de Rose: en ocasiones, pensar en como hubiese sido su vida sino fuese una prostituta, le resultaba atractivo. Tal vez, se encontraría cursando la universidad. La tristeza se apoderó de sus ojos, pero intentó olvidar esos pensamientos, no podía llorar; llorar no le daría el diner

