No hablaba; sólo lo miraba, casi sin verlo. —Vamos, Perlita— le ordenó con mucha gentileza—. Te llevaré a casa. La ayudó a levantarse de la cama. Ya de pie, le puso la capa sobre los hombros y se la abotonó al frente. Era como una muñeca en sus manos, que se movía como un autómata, como ausente de todo a su alrededor. No miró la figura inmóvil de sir Gerbold mientras el Marqués la conducía hacia la puerta. Al abrirla se produjo una corriente de aire que hizo volar dos papeles que había en el escritorio, uno de los cuales cayó a los pies del Marqués. Reconoció que era un cheque bancario; se inclinó y lo recogió. Entonces descubrió la carta que Perlita firmara y que había caído no lejos de él. La levantó también y guardó los dos documentos en su bolsillo. Junto a Perlita recorrieron el p

