—Señorita Ford…
Felicity abrió los ojos, saliendo de los infames recuerdos que la atormentaban desde el momento en el que despertó en la cama de un hospital. Había pasado doce meses y no sabía qué fue lo que sucedió o cómo lograron rescatarla de las aguas luego de caer por el precipicio.
Solo sabía que la vida le había dado una segunda oportunidad que no pensaba desaprovechar para vengarse del hombre que cruelmente la traicionó.
—El señor Ford la espera en la sala.
Felicity posó la mirada en el espejo, encontrándose con unos ojos grises y fríos como el metal. Esos ojos que se habían convertido en parte de su nueva vida.
—¿Tienes lo que te pedí? —preguntó, colocándose la máscara y cubriendo la mitad de su rostro, dándole un toque sensual y misterioso.
—Sí, uno de nuestros hombres ha confirmado la asistencia del señor Carter al baile; de hecho, se dice que es uno de los principales benefactores, y se rumorea que será galardonado como el filántropo del año.
—Cualquiera con dinero ajeno puede hacerlo. ¿Quizás el señor Carter espera expiar sus pecados con tanta generosidad? —pronunció. Sus ojos brillaron de manera peligrosa. Carson Carter estaba justo donde lo necesitaba esa noche.
—Hay pecados que no pueden ser expiados, señorita —aseguró Silas, acercándose a ella y acomodando el mechón de cabello detrás de su oreja.
Felicity cerró los ojos un segundo antes de abrirlos.
—Dile a Owen que bajaré enseguida —le ordenó.
Silas asintió con un movimiento de cabeza, abandonando la habitación para cumplir con lo solicitado.
Felicity volvió su atención al espejo, asegurándose de que todo estuviera en su lugar. El vestido que usaba esa noche era espectacular en color azul. La tela se amoldaba a su cuerpo como una segunda piel; tenía un escote que dejaba ver el nacimiento perfecto de sus redondos pechos. Dudaba pasar desapercibida esa noche, pero no quería más atención que la de Carson Carter, su infame marido.
Los pasos de Felicity fueron lentos, pero llenos de una seguridad letal. Había pasado los últimos meses trabajando en su nueva imagen y personalidad. Se había transformado de Felicity Clifford a Lizzy Ford, la sobrina de un poderoso magnate petrolero, amigo de sus padres y a quien recurrió en busca de ayuda una vez que descubrió que había sido dada por muerta en un accidente automovilístico.
—Estoy aquí —pronunció, su tono era suave, como el susurro de una sirena.
Owen sonrió al verla, dejó su copa de champaña en la mesa de centro y caminó a su encuentro. La tomó de las manos y la hizo girar sobre sus pies.
—Perfecta —pronunció, admirando la belleza y sensualidad que Lizzy desbordaba. Si hubiera sido unos años más joven, no se habría conformado con convertirse en su tío. Habría luchado por conquistar su corazón.
—¿Nos vamos? —preguntó, apretando su pequeño bolso de mano, ansiosa al saber que finalmente su momento había llegado.
—Por supuesto —pronunció Owen, ofreciendo su brazo como el caballero que era.
Lizzy cerró la distancia y se colgó del brazo de Owen, saliendo de la impresionante y lujosa residencia.
El trayecto a The Regency Hall se sintió largo y el silencio que reinaba en el coche no ayudó; sin embargo, lo agradeció. No había nada que decir, los planes se habían trazado de manera meticulosa esperando su ejecución.
El famoso The Regency Hall era un espacio icónico en la ciudad; con su arquitectura opulenta y su diseño de estilo neorrenacentista, se convertía en el lugar perfecto para un baile de máscaras de gala. El lugar donde importantes personajes se reunían, donde Carson estaría.
Con gracia y elegancia, Felicity bajó del auto, tomando la mano de Silas, su fiel guardaespaldas.
—¿Estás preparada? —preguntó Owen, acomodándose el saco y cuadrándose los hombros, viéndose regio.
—He estado deseando este momento durante los últimos doce meses, Owen. Estoy preparada para esto y para lo que venga —aseguró, levantando el mentón cuando los flashes de las cámaras dispararon.
—Muy bien, pero me siento en la obligación de recordarte la regla más importante de esta travesía, Lizzy —susurró, tocándole el dorso de la mano que descansaba sobre su brazo.
—¿Cuál?
—La venganza es un viaje que siempre termina en dos tumbas: una para el enemigo y otra para quien la busca.
—Yo… ya tengo una tumba, Owen —respondió—. Solo tengo que asegurarme de que Carson ocupe la suya—añadió, avanzando y obligando al hombre a seguirla…
Lizzy cruzó las elegantes puertas de The Regency Hall del brazo de Owen, captando la atención de los invitados. El aire estaba cargado de expectativa y elegancia. Los candelabros de cristal colgaban desde lo más alto del techo, proyectando destellos dorados sobre la multitud. La música se deslizaba como un suave y seductor murmullo por la sala, y las máscaras relucían bajo los tenues destellos de luz.
Owen sintió la tensión en el cuerpo de Lizzy, se inclinó con disimulo y le susurró al oído:
—Recuerda que los errores que cometiste en el pasado no pueden volver a repetirse.
Lizzy asintió sin decir palabra. Esta noche tenía que ser más astuta de lo que jamás fue como Felicity. Un ligero temblor le recorrió la espalda. Había pasado horas, días y meses esperando el momento de volver a encontrarse con Carson; no iba a echarlo a perder.
Debía proteger su verdadera identidad. Nadie debía saber quién era. Lizzy Ford era tan impenetrable y perfecta como la máscara que cubría su rostro, una mujer que había perdido el miedo mientras caía de lo más alto del precipicio. Una mujer que no le temía ni siquiera al hombre que le había destrozado la vida.
Con paso firme y elegante, como una reina, se dirigió junto a Owen a su mesa. Lizzy aceptó la copa de champaña que el mesero le ofreció con diligencia. Bebió un sorbo mientras observaba las mesas a su alrededor. Era difícil saber quién se escondía bajo la máscara, pero a Carson Carter podía reconocerlo con solo captar el aroma de su perfume o por su manera de caminar.
De pronto, el tiempo pareció detenerse. Los ojos de Lizzy se detuvieron sobre la figura imponente de Carson, su máscara no le cubría todo el rostro. Su aspecto le recordó al caballero de Géminis.
Los pensamientos de Lizzy fueron interrumpidos cuando la voz del anfitrión se oyó, presentando el motivo de aquella fiesta. El hombre habló maravillas, elogió a sus principales benefactores, entre ellos, Carson Carter.
Los dedos de Lizzy se cerraron con fuerza sobre la copa, hasta que Owen le tocó el dorso para distraerla.
—Céntrate —le pidió, apartándole la mano.
Lizzy se obligó a hacerlo mientras el anfitrión continuaba hablando; su mirada alternaba entre el hombre al frente y el hombre que sonreía luciendo tan seguro y con una sonrisa tan orgullosa que le hervía la sangre.
Odiaba verlo vanagloriándose, jactándose de ser tan generoso. Si todos supieran cómo se había quedado con la fortuna Clifford, dudaba que tuviese cara para pararse delante de toda esa gente como el caballero que no era. Dudaba que todas esas mujeres y hombres le sonrieran como si fuera el puto amo.
Lizzy siguió cada uno de los movimientos de Carson. Lo vio brindar sonriente por su premio mientras él ni siquiera había reparado en su presencia; por lo que aprovechó para deslizarse entre los invitados, cada paso con una gracia calculada, como una fiera en cacería. Sigilosa, acercándose, se percató de la presencia de una mujer cerca de Carson. El corazón le dio un vuelco al reconocerla; era Camila, su mejor amiga.
¿Qué hacía junto a Carson? ¿Era su acompañante?
Lo que fuera de él no debía importarle; sin embargo, no pudo evitar sentirse traicionada nuevamente. Habría esperado verlo con cualquier otra mujer, menos con Camila.
—Ahora vuelvo —la escuchó decir, colocando una mano sobre el pecho de Carson. Una puñalada más se clavó en su pecho. Su relación era demasiado cercana.
Lizzy hizo a un lado las emociones que no necesitaba y se concentró en lo que era importante. Tomó una copa de champaña y cerró la distancia que la separaba de Carson; aprovechando su distracción, se acercó lo suficiente que, cuando Carson se giró, no pudo evitar chocar con él y casi derramarse la bebida encima.
—¡Lo siento, señorita! —expresó, tomándola de los brazos, obligándola a levantar la mirada.
Sus miradas se cruzaron. Él la observó con una mezcla de sorpresa, y Lizzy pensó que la había reconocido.
—¿Se encuentra bien? —preguntó con una falsa amabilidad. Lizzy se recuperó del contacto, se alisó el vestido y se alejó.
—Sí, por suerte —respondió con una sonrisa.
—Ha sido mi culpa —se disculpó con una perfecta sonrisa, extendiendo la mano—. Tengo la extraña sensación de que nos hemos visto antes, ¿nos han presentado? —preguntó.
Lizzy se mordió el interior de la mejilla para evitar darle la respuesta que realmente deseaba y, en cambio, puso en práctica la frialdad que Owen le había enseñado.
—Señor Carter, es un honor conocer al hombre de la noche —respondió, colocando su mano en la de él.
El contacto la sobresaltó; esas manos que le habían hecho daño seguían cálidas, pero no estaban limpias.
—¿Y puedo saber su nombre? —preguntó él, sin soltarle la mano.
Lizzy se inclinó hacia él, aprovechando el momento para susurrarle suavemente.
—Si nos volvemos a encontrar, se lo diré —respondió, retirando la mano y percibiendo la chispa de desconcierto en los ojos de Carson. Justo lo que necesitaba para atrapar su atención y emprender su camino de venganza…