Las azucenas siempre serán mis flores favoritas.
El aire entró en mis pulmones con una paz que no creo haber sentido jamás; salió de entre mis labios y mi cuerpo parecía estar suspendido a merced de la suave brisa fresca, más liviano que nunca. Todo a mi alrededor estaba impregnando con el distintivo aroma de las azucenas.
Mis pestañas temblaron y, cuando al fin mis parpados liberaron mi mirada, fui recibida por un campo extenso de estrellas blancas florecidas sobre arbustos de esmeralda; y yo, con los pies enterrados en la tierra suelta, estaba en el centro.
Todo lo que mi vista tocó fue el blanco de las flores, el verde de sus hojas, el gris de los cielos tumultuosos sobre mi cabeza y, entre toda la palidez, el rojo violento de mi cabello suelto. No sabía donde estaba, quien era, había sido o sería; no parecía tener importancia en este momento.
No creí que alguna vez la tendría.
Las nubes se retorcieron con el aguerrido gruñido del cielo, pero yo permanecí serena. Nada parecía asustarme, ni siquiera cuando la tierra bajo mis pies empezó a exprimirse en sangre, manchando mi piel y el blanco de las flores en carmesí. Lo prístino rápidamente se convirtió en un mar de escarlata que se agitaba como si tuviera vida propia.
Respiré una vez más, guardando para siempre en mi memoria las últimas notas de las flores, y estiré mis brazos impidiendo que la suciedad los tocara, soñando que pudieran convertirse en dos alas y volar por encima de todo.
Mis ojos se cerraron, la sangre me tragó la cintura.
Volar. Volar hacia el cielo. Volar a tu lado.
Cuando el líquido me lamió el pecho, alcé las manos hacia arriba, hacia el último palmo de azul que se asomaba entre el caos. Entre la rabia. Entre la devastación. Entre el juicio de los perversos.
—Misericordia, Dios mío, por tu bondad —susurró mi boca, y mis palabras fueron sonidos que no conocía. Pero que entendía.
Y allí, antes de que el líquido me cubriera el rostro, la luz de un solitario rayo de sol hizo brillar en mi dedo anular un anillo con una roca oscura montada en él.