¿Dónde estoy?
La oscuridad transcendió el plano terrenal para sumirme en un estado de inconsciencia intermitente. Durante segundos, mi cuerpo se agitaba violentamente, despertándome, pero cuando intentaba aferrarme a ese estado, caía nuevamente al vacío. Estaba luchando por abrir los ojos, moverme en el breve lapsus de tiempo que chispeaba mi consciencia. En uno de esos intentos, me di cuenta de que estaba sobre una cama, había una corriente de aire violenta que golpeaba mi rostro, salpicándolo con pequeñas gotas. En el siguiente, reconocí movimientos bruscos a mi alrededor, sobre el colchón, lo que me puso más alerta.
Rita, Rita está muerta. Hay un demonio en la habitación.
Mi pulso se agitaba al recordar la situación en que mi cuerpo falló, pero parecía que algo me sujetaba con fuerza, impidiéndome volver a la confrontación.
No te duermas, despierta. Debes sacarlos de aquí. Debes salir de aquí. Me repetía por dentro.
Entonces, en plena desesperación, apreté con fuerza mi mano hasta que una punzada de dolor me recorrió todo el brazo, activando mi cerebro. Había utilizado la herida en mi palma para recobrar un poco de control y, aunque aún letárgica, conseguí abrir los ojos en la oscuridad.
Todo el caos explotó en mis oídos en ese preciso segundo.
Tanto la puerta como la ventana se partieron en pedazos con un sonido atronador, la luz expuso a la bestia en la habitación soltando un alarido tan agudo que me pinchó la cabeza.
Había un mango de plata tallada saliendo de su pecho de hueso y carne.
Se retorcía, se arrancaba la piel, desnudando entre sus huesos rostros humanoides que enterrados también gritaban desde sus entrañas. El padre Thomas, la madre Marta, el padre Luis, Rita...
—¡Yo habito en la muerte de la vida! ¡Yo soy la sombra que proyectan todas las cosas alguna vez hechas! ¡El principio de lo eterno me vio nacer! —chillaron en unísono las voces en su interior en una frecuencia que se clavaba como cuchillos en los oídos.
Me cubrí con fuerza las orejas, sintiendo todo mi interior revolverse de forma dolorosa. Cerré los ojos en un intento de huir de esa escena grotesca, pero detrás de mis parpados me persiguió el recuerdo de Rita suplicándome ayuda aquella noche en que descubrí su embarazo, los ojos del padre Luis cada vez que me pedía llamar a alguna alumna a su oficina para alguna lección privada, el cuerpo colgado de la madre Marta y, por último, los ojos del padre Tomas al extender su mano hacia mí en la habitación... si es que alguna vez existió tal hombre.
Cuando abrí mis ojos, todos los de la bestia estaban puestos en mí; hambrientos y salvajes, como si su cuerpo entero no se estuviera cayendo a pedazos.
—Te veré… abajo, pequeña perra—soltó entre espasmos. Algunas cabezas se reían, otras gritaban de dolor, pero todos los ojos estaban fijos de forma espantosa en mí—. La luz jamás podrá tocar lo corrompido, lo que formó tus huesos y tu carne solo puede habitar entre las llamas de fosa. Y allá… nadie va a arrancarte de mi mano.
Diciendo eso, su cuerpo se sacudió como si algo por debajo de su carne estuviera luchando por salir.
Sus mandíbulas se separaron de forma antinatural, la larga lengua se enrolló como un gusano atormentado. Un fuerte sonido abrió su garganta, fueron cientos de voces, miles tal vez, sonando en la agonía de indistinguibles lenguas. El lugar en su pecho clavado por la espada se había vuelto n***o y parecía derretir sus huesos hasta que la criatura se volvió una masa sanguinolenta sin forma que, finalmente, estalló en una espesa ráfaga de moscas que se azotaron contra las paredes de la habitación.
—¡A suelo, al suelo! —oí exclamar.
El zumbido fue como un grito sobrenatural, helando la sangre y los huesos de mi cuerpo, resonando como esa advertencia final de vernos del otro lado.
Enterré la cabeza entre los brazos, dejando el enjambre revolotear a mi alrededor como una tormenta hasta que, después de quién sabe cuánto, el ruido se apaciguó dejando solo el sonido descontrolado de jadeos y quejidos en la habitación.
Una mano me tocó la espalda y pegué un brinco brusco, huyendo del contacto con pánico. Jacob me miraba preocupado por entre las mechas de mi cabello desordenando.
—¿Estás bien? ¿Te lastimaste en algún lado? —preguntó rápidamente, extendiendo su mano para examinar mi cabeza, pero lo aparte.
Estaba demasiado afectada como para que me tocara, no dejaba de estudiar la habitación con los ojos abiertos en pánico, intentando buscar algún indicio de que aquel demonio aún seguía con nosotros. Sin embargo, en el lugar en el que antes estaba, solo yacía una manacha de sangre calcinada y la espada de plata.
—Charlotte, dime que estás bien —exigió Jacob, queriendo llegar a mí nuevamente, pero, aunque un poco más tranquila, volví a evadirlo.
Me limité a asentir, era la única respuesta que creí que podía darle ahora.
Mi cuerpo entero temblaba de frío, pero, irónicamente, mi frente sudaba profusamente como si la cabeza me ardiera por dentro. Levanté mi mano temblorosa para secarme el sudor, pero me detuve en seco al ver que mi puño estaba cerrado.
Oía en segundo plano las voces de Jacob y María discutir algo con gravedad, pero mis ojos se enfocaron en mi mano cerrada. Mis dedos temblaron y, poco a poco, a una velocidad que me pareció eterna, empezaron a abrirse, descubriendo lo que allí había.
A mi cerebro le tomó mucho tiempo distinguir qué eran esos pequeños puntos en el centro de mi palma, pero cuando comprendió de qué se trataba, mi anterior consternación empeoró.
Eran tres semillas de manzana.
—Charlotte, mierda, ¡¿segura de que estás bien?!
Mis ojos subieron a los de Jacob, estaba a punto de abrir la boca cuando un sonido metálico desvió mi atención.
Lucía, que estaba sentada en el suelo con María acosándola tanto como Jacob a mí, había pateado la espada de plata.
—Vaya, qué bonito juguete —murmuró, viendo el arma, pero yo no pude apartar mi vista de ella y de su mano posada sobre su abdomen.
—Lucía... —musité.
Sus ojos azules me miraron desde el suelo, su rostro ahora era mortalmente pálido. Su cabello castaño despeinado, con un color como el chocolate. La realización evocó el pánico, uno diferente al enfrentar un demonio, pero igual de colosal.
Su cabello, su piel… lo último que había visto después de que el demonio se abalanzara sobre mí. Antes de que alguien me empujara al suelo.
Sus labios me sonrieron suavemente, como si pudiera ver lo que pasaba por mi mente.
María, como si también presintiera que algo iba mal, apartó a la fuerza la mano de su abdomen y las capas de tela de su falda que se había echado encima para descubrir el desastre. Desde un agujero en su cuerpo, la sangre oscura brotó libremente por encima de su ropa.
María soltó un grito y Jacob corrió hacia ella.
El tiempo se ralentizó entre ambas; yo me quedé helada, sosteniendo esos ojos azules que tantas veces me habían visto tan vivaces, pero que hoy lucían un poco tristes. Aun así, ella me sonrió con cariño.
—Creo que… se me acabó el camino.