Narra Fernando
La mañana está muy fresca, miraba el panorama desde la banca donde estaba sentado. Le di un sorbo a mi botella de agua y luego se la pasé a la chica que estaba a mi lado. Nos tomamos unos segundos para descansar, también para reponernos del susto. Soy algo nervioso, no estoy preparado para afrontar accidentes, aunque estos sean muy pequeños.
—Muchas gracias —dice recibiendo la botella.
—¿Siempre es así?
—¿Cómo?
—Así, tan despistada. Hubiera sido trágico si ese hombre no se detiene.
Aun sentía mi corazón agitado, la bocina hizo un ruido tan fuerte que todos los peatones de la zona se detuvieron.
—Es que… tropecé, salí a trotar sin percatarme de mis agujetas —ella sonríe disipando la tragedia en la que casi se ve envuelta—. Normalmente soy precavida, pero hoy me ganó el afán.
Miré su zapato y la agujeta estaba mal amarrada, ¿será que no fue al jardín?
—¿Afán? ¿Por qué estaba afanada?
—Tengo que hacer muchas cosas, cosas personales.
—Entiendo.
Me puse de pie y estiré mi cuerpo para calentarlo, parece que ya es hora de seguir mi camino. Quise continuar la conversación, pues tenemos un tema pendiente, pero lo podemos charlar en un lugar más apropiado.
—Bien, creo que continuaré, se nos hará tarde para el trabajo si nos quedamos aquí.
La chica asiente y es una señal de aprobación a lo que digo, parece que no hay más que decir.
—Nos vemos más tarde.
Me doy la vuelta y doy un par de pasos en dirección a la calle.
—Señor, espere —suelta la chica de repente.
—Sí, ¿pasa algo?
—Si, bueno no pasa nada. Solo que quiero decirle algo importante.
En sus ojos veía inseguridad, por un momento estuve a punto de creer que me diría algo que no quería escuchar.
—¿Qué es?
—Es sobre… ya sabe, lo que me dijo en su oficina.
Mi ritmo cardiaco aumentó, me mostraba tranquilo a pesar de haberse cortado mi respiración. Prácticamente mi futuro está en manos de esta joven.
—Sí, ¿Qué ha pensado?
—Pienso que es riesgoso, sabe que es un delito…
¡Mierd*!
—Puede tomarse el día y pensarlo mejor, no hay que apresurarnos —la interrumpo evitando escuchar el no que se avecina.
—Ya tengo la respuesta, lo pensé lo suficiente, señor Fernando.
Estoy perdido.
—¿Y bien? —cuestiono.
Es urgente para mí saber de inmediato a que debo enfrentarme.
—Acepto, mi respuesta es sí.
¡Dios! El aire que estaba acumulado en mi pecho sale por mi boca en forma de alivio.
—Bien, entonces tenemos un trato.
—Si señor.
La chica sonríe y siento que al igual que yo sobre piensa en lo que estamos por hacer.
Dios, me voy a casar con una desconocida.
—Entonces, nos vemos más tarde.
Anna se pone de pie y se dispone a irse.
—Señorita Anna, no olvide…
—¡Ay!
La chica pisa su cordón suelto y tropieza por segunda vez.
—…Amarrar sus agujetas —termino diciendo algo tarde.
—Oh, sí. Estoy bien, estoy bien.
Ella se inclina y amarrar sus agujetas, negué con la cabeza y pensé en que es una terrible idea.
Continué mi recorrido como de costumbre, le di una vuelta completa a la manzana hasta volver a mi edificio por el sentido contrario en el que salí.
—Señor, veo que hoy tardó más de lo normal —menciona el chico de la portería.
—Sí, es que me topé con mi se… con mi novia, siempre que la veo me quedo un rato con ella.
Es hora de ir dando a conocer mi relación por todos lados.
—¡Vaya! No sabía que usted tenía novia.
—Sí, ¿no la conoces? Ella vive en el edificio de enfrente, recién se mudó para acá para estar más cerca. Todo lo que hacemos por una relación —digo con una sonrisita.
—Pensé que era uno de esos hombres elegantes y solitarios, las vecinas también piensan lo mismo. Todo el tiempo están al pendiente de si está con alguien.
—¿Eh?
—Nada, parece que pensé en voz alta.
—Te presentaré a Anna en una próxima ocasión.
Me despido del chico y voy al apartamento, el cual se encuentra en el piso tres. Es un lugar agradable, bastante cómodo para decir verdad. Mientras organizaba mis cosas para ir al trabajo, pensé en si la chica había regresado de su recorrido.
—Parece ser un poco despistada, ¿será eso un problema? —me cuestiono.
Solo espero no tener más trabajo por ella, no tendré la paciencia para estar al pendiente de tonterías.
Caminé hasta la ventana y me asomé con disimulo, ¿en qué habitación se queda?
Miré desde el primer piso y escaneé cada pequeño espacio, no estoy seguro, no veo nada que me de una señal de ella. Cuando estuve a punto de retirarme de la ventana y seguir con mis asuntos, me doy cuenta de que ella apenas está llegando a su edificio. Me hice hacia atrás con temor de ser visto, pero volví a la ventana asomando solo una pequeña parte de mi rostro en el cristal.
Anna llegaba con un par de bolsas en sus manos, parece que hizo compra de alimentos, pues un pan francés se asomaba entre las cosas. La chica pasa las bolsas a uno de sus brazos y con esfuerzo busca algo en los bolsillos de su pantalón de ejercicio.
—¿Por qué no deja las bolsas en el piso? Eso le facilitará el trabajo —pienso en voz alta al verla batallar de esa manera.
La mujer sigue tocando su cuerpo en busca de lo que me imagino —las llaves— al final mete su mano dentro de su top deportivo y esculca entre sus sen*s.
—¿Qué está haciendo?
Las personas la miran con rareza.
Ella mete a fondo la mano en sus pechos y saca lo que ya sabía, una llave. Encorvada e incómoda por abrazar toda su compra en un solo brazo, viene lo que también había imaginado. Una de sus bolsas de papel se cae al piso y lo que estaba dentro de ella se esparce; vi como un par de naranjas y manzanas rodaron como si no hubiera un mañana. Choco mi mano en la frente, cierro los ojos por su nivel de torpeza y cierro la ventana, no puedo mirar más.
—Calma, Fernando —me digo a mi mismo—. Respira con calma, todo va a estar bien.
Me fuerzo a sonreír y a sentirme tranquilo.
Me doy la vuelta y regreso a la ventana, solo es alguien que ha tenido un mal día; que casi la arrolle un auto, que tropiece y que deje caer su compra, en menos de una hora, le puede pasar a cualquiera. Me da temor que Anna no pueda ser lo suficientemente cuidadosa en esto que estamos a punto de enfrentar, aquel sentimiento de arrepentimiento me empieza a llegar de a poquito.
Al asomarme a la ventana me di cuenta de que una mujer le ayudó a Anna a levantar la fruta, esta vez si deja las bolsas en el suelo, abre la puerta e ingresa al edificio.
—¡Bien Anna! —expreso con entusiasmo—. Eso debías hacer desde el principio.
Tendré que estar más pendiente de ella, espero que no sea complejo.
Más tarde me organizo para ir al trabajo, estos días solo desayuno un batido para complementar mis ejercicios y en la media mañana meriendo algo que me sostenga hasta el almuerzo. Bajé hasta mi auto y conduje a la empresa, en el camino estuve meditando como debía “fluir” mi relación con la secretaria. El paso número uno serán las demostraciones en frente del personal, con que nos vean un par de personas será suficiente para que el resto se entere; al final de un par de días ya todos sabrán lo de nuestro noviazgo.
Estaciono el auto en el parqueadero externo de la empresa, con mi maletín en mano me dirijo a la entrada principal y veo a la susodicha bajarse de un taxi. Anna, portando su uniforme de costumbre; falda tipo oficina y camisa tres cuartos, camina en la misma dirección que yo. Quise saludarla y acercarme a ella, todo con el fin de tener nuestro primer acercamiento como pareja.
La mujer camina en frente de mí, avanza acomodando su cabello y su ropa. De la nada se detiene y observa sus zapatos, también me detuve para no chocar con ella.
¿Qué hace?
La chica mete su dedo pulgar en su boca, luego se inclina y pasa ese mismo dedo por la punta de su zapato de tacón.
—No haga eso —suelto acercándome más.
—¡Oh! Señor Fernando, me asustó.
—¿Qué hace, Anna?
Siempre me han gustado las mujeres delicadas, elegantes, glamurosas. Una mujer precavida y muy atenta a su físico, que demuestre lo femenina a cada instante. Ahora me casaré con una limpia sus zapatos con saliva.
¿Qué estoy haciendo?