GENESIS
Suspiré con hastío mientras apoyaba la frente en la mesa. Apenas había pasado una semana desde que iniciaron las clases y mi vida ya parecía una tragicomedia de mal gusto. Las discusiones con la bestia de mi exmarido eran cada vez más constantes. Se puede decir que gritábamos más de lo que hablábamos. Mattia seguía igual de retraído que siempre. No habla. No me mira. No come. Prácticamente solo existe. Y por si fuera poco, el mocoso que tenía por compañero no había dejado de asediarme cada vez que podía como si fuera una maldita misión divina.
Se sentaba a mi lado cada vez que podía. Me hablaba al oído como si el aire entre nosotros fuera propiedad privada. Y no dejaba que ni una sola alma masculina se me acercara. Era como si hubiera decidido marcarme como suya. Algo que era totalmente ridículo. No soy un maldito objeto.
Su arrogancia y autoridad hace que se me revuelva el estómago... y no precisamente de rabia.
Lo más irritante y desconcertante era que parecía surtir efecto. Los demás chicos me ignoraban olímpicamente. Cada vez que nos ponían trabajos en pareja, huían de mi como si yo tuviera pulgas. Sé que soy alguien tímido. Que pocas veces me gusta socializar, pero siempre es bueno hacer compañeros a la hora de estudiar. Pero gracias a este chico me estaba convirtiendo en un caso social. Solo le faltaba orinarme encima para terminar de marcar territorio como un maldito lobo alfa en celo.
—¿En qué tanto piensas, diosa? —un susurro hizo que mi cuerpo se tensara— ¿En mí...?
Ese tono de voz baja parecía diseñada para desnudar intenciones.
Blanquee los ojos. Allí estaba el centro de mis males. Con una sonrisa que te hipnotizaba. De ese tipo que te grita peligro. Esos ojos grises que eran como un maldito hechizo. Con ese rostro de ángel, pero con lengua de demonio. Todo en él era una contradicción que me volvía loca. De las buenas... y de las que te hacen perder la dignidad.
El toque de sus manos solo hace que mi cuerpo tiemble y mi centro se vuelva un rio. No había podido ir al club. Con tanta cosa, no me había quedado tiempo y realmente lo necesitaba. Tenía que dejar de pensar pendejadas.
—Ya quisieras tener un espacio en mi cabeza —solté, sin mirarlo directamente. Si lo hacía, me iba a ir a la mierda.
—No te lo voy a negar... me muero por estar ahí. En tu cabeza. Y en todos los rincones de ti.
Su mano subió lentamente por mi muslo. Mi respiración se detuvo. ¿Está loco? ¿Quiere terminar en urgencias?
—¿Qué dije sobre tocar? Realmente quieres un pase al hospital —aparté su mano con firmeza.
—No mientas. Sé que quieres diosa, se te nota ¿Por qué simplemente no te dejas ir? Tu cuerpo me grita lo que tu boca intenta callar.
Se acercó aún más, su aliento caliente rozó mi cuello y sentí un escalofrío. No, no por miedo. Por deseo. Por esa jodida atracción que no pedí, pero que ardía como pólvora en mi piel. Me tomó horrores controlar mi libido.
—No quiero. El que se acuesta con niños, amanece meado —dije, con tono seco, aunque por dentro luchaba por no derretirme.
—¿Sabes...? Tengo cara de ángel, pero si tú supieras todo lo que el diablo me enseñó... arderías. No estuvieras allí sentada. Si no, arrodillada ante mí... de una manera que... ¡Dios! Con certeza sé que me llevaría al cielo.
Blanquee mis ojos. Tenía ese don de encender algo dentro de mí con tan solo esas frases tan sucias y estúpidas. ¿Cómo puede alguien ser tan... intensamente provocador?
¿Te estas escuchando? Por favor, es un niño, puedes ser su hermana mayor.
Doy gracias que no lo soy, seria pecado lo que pienso.
—¿Vamos a hacer el trabajo o vas a seguir con tu rutina barata de seducción?
—¿Quieres que te haga el trabajo? —su voz se volvió un susurro erótico— Te aseguro que me quedará... perfectamente hecho.
¡Dios! No soy una de tus mejores guerreras... ¿Puedes soltarme y darme unas vacaciones? Hay muchas personas que pueden hacer un mejor trabajo que yo.
—Lo dudo —respondí, sin mirarlo.
—Oh... tienes algo aquí —dijo, inclinándose de golpe hacia mí.
Su rostro quedó a centímetros del mío. Su boca rozando la mía sin tocarla. Mi corazón martilleando en las costillas. Y sus ojos fijos en mis labios como si fueran su próxima cena.
Estaba allí, inmóvil. Prácticamente paralizada. Como si me cerebro se hubiera desconectado del cuerpo. Mi alma estaba quien sabe dónde.
¡Dios! ¿Es malo si le doy un beso?
No. Seria malísimo. No estaba bien.
Respira, Génesis. Respira. ¿Dónde están tus límites, tu autocontrol, tu santidad?
—¿Por qué tan tensa? Solo quiero ser un buen compañero —susurró.
—A-aléjate, Hades. Me incomodas —logré decir. Tenía que controlarme. Aunque me estaba constando horrores.
—¿Segura? Tu cuerpo parece estar diciendo lo contrario.
No podía moverme porque estaba entre él y una pared. Y si me movía un poco, sus labios chocarían con los míos. Agradecía que no hubiera nadie en el salón de clases. Sería una vergüenza ver a una mujer de treinta y dos años nerviosa por la cercanía de un chico de veinte cuatro años.
—¡Sabes! —empezó, con ese tono que ya conocía.
Aquí vamos otra vez... Cada vez que decía eso, sabía que venía una frase que me haría querer cerrar las piernas... o abrirlas más.
—¿Qué? —pregunté, conteniéndome.
—Quiero ser la persona que te haga perder el control de tu respiración.
—En tus sueños —le espeté, intentando que mi voz sonara tan seria y distante como el muro que quería construir entre nosotros.
—No lo creo —contestó, con esa maldita sonrisa torcida que me hacía hervir la sangre—. Ya lo estoy logrando. Solo mírate... estás tan tensa, con la respiración descontrolada. Una obra maestra, Génesis, te estás delatando solita.
—No es por la razón que piensas —tomé aire. Firme. Decidida. No iba a permitir que un mocoso controlara mi cuerpo como si fuera suyo.
—¿Ah no? Ilumíname entonces... ¿Por qué es? —Su tono era una mezcla de desafío y lujuria.
—Porque quiero que te vayas a la mierda y me dejes tranquila. Preferiblemente que no vuelvas —solté, con una exhalación rabiosa. Clavé mis ojos azules en los suyos, esa tormenta gris que siempre parecía estar a punto de arrastrarme—. Quiero que dejes de invadir mi espacio personal. Ve a intentar conquistar a una niña de tu edad y deja de querer jugar en ligas mayores. Estas no vas a poder manejarlas, niño.
Esbozó una sonrisa, de esas que me daban ganas de lanzarle algo a la cara... o lanzarme yo misma encima de él.
Esa sonrisa que aparecía cada vez que le recordaba nuestra diferencia de edad. Lejos de intimidarlo, lo provocaba. Era como si mis palabras fueran gasolina en su fuego, como si necesitara que lo desafiara para excitarse aún más con la idea de dominarme. Era como si lo impulsara a seguir con este retorcido juego donde claramente uno de los dos iba a salir perdedor, pero tenía claro que yo no sería ese perdedor.
A mí me joden una vez, pero no dos veces de la misma manera.
—Ya te lo dije —susurró, inclinándose, tan cerca que su voz vibró en mis labios mientras apenas los rozaba con los suyos—. Me gustan los retos. Las mujeres mayores son los manjares más exquisitos que uno puede degustar. Son como los vinos... entre más años, más intensos, más irresistibles. Y por lo que veo tú eres una exquisita reserva.
—No me digas —murmuré, acomodándome en el asiento, intentando recuperar el oxígeno que se me había evaporado de los pulmones.
—Si te lo digo. Además, sé que si me pruebas no vas a querer probar a nadie más, me meteré en tu mente, tu cabeza —Me señaló con el dedo índice— Y en cada parte de tu cuerpo. Voy a tatuarme en cada parte de ti. Y después... te va a ser imposible mantenerte lejos de mí.
—Tienes demasiada confianza para la edad que tienes... y para aspirar tan alto —dije, alzando una ceja con burla, como si pudiera sacarlo de mi piel con una sola frase.
—No es confianza, es seguridad. Y está bien justificada —se encogió de hombros, tan arrogante que dolía—. Sé lo que tengo y sé lo que puedo hacerle a una mujer. Solo pruébame y te aseguro que no vas a querer volver a donde quiera que hayas estado antes.
—Gracias, pero no tengo tan malos gustos —respondí, mordaz—. Como tú mismo dijiste, me gustan los vinos con años. Los nuevos aún no tienen el sabor que me vuelve loca.
Una sonrisa maliciosa se le dibujó en los labios. Unos hoyuelos se le acentuaron el rostro.
Dios, como un hombre pueda ser así de perfecto e irresistible, tiene que ser ilegal.
Cabello desordenado, labios carnosos, mirada que escudriñaba mi alma como si quisiera encontrar mis puntos débiles... y hacerlos suyos. Manos grandes, uñas impecables, dientes blancos, piel de porcelana... Hades era un maldito monumento a la tentación.
—Es solo cuestión de tiempo, diosa —susurró con una calma que me erizó la espalda—. Y debo decir que tengo paciencia cuando quiero algo.
Volvió a cortar la distancia entre nosotros. Su aliento chocó con mi boca, su presencia invadió cada poro de mi cuerpo.
—Recuérdalo —continuó, con voz rasposa—: siempre termino obteniendo lo que quiero. Yo siempre gano. Nada me queda grande...
Alzó una ceja, y su sonrisa se volvió una promesa sucia.
—Lo único grande que tengo es lo que tengo entre las piernas. Y créeme... puede hacerte alucinar si lo dejas actuar.
—Respeta a los mayores —lo empujé con fuerza. Mi cuerpo temblaba. Mi mente estaba a punto de colapsar.
—Estoy siendo respetuoso —rió con descaro. Y entonces, sin previo aviso, me tomó del cuello con una firmeza que me robó el aliento.
Me arrastró hacia él.
—El único lugar donde no soy educado... —susurró en mi oído— es en la cama. Y me muero por mostrarte cuán poco respetuoso... y jodidamente sucio puedo ser allí.
Sin pensarlo. Sin darme tiempo de procesar las cosas. Ya tenía sus labios sobre los míos. Hacia tanta presión que me era imposible poder moverme. Si quiera alejarme.
Su beso era impetuoso. Lleno de dominio, de poder, de posesividad. Me estaba devorando con solo un beso. Estaba intentado llevarse toda mi cordura. Todo mi control. Sus labios se movían en sincronía con los míos. Sus manos me tomaban como si desde ya me estuviera proclamando suya. Su lengua se enredaba con la mía, como si se hubieran creado para complacerse la una a la otra. Me estaba robando el oxígeno. El aire. La cordura y el control.
Cuando se separó, jadeé como si hubiera salido de una inmersión profunda.
—Eso solo fue una muestra de lo que estoy dispuesto a darte —murmuró, con los labios aún húmedos y esa sonrisa de lobo satisfecho—. Y aunque tengo paciencia... no te demores mucho. Estoy muriéndome por llevar esto... a otro nivel.
Se levantó como si nada, caminó hasta la puerta y antes de salir, se giró sobre su hombro para lanzarme una última estocada:
—No te preocupes por el trabajo, yo lo haré con gusto. Ya me diste la motivación perfecta.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
¡Dios! Hades sería mi maldita locura.