CAPITULO 4

1973 คำ
GENESIS —¿Cómo te fue el fin de semana? —La voz melodiosa de Victoria interrumpió mis pensamientos. Otra semana comenzaba, y yo seguía atrapada en un bucle de imágenes prohibidas que no me daba tregua. No había logrado sacar de mi cabeza al maldito mocoso de mierda desde aquel beso inesperado. ¿Cómo se atrevió a besarme? Bien que te gustó. Se burló la maldita voz en mi cabeza. Estaba comenzando a fastidiarme. Era irritante tenerlo constantemente en mi cabeza. Fruncí los labios. No podía negar que su beso me había tomado desprevenida... ni que el estremecimiento que provocó en mi cuerpo había sido tan real como perturbador. Nadie me había besado así antes. Ni el bastardo de mi exmarido, ni los sumisos que había "domado" en el club. Nadie. Y eso solo lograba que mi cuerpo, traidor, anhelara más. El maldito brujo estaba acabando con mi cordura. —Normal... nada extraordinario —respondí, fingiendo desinterés mientras me encogía de hombros. —Vamos a terminar sudando agua bendita —se quejó Victoria, con una expresión de cachorro triste. No pude evitar soltar una risa breve. Era una niña linda. Realmente adorable. Siempre se vestía a la moda. Con una hermosa sonrisa. No entendía cómo no tenía hordas de hombres siguiéndola como moscas a la miel. Tenían que estar ciegos para no apreciar la belleza de esta mujer. Si fuera hombre... o me gustaran las mujeres podría echarle los perros – Dícese, de ligármela – Lastima. Me gustaban muchos los hombres. Aunque ya no para algo romántico. Si no, para dominarlos y dejarlos a mis pies. —Eres hermosa, Victoria —le dije con una sonrisa sincera—. Además, eres joven. Lo que es para ti, va a llegar. No te apresures. Me caía bien. Me daba ternura y desde que llegué hace unas semanas me ha apoyado mucho. Ella suspiró dramáticamente. —Lo dices porque no eres tú la que pasa cada fin de semana leyendo libros y comiendo chocolate para matar el aburrimiento —puso un puchero digno de premio. —Mis fines de semana se reducen a pasar tiempo con Mattia... y tratar de sobrevivir a las tareas de la universidad —comenté, soltando otro suspiro. Me encogí de hombros. Mi vida era realmente aburrida, pero habia aceptado mi destino hace mucho tiempo. —¡Muero por conocerlo! —exclamó Victoria con ojos brillantes de entusiasmo. —Es hermoso —respondí, inflando el pecho como toda madre orgullosa. —¿A quién quieren conocer? ¿Quién es hermoso? —interrumpió Phill, acercándose a nosotras. Y como si mi vida fuera una mala broma, otra voz, grave y descaradamente provocadora, se hizo presente: —No me importa que usted sea mayor que yo —entonó Hades, como si recitara una canción atrevida—. Yo la quiero en mi cama, y no malinterprete mi intención... es solo que no aguanto las ganas, por eso he venido a decírselo. Estúpida canción de mierda. Hades irrumpió en el aula con su sonrisa arrogante y esos malditos hoyuelos que hacían estragos sin pedir permiso. Llevaba un vaquero n***o ajustado, camisa blanca remangada, botas negras y una chaqueta de cuero a juego. Su cabello alborotado parecía perfectamente planeado, como si hubiera salido directo de una maldita portada de revista. ¿De dónde sacaba la ropa que se ponía? ¿De Pinterest? Parecía esos chicos que uno ve en esa aplicación. —Amigo... creo que nuestra ninfa de ojos azules ya tiene dueño —bromeó el moreno que lo acompañaba. Vi el cambio inmediato en su expresión. Su mandíbula se tensó, sus ojos grises oscureciéndose peligrosamente. Me miró como si intentara leerme el alma... o arrancarme la ropa con la mente. —¿Qué dices? —preguntó, su voz ahora grave y seria. —Victoria estaba hablando de que quería conocer a alguien —explicó el moreno, encogiéndose de hombros—. Y nuestra diosa adorada dijo que es hermoso. —Claro que es hermoso —dijo Victoria, sonriendo como si hablara de un príncipe de cuento—. Ya lo vi en fotos, cabello n***o, de ojos verdes... cualquiera se enamoraría de él. —No me digas —murmuró Hades, sin apartar su mirada de mí, como si quisiera arrancarme la verdad directamente de la lengua. Su mirada era un roce invisible que me quemaba la piel. Cada vez que sus ojos recorrían mi rostro, sentía que el aire se volvía más espeso, como si sólo él y yo existiéramos en esa habitación. No podía entender la mirada que me estaba dando. Sus hermosos ojos grises se tornaron oscuros. Misteriosos. Casi letales. Podía decir que intentaba buscar la respuesta en mi cabeza con solo mirarme. —No soy celoso —dijo de pronto, encogiéndose de hombros mientras caminaba hacia mí, con esa maldita arrogancia que me hacía querer golpearlo... o besarlo—. Pero dudo que bese como yo. Mi cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse. Hades seguía mirándome. Me lanzó una corta sonrisa de satisfacción. Sabía que solo yo entendería el comentario. Era un recordatorio del pecado que eran sus labios sobre los míos. Un pecado que me quemaba aún por dentro. Le sostuve la mirada, desafiándolo. —Besa mejor que tú —le espeté, alzando la barbilla. Su sonrisa ladina se ensanchó. Puro desafío, pura diversión. —¿Cómo sabes eso, diosa? —preguntó, ladeando la cabeza de forma tan provocadora que me daban ganas de estrangularlo... o subirme a él. —Simplemente lo sé —repliqué, aclarándome la garganta para borrar cualquier rastro de deseo en mi voz. —No lo creo —susurró, su tono cargado de promesas no aptas para el aula. —Aléjate, deja de acosarla —intervino Victoria, intentando salvarme, aunque ambas sabíamos que era una batalla perdida. —¿Alejarme? —Hades soltó una carcajada baja—. Ni loco. Este es mi puesto. Mi cuerpo se encendió en cuanto estuvo lo suficientemente cerca como para oler su colonia: algo entre madera y pecado. Mi sangre se convirtió en lava. Mi centro comenzó a palpitar. Mis labios deseaban volver a probar sus labios. Las manos comenzaron a picarme. —¿Quién lo dice? —preguntó Victoria, cruzándose de brazos. —Yo —se encogió de hombros con descaro, lanzándome una mirada que fue directo a mis entrañas—. No necesito permiso para sentarme al lado de ella. Blanqueé los ojos con resignación. Esta era la discusión de todos los días: Victoria peleando con Hades cada vez que invadía mi espacio personal. Phill, como siempre, los miraba divertido mientras yo optaba por dejar que se desgastaran entre ellos. Parecía que ambos se habían apoderado de mí... de formas distintas. —¿Una chupeta? —me ofreció Phill con esa sonrisa radiante que lo hacía parecer un niño. Dan ganas de morderle los cachetes. —¡Oh! Gracias —le respondí, sonriéndole con dulzura, mientras ignoraba a los otros dos que seguían disputándose, como críos, a quién le pertenecía más mi atención. Fue entonces cuando llegó el profesor. Alto, de piel bronceada, con unos ojos color miel que parecían arder bajo la luz, cabello castaño siempre perfectamente peinado, traje impecable... Dios. Irradiaba una mezcla letal de autoridad y elegancia. Mi clase favorita, sin lugar a dudas. Y cada vez que lo veía, mi mente se llenaba de imágenes prohibidas. ¿Qué no daría por verlo sometido a mí? Sería una sinfonía escucharle decir "sí, ama" con esa voz grave. Un orgasmo delicioso sin siquiera tocarme. Mis pensamientos se descontrolaban cada vez que lo veía. Tomé la chupeta que Phill me ofrecía, pero mis ojos estaban fijos en el adonis que acababa de instalarse frente a mí. Sabía que él también me miraba de reojo. Sonreí para mí misma y llevé la chupeta a la boca de forma deliberadamente lenta, lamiendo la punta con sutileza. Vi, de reojo, cómo una sonrisa casi imperceptible se dibujaba en los labios del profesor. —¿Qué tanto miras? — una voz áspera trajo de vuelta a la realidad. —Nada que te interese —respondí sin apartar la mirada del delicioso espectáculo frente a mí. —Deja de hacer eso —gruñó cerca de mi oído, apenas en un susurro cargado de tensión. —¿De hacer qué? —pregunté inocente, sabiendo perfectamente a qué se refería. No aparté en ningún momento la mirada del profesor. No quería perderme ningún detalle de sus gestos. —De chupar esa maldita paleta como si estuvieras pidiéndole a gritos que te follen... y de mirar de esa forma a ese imbécil —murmuró, la furia contenida en cada palabra. Sonreí ladina, deslizando la lengua sobre la chupeta con más descaro aún. —¿Por qué? Me gusta. Sabe delicioso... y yo miro donde se me da la gana —solté, sin dejar de saborear la dulzura en mi boca y la tensión que provocaba. —Me están dando unas ganas insoportables de que esa paleta sea mi polla, y me enferma ver tus hermosos ojos azules mirándolo a él —masculló, y su voz me recorrió la piel como una caricia peligrosa. Sentí cómo mi cuerpo se tensaba. Quité la vista del profesor y la clavé en Hades. El muy desgraciado se relamió los labios con descaro, sin apartar la mirada de mi boca. Podía ver el deseo en sus ojos. La lujuria que detallaba cada gesto que daba. Era: Deseo puro. Lujuria cruda. —Qué lástima... —dije, ladeando la cabeza con fingida inocencia—. Porque yo me muero por saborear otra. Le señalé sutilmente al profesor, disfrutando de cómo su mandíbula se apretaba con rabia. —¿Te gusta ese tipo? ¡Por favor! —espetó como si le repugnara la idea. —¿Celoso, Hades? ¿Te molesta no ser tú el objeto de mi deseo? —pregunté con una sonrisa burlona que sabía cómo herir su orgullo. —Ese imbécil no puede competir conmigo —declaró con una sonrisa de superioridad tan descarada que me dieron ganas de reír. —¿Ah, no? —arqueé una ceja, retándolo. —Para competir se necesita niveles. Y simplemente no los hay —aseguró, guiñándome un ojo con insolencia. —Qué humildad tan grande —ironicé, volviendo a blanquear los ojos. —Humildad no sé... —acercó su rostro peligrosamente al mío—. Pero otra cosa sí la tengo grande. ¿Quieres verla? Su tono ronco me hizo apretar las piernas casi sin darme cuenta. Maldito. —Gracias, pero no. Paso —respondí con frialdad, intentando regresar mi atención a Andrew. —Falta poco para que te des cuenta —susurró— Solo tengo que tener paciencia y te voy a tener rogando porque te dé más. Una de sus manos empezó a deslizarse lentamente por mi muslo, como un susurro de fuego sobre mi piel. Mi corazón martillaba salvaje contra mis costillas. Voy a morir. Joder. Si no deja de hacer eso. Voy a morir por un infarto fulminante y seria demasiado patético. —La mano —dije, en un hilo de voz, intentando mantener el control. —¿Qué pasa? ¿La quieres más arriba? —bromeó, su sonrisa pecaminosa encendiendo aún más mi cuerpo. —Quítala —le ordené, fulminándolo con la mirada. —Lo siento... a veces tiene vida propia —se excusó, quitándola despacio, no sin antes recorrerme con la mirada de un modo tan descarado que sentí que me desnudaba sin tocarme. Necesito unos bomberos. Necesito un maldito extintor. Estoy en llamas. —Sal a tomar aire —me dijo con una sonrisa ladina—. Estás tan roja que pareces a punto de estallar. Lo miré, tragando grueso, sintiendo el calor arder bajo mi piel. Este chico va a ser mi perdición. O, tal vez... yo sea la suya.
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