GENESIS
El bar cerca de la facultad estaba a reventar. La música golpeaba en mis costillas, las luces parpadeaban como si quisieran hipnotizarme, y yo... yo solo quería olvidar.
Ya era viernes. Había sido otra semana de mierda.
Entre las entregas de la universidad, las peleas estériles con mi exmarido, las citaciones en el colegio de Mattias —porque claro, mi hijo había decidido heredar mi carácter rebelde—, los problemas en el trabajo, y Hades... jodido Hades... acosándome con su sonrisa canalla cada vez que podía, estaba al borde de perder la cabeza.
Y para colmo, mis propias fantasías traicionándome. Quería besarlo de nuevo. Quería mucho más que eso. Someter a mi profesor había pasado de un deseo prohibido a una necesidad casi física.
Así que cuando Victoria y Phill propusieron salir a tomar unos tragos, no dudé un segundo. Necesitaba anestesiar mi mente. El club de b**m estaba cerrado temporalmente, así que, bueno, aquí estaba: rodeada de botellas vacías y malas decisiones.
—¿Quieres otro trago? —me gritó Victoria, la voz arrastrada por el alcohol y la risa.
Ella ya estaba claramente ebria. El sudor brillaba en su frente, los rizos pegados a las sienes por tanto baile.
—Gracias, pero todavía tengo este —le respondí, levantando mi vaso medio lleno como prueba.
La me estaba llena de botellas vacías, wiskey, tequila, champaña, margaritas, mojitos. Todos los tragos que se nos pasaban por enfrente nosotros lo bebíamos. Mis sentidos estaban embotados, pero mi mente aún retenía suficiente lucidez para saber que estaba jugando con fuego.
En eso pusieron una canción —¿Me estas jodiendo? ¿Es enserio? — Tenía que ser precisamente esa maldita canción. Solo esperaba que Hades no estuviera por aquí.
Y como si lo hubiera invocado. Apareció. No sé de dónde putas. Se puso en frente mío y comenzó a cantar.
Estaba loco por verte, deseoso por verte.
Quiero volver a su lado...
Su voz era baja, provocadora, cargada de una descarada sensualidad que se me coló por los poros.
No me importa lo que diga la gente.
Su sonrisa creció, maliciosa, cuando vio mi expresión de fastidio mezclada con una chispa innegable de deseo.
Le juro señora, nunca le fallé.
Decían que por ser mayor que usted yo no la quería.
Que no era amor, sólo interés que usted yo no la quería...
Maldito arrogante. Él seguía cantando la jodida canción con esa maldita sonrisa cargada de picardía en el rostro.
Con esa experiencia usted me ha conquistado.
Me tiene loco, me tiene enamorado.
Esa cinturita como que no ha cambiado.
Y esta noche la quiero tener...
Allá en mi cama.
Apreté el vaso entre mis dedos, como si eso pudiera anclarme a la cordura.
Cada palabra que salía de su boca era un maldito ataque a mi autocontrol.
Su cuerpo se movía al ritmo de la música, tan descaradamente seguro de sí mismo que dolía mirarlo. Sus ojos me desnudaban sin pudor, desafiándome a rendirme. Y lo peor era que una parte de mí quería hacerlo.
Tu cuerpo calentao, prendio en llamas
El ronque dure hasta las tres de la mañana.
Que la quiero mayor que yo, que yo.
Que me dé calor, que dé su amor.
Me eduque en experiencia, me deje loco.
Me lleve a la cama y me haga alucinar...
Blanquee los ojos. No podía con él. Cada vez que podía intentaba volver a besarme y yo tenía que hacer acopio de todo mi autocontrol para no lanzarme en sus brazos y devorarlos a besos. Esos malditos ojos no salían de mi cabeza. Esos putos labios los tenía tatuados en los míos y odiaba que me hiciera sentir así.
—No sé cómo lo soportas, es demasiado intenso —murmuró Victoria, arrastrando las palabras con una mezcla de fastidio y aburrimiento.
—Yo tampoco lo sé —contesté antes de vaciar lo que quedaba de mi trago de un solo sorbo.
Cuando la canción terminó, Hades se perdió entre la gente, dejándome con el corazón golpeando contra mis costillas. Realmente lo agradecía. No me hacía bien tenerlo tan cerca y menos cuando los tragos ya se estaban apoderando de mí.
—Voy al baño —le dije a Victoria, que apenas me escuchó, demasiado ocupada coqueteando descaradamente con un chico de otra mesa.
Me abrí paso entre la multitud, sentía la sangre zumbando en mis oídos.
Al llegar al baño, me apoyé en el lavamanos y dejé correr el agua fría sobre mis manos. Me salpiqué el rostro, intentando apagar el incendio que ardía debajo de mi piel.
Comencé a oír unos gemidos —Dios yo quisiera ser esa mujer también— Pensé. Recordé esas épocas donde uno follaba en cualquier lugar era lo mejor.
Los gemidos se intensificaron.
Al parecer se la estaban follando demasiado bien. Porque gritaba como una loca. El tipo debe tener experiencia en lo que hace —Que envidia— Aunque realmente me gusta a mi tener el dominio a la hora del sexo. Me gusta ser la que controlo como buena ama que soy.
Suspiré, divertida, sacudiendo las manos, dispuesta a ignorarlo.
Pero entonces la puerta del cubículo se abrió. Y casi muero allí mismo. Del cubícalo salió Hades limpiándose la boca con el dorso de la mano, el cabello un poco desordenado y esa sonrisa arrogante tatuada en su rostro.
—Hola, diosa —saludó con voz ronca, cargada de provocación—. No sabía que estabas aquí.
Mis dedos se crispaban en el borde del lavabo.
—Estaba lavándome las manos —respondí, con toda la frialdad que pude reunir.
Él me observó, divertido, como un lobo que encuentra a su presa acorralada.
No sabía que sentía, pero mi cuerpo se tensó y una extraña sensación me invadió el pecho. Pero pude disimularlo demasiado bien.
—Lástima —musitó, caminando hacia la salida—. Me habría gustado que esa mujer hubieras sido tú.
Se detuvo un segundo junto a la puerta, mirándome por encima del hombro.
—Deberías preguntarle lo bien que la pasó... —su voz bajó, acariciándome como un susurro indecente—. Tal vez así te animes a probarme.
—Gracias, pero a mí me gustan mayores —solté con una media sonrisa, ladeando la cabeza—, no niños cagones con ínfulas de Casanova.
Vi cómo su mandíbula se tensó al instante. Un escalofrío, delicioso y peligroso, me recorrió la columna. Hades es el típico niño que no sabe aceptar un rechazo o un no por respuesta. Eso lo incitaba a buscar un "sí" a como diera lugar. En el poco tiempo que lo llevaba conociendo me di cuenta de que es caprichoso. Malcriado y obstinado. Por eso se negaba a alejarse de mí.
—¿Me permites? —hice un gesto hacia la puerta con la cabeza, dejando caer la voz en un tono dulce y venenoso—. Estás estorbando, y yo también quiero encontrar a alguien esta noche. Alguien que me lleve al cielo... o que me ruegue mientras lo llevo yo.
Mis ojos lo recorrieron de arriba abajo, lenta y deliberadamente, como quien evalúa un objeto antes de decidir si vale la pena tocarlo.
—Supongo que alguien me hará arrodillar esta noche... —añadí, arrastrando las palabras como un veneno dulce— y lo haré tocar el cielo como nunca en su vida.
La chica que había salido del cubículo, todavía acomodándose el vestido arrugado, nos miró de reojo, confundida y avergonzada. Pobrecita. No sabía en qué guerra de titanes acababa de quedar atrapada.
Me acerqué a Hades, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo irradiando en el mío. Coloqué una mano en su pecho. Su corazón latía rápido, por supuesto. Y me incliné apenas para que solo él pudiera escucharme.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo? —murmuré, deslizando los dedos suavemente sobre la tela de su camisa, notando cómo se tensaba bajo mi tacto—. Tú quieres aprender... ansías a alguien que te enseñe. Yo ya aprendí hace mucho. Ahora busco a alguien que sea capaz de aguantar mi voltaje sin romperse.
Le guiñé un ojo y le regalé una sonrisa ladeada, segura, victoriosa. Luego, giré sobre mis talones y caminé hacia la puerta, sintiendo su mirada clavada en mi espalda como un incendio.
Que quede claro: si Hades pensaba que verlo follándose a una mocosa me haría celosa, estaba más que equivocado.
Cuando él apenas iba... yo ya venía de regreso.
💛
Después de lo que pasó en el baño con Hades, no me dirigió ni una sola palabra en el resto de la noche. Me ignoró como si no existiera, besándose a cuanta chica se le cruzaba en el camino. Aunque la escena me irritaba más de lo que estaba dispuesta a admitir, me limité a sonreír y fingir indiferencia. Me aseguré de hacerlo mejor que él.
Yo también me busqué compañía. Movía las caderas, me restregaba descaradamente contra el cuerpo de mi pareja de baile y disfrutaba de la noche como si nada me afectara. No iba a permitir que un maldito mocoso me descolocara.
Hay muchas personas que critican a una mujer cuando tiene hijos. Creen que porque uno es madre no tiene derecho a divertirse. La madurez no la define la edad. y que tener un poco de juventud en las venas es lo único que impide que la vida te marchite.
En algún momento me perdí en el alcohol, en el ritmo desenfrenado de la música, en la necesidad desesperada de olvidarme de mí misma. Olvidándome de todos mis demonios. De todos mis fracasos. De todos mis miedos. Siempre había luchado con ellos. En algún punto lograban volver. Cada noche me asediaban, pero yo había aprendido a vivir con ellos... o al menos a fingirlo.
—Eres hermosa —me dijo el tipo que me sostenía por la cintura.
—Dime algo que no sepa —respondí, ladeando una sonrisa coqueta.
—Muero por follarte —murmuró contra mi oído, su voz cargada de deseo.
Me encogí de hombros, juguetona.
—Sigues sin decirme nada nuevo. —Le sostuve la mirada—. Lo que no sé es si serías capaz de aguantar que sea yo quien te domine.
—Haz conmigo lo que quieras, hermosa —susurró, tan cerca que sentí el calor de su respiración.
Me incliné hacia su boca, necesitando con desesperación borrar el rastro de aquel beso maldito. Necesitaba arrancarme de la piel el deseo prohibido por alguien que no era para mí... y que, en el fondo, tampoco me convenía.
Yo tampoco le convenía. Y eso es algo que con el tiempo se dará cuenta.
Estaba a milímetros de tocar sus labios cuando una mano me jaló bruscamente del brazo, arrancándome de golpe de mi distracción.
—¿Qué carajo crees que estás haciendo? —rugió Hades.
Le sostuve la mirada. Sus ojos grises, generalmente divertidos, ahora eran tormentosos, oscuros, cargados de furia. Y, para mi desgracia, esa rabia me excitó aún más.
Sonreí, descarada.
—¿Eres ciego? Estaba a punto de besar a este hombre.
Me solté de su agarre con un tirón.
—Ahora, si no te importa, lárgate y déjame terminar lo que empecé.
—Estás loca si crees que voy a dejar que te beses con este imbécil —gruñó, sujetándome de los hombros para obligarme a mirarlo— No lo besas delante de mí.
—Entonces me voy a otro lugar a besarlo —espeté, con veneno en la voz—. Y quizás a tener una buena noche de sexo
Intenté zafarme, pero volvió a atraparme como un cazador que no piensa perder a su presa.
—¡Ey! ¡Suéltala! —intervino el tipo con el que bailaba.
Hades giró la cabeza lentamente hacia él, como una fiera al acecho. Su voz fue letal:
—Si quieres seguir respirando esta noche, desaparece de mi vista.
La voz de Hades se tornó algo dominante y autoritaria. Sus ojos reflejaban ira con algo de sadismo.
—¿No me escuchaste? —gritó— ¡Largo! Si no me voy a encargar de acabar con tu patética vida.
Yo solo lo miraba. Era raro verlo así. Siempre tenía una sonrisa, ese tono divertido y coqueto, pero ahora. Ahora era como una bestia que estaba conteniéndose para no atacar.
El hombre alzó las manos, reculó un paso, y se esfumó sin dignidad.
Yo simplemente lo observé, fascinada. Era como ver a una bestia desatada. Toda su arrogancia habitual había desaparecido, reemplazada por una ira cruda, primitiva.
—Ya me arruinaste la noche —reclamé, mordiéndome la lengua para no lanzarme a arañarlo—. Tú sí pudiste tener sexo. Yo no. Egoísta.
—¡Cállate! —espetó, tomándome del brazo con brusquedad—. Estás demasiado tomada. Vamos.
—¡Yo no voy a ningún lado contigo, niño! —le grité, soltándome de nuevo.
—No me hagas obligarte, Génesis —advirtió, su voz ahora un susurro cargado de amenaza—. No estoy de humor para tus juegos.
-—Nadie preguntó si estabas de humor —lo empujé con las dos manos en su pecho. Su cuerpo apenas se movió. Lo odié aún más por eso—. Ahora largo. Yo me voy a la hora que quiera... No faltaba más que un estúpido mocoso quisiera venir a darme órdenes.
Vi cómo apretaba la mandíbula, cómo su respiración se volvía más pesada. La rabia latía en su piel. Me daba igual. Me iba a la hora que quisiera. Hace mucho que dejé de hacer lo que la gente me dijera.
—Así lo decidiste tú, diosa —dijo, con una sonrisa peligrosa.
Antes de que pudiera reaccionar, me alzó como si fuera un saco de papas y me echó sobre su hombro. Comencé a removerme. No era una buena idea que me llevara de esta forma.
—Quieta diosa. Si crees que vas a hacer lo que se te da la gana delante de mi estas equivocada. Conmigo las cosas se hacen como digo yo y ya está.
—¡Hades, bájame, maldito! —comencé a golpear su espalda—. ¡Te ordeno que me bajes ahora mismo!
—A mí nadie me da órdenes —espetó, dándome una nalgada fuerte que me sacó un jadeo de sorpresa—. No faltaba más, que una mujer me viniera a dar. Y menos tú...
Intenté removerme mas fuerte, pero me gané otra nalgada.
—¡Quieta!
¿Qué mierda era esto? ¿Un mocoso dominándome a mí? La vida tenía que estar jodiéndome nuevamente.
Otra nalgada resonó, más fuerte.
—Te advertí, Génesis. Si crees que puedes hacer lo que se te da la gana delante de mí, estás muy equivocada. Conmigo, las reglas las pongo yo. Y vas a aprenderlo... aunque sea a la fuerza.
Maldita sea. La vida volvía a joderme de la peor forma posible: dándome justo lo que más deseaba... y lo que más me iba a destruir.